
Mi viaje matutino a las catacumbas
Se cierra la puerta dejando escapar un silbido frío de aire comprimido. El vagón entorpecido por la pausa vibra mientras empieza a moverse con timídez. En unos instantes está deslizandose por los rieles dejando atrás una estela de polvo y un rugido suspendido que se asemeja al de una pantera seca, olvidada en el tiempo. Un tableteo constante confirma que nos acercamos a la siguiente estación. Y es ahí cuando caigo en cuenta de que estoy en el tren subterraneo, que llevo más de 30 minutos en el infierno de mis días. Siempre es así.
Entro a la estación con la energía de los días soleados, contento porque ya el día se fue, haciendo un recuento alegre de los asuntos pendientes. Mi tiempo por unas horas será mío. Empieza con la felicidad solitaria de ser el único en la silla, mambear un poco, y con ansiedad desenvolver el libro de filosofía -de la funda que le hice con papel y grapas en la oficina, para no lastimarlo. Toc.- para hundirme en una maraña de relaciones entre sistemas y teorías. Las seis hojas que alcanzo a leer con minuciosidad antes de llegar a la combinación de línea hacen que el día valga la pena. Sumarle algo de trascendencia a la superficialidad de la vida de oficinista. Cambio de línea. Todo lo contrario a la anterior. Nunca empieza con una silla vacía, no hay espacio para mambear, no hay luz para leer. Quedo en una profunda soledad flotando en una marea de cuerpos extranjeros. Como el mío. Recuerdo que estoy en el peor sitio que habita en mi cotidianidad. Detesto estar 45 minutos en este sitio. A veces me pregunto si será que en realidad me molesta el tren, con su oscuridad, su calor humano húmedo y sobre todo con las pilas de huesos que deben sostener esos túneles y estaciones, con los fantasmas que todos ignoran, con todos aquellos que murieron construyéndolo o incluso con los que llegan todas las noches a morir ahí. Como yo. O si simplemente es que no le perdone que me deje 45 minutos conmigo mismo, escuchando mil veces mi propia voz, creando conspiraciones alrededor de todo, pensando en sistemas que se encargan de mantener el mundo alineado. De grandes estructuras de administración de sueños e ilusiones. De cosas enormes. De retos gigantes. Sólo soy un personaje con relevancia cero que está hacinado en una marea de cuerpos, varios metros bajo tierra.
Así salgo al mundo otra vez, pero ya es de noche. No hay luz y la energía se ha ido. El viento me recuerda que aquí al menos, no hace calor. Lo que para mi felicidad, bien lo diría Sartre, no hay infierno sin los otros.