Ácrata y Banquero
Ficciones, alegorías y otras incomodidades.
Inicio

Cuentos de trincheras


Fotografía: www.mirror.co.uk

El horizonte está marchito como nuestros uniformes, pintados con esa alegría que puede traer el barro de las trincheras. El cielo manchado no ofrece nada, no me ilusiona tanto como ayer, quizá porque cuando la realidad humana alcanza el piso; cuando se viste de soldado y dispara ráfagas de odio contra pechos de padres e hijos, quizá es ahí cuando la vida pierde el único sentido que puede llegar a tener.

La mañana sigue y el frío se cuela por las costuras. Lo siento furioso subiendo sobre mí. Al mediodía tenemos que dominar el cerro. Pero no sé con qué. Mi cuerpo apenas lo puedo llevar de un lado para otro y la voz de mi mamá retumba en la abstracción de mi ser. Diciendo con firmeza que definitivamente no es nada bueno, esto de jugar a la guerra. Tiene razón. Eso de ver morir a padres, hermanos e hijos, abandonar sus cuerpos en tumbas cavadas por nuestras manos, jugar a los rudos cuando ninguno de nosotros aguanta más de un disparo entre las cejas. Jugar a ser valientes cuando ninguno de nosotros podría pisar una mina sin elevarse por los aires y desintegrarse en el espacio. Nunca ha habido una guerra buena ni una paz mala. Pero hoy estamos uniformados de rudos y valientes. El cerro hay que tomarlo. Aún no sé con qué.

Llega el mediodía y si hemos avanzado sobre la falda, no es más de lo que un adolescente nervioso podría hacerlo en su primera cita. Las balas zumban por nuestras cabezas y yo quisiera que todo se acabara ya mismo. Que perdiéramos o ganáramos. Al final da igual. Los muertos no los devuelve nadie. Pero el sargento asegura que parecemos niñas asustadas, y a decir verdad, no lo he visto subir más de 5 metros desde que se abrió fuego. La vida es un juego. Yo quiero jugar póker. Miento, lo hago conmigo mismo. No sé jugar póker y nunca fui bueno mintiendo.

Cerca de las 3 de la tarde estoy desesperado. No aguanto más el frío y busco acabar pronto con ésto. Levanto mi casco por encima de los sacos de arena agujereados que habíamos preparado con un esmero adoptado, roído. Por primera vez desde que abandoné mi casa, en esa tierra soleada, tengo tanta claridad. Espero con sigilo. Alguna liebre tendrá que asomarse. Ahí está. Antes de que reaccione yo ya he envuelto en una tragedia a sus hijos y su esposa, si es que tiene. Su familia lo espera y yo sé que ya no llegará. Supongo que soy muy valiente. Con el rabo del ojo veo un movimiento torpe, cuando el humo de mi fusil se ha disipado, la verdad no es otra; una madre que tendrá que criar sus hijos sola cuando la sangre ha dejado de brotar. La presión del aire cambia, baja aún más la temperatura. Soy profundamente consciente de que para mí también habrá un verdugo. Afortunadamente lo miro a los ojos. Ojalá sepa que María y mi mamá no celebrarán ésta navidad. Ojalá piense en ellas mientras yo me caigo con lentitud y veo como mi sangre mancha tanto barro, tanta maldición regada. Siento que soy una pluma y no tengo miedo. El frío se fue y hay mucho silencio. El sargento grita y yo no escucho nada. Sólo veo como abre sus ojos y me mira con espanto, veo el miedo en su cara y yo estoy tranquilo. Yo quisiera guiñarle, pero entonces sé que estoy muy lejos. Me voy alejando de ese paisaje gris teñido de rojo carmesí. Esa tintura de hombres.

fotografía por Hector Rondón Lovera