Ácrata y Banquero
Ficciones, alegorías y otras incomodidades.
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Penagos


Así fue que aprendí a no llevar muertos que no me pertenecen.

Entonces mi hermano me dijo: hay una niña en mi salón que le dicen Pato y es muy linda. Al día siguiente, a la salida de clases me fijé porque quedamos en que me la iba a mostrar. No sólo me la mostró, me la presentó y resultó ser mucho más bonita de lo que pensé, sentí una atracción curiosa, sútil, lenta, quizá un poco fría. Ahí empezó a rodar la esfera sobre la ruleta de la vida, girando por todas las posibilidades, algunas buenas, otras malas y alguna que sería indiscutiblemente la mía.

Estaba en noveno grado y llevabamos pocos meses ahí. Habíamos cambiado de colegio porque el anterior definitivamente no se adaptaba a nuestras personalidades o algo así. Total en este colegio nuevo resulta que existía la posibilidad de avanzar de grado sin tener en cuenta el tiempo ni la edad, por el contrario era por mérito. Sencillo, si uno tenía con qué lo pasaban al siguiente grado. Ella tenía con qué. La esfera rebotó en la ruleta; ella quedó en mi salón.

Un par de conversaciones, un acercamiento suspicaz, ella detrás de sus ojos profundamente azules no era precisamente alguien con quien me llevara bien. Tanto que al poco tiempo perdí el interés. Me di cuenta de que a pesar de que su cabello castaño contrastaba con sus ojos de una forma en la que yo no podía ignorar, no eramos precisamente el uno para el otro. La dejaría de lado y no alimentaría algo que no traería más que dolores de cabeza. Así fue. El último día de clases después de varios meses de evitarla, teníamos una presentación en un teatro; fue ahí que me llevó por un pasillo oscuro que ella conocía de memoria, y en un descuido ella se volteó hacía mí y puso sus labios fríos sobre los míos con desespero y torpeza, terminó por incomodarme, la aparté y me alejé, mientras ella en la oscuridad me decía algo así como: ¿Por qué carajos usted es así? Por casi un año ella me buscó, me robó un par de besos más en el saludo, me llamó a interrumpir mis noches silenciosas. Me fastidió, me aburrió. Pero finalmente me empecé a acostumbrar a la piedra en el zapato.

Para algún día de Octubre, próximo a mi cumpleaños noté que llevaba cerca de dos años en completa soledad — que había disfrutado — pero ya era hora de cambiar de estado, de etapa, de salir de ese silencio mío y tratar, de alguna manera, de compartirlo. Fue entonces que en una lectura llegó una frase epifánica, con un aire de premonición: “el amor es como el agua en una represa; deja pasar una gota y pronto estará todo inundado”. Yo inquieto, lo entendí todo mal.

Empezamos a salir, pasábamos el recreo juntos, almorzábamos y luego nos dejábamos caer en el pasto a mirar el cielo, besos y caricias clandestinas y todo lo que implica un noviazgo colegial. Todo parecía normal, tranquilo y previsible — pero recuerde que la esfera estaba rodando, y a las pocas semanas encontró su casilla — . Se detuvo, y de paso mi mundo por un segundo, que sería algo así como un estado mental. Un segundo que se extendió un verano, un otoño y ese invierno.

Estaba en casa, era un domingo en la noche, mi mamá había hecho chocolate y mi papá, mi hermano y shure se burlaban de mí por una razón que quedó perdida en el olvido. Mi telefono sonó. Pato estaba del otro lado histérica, lloraba y se ahogaba, y espantado esuché como ella con gran esfuerzo en articular me decía que su mamá estaba muerta. Que un disparo le había atravesado el cráneo. Gatillo que ella mismo haló en su contra, en la mesa donde habíamos compartido el desayuno con alguna frecuencia su esposo, Pato, su hijo de 4 años y yo. El telefono se me cayó. Quedé con un zumbido en los oídos por el resto de la noche.

Y ahí empezó todo. Pato se alejó totalmente de mí. Por una razón que nunca comprendí. Además yo sentía esa pérdida profundamente, como si fuera enteramente mía. Por supuesto necesitaba apoyarme en alguien, alguien que comprendiera lo que me abrumaba; alguien que no me dijera algo así como que ese no era un problema mío, que no era quién debía asumirlo. Pero no pasó. La única persona que quizá entendía un poco lo que yo sentía, estaba envuelta en la atención repentina que la rodeó y no tenía ni una mirada para mí. Yo en alguna esquina al contrario no quería nada. Ni comer, cantar, y mucho menos hablar. Empecé a caminar en una espiral. Lentamente me empecé a hundir. A alejar de la superficie, a vivir con frío y oscuridad. Fue la época en la que más frío he sentido en mi vida. Estuve así muchos días, muchas lunas, olvidado de mi mismo. Procuraba dormir mucho porque al menos mientras lo hacía, la existencia no era difícil.

Por esa época yo estudiaba matemática pura, y un jueves cuando salía a clase, sentí que algo me detenía. Que no podía avanzar. Me senté en la cama y noté como una fuerza emergía de lo profundo de mi ser. Apenas pude encorvarme mientras me derrumbaba y no ahogarme en mi tristeza, en mis sollozos, en mis lagrimas gruesas. Finalmente el cansancio me extenuó; horas más tarde me desperté, la explosión consumió mi reducida energía. Me sentía cómo una persona diferente.

Habría pasado poco más de un mes y decidí que no me quedaría sentado viendome morir, sin hacer nada. Así que mandé al carajo a Pato. Ella, en una estabilidad fingida de duelo superado me juró y prometió mil veces que no me dejaría ir así como así y que bla bla bla. Sí, yo caí. Ella quería atención, y no perdería la mía, que tanto disfrutaba ignorar. Como no.

¿Cómo no iba a querer atención, como no va a quererla?. Si su vida es una tragedia tras otra, una mala decisión tras otra. Un fracaso ciclíco; un eterno trastabillar.

Su padre y su madre se conocieron en el caótico mundo de la actuación a mediados de los 70. El padre, holandés, sucumbió ante la cocaína que invadía todos los estudios de la época, terminó en la indigencia y ella la madre, peligrosamente cerca de lo mismo, e incapaz de cuidar de Pato, decidió que lo mejor era que la pequeña que tendría algo así como 4 años estaría mejor con su hermana, que era además de una prolifica actriz, una pionera en el mundo de la producción teatral. Así fue que Pato, la tía y el tío fueron una familia feliz hasta que Pato tuvo 10 años.

Ella, su madre, reapareció con una vida de cuento de hadas. Venía por su hija, por su princesa a llevarla a su reino. Reino que la tía, amargamente se enteraría más tarde, fue forjado con dineros calientes. Si, ahí estaba la contradicción, ahí estaba la fachada, con estabilidad económica y emocional, ella vivió unos años en completa calma, pero el fantasma seguía ahí, latente. La depresión que vivía en su piel no se había ido a ningún lado. Pronto fue difícil ignorarla cuando empezó a brotar por los poros. La ruleta de la vida nunca se detiene. Quizá por el consumo, o quizá por los golpes en su coqueteo con la indigencia, su columna desarrolló alguna condición que le impediría en unos años caminar. Así tajantemente ella abrió de nuevo la puerta al infierno una mañana fría; si no vuelvo a caminar me suicido. A las pocas semanas, su cuñado, aquel que había cuidado a Pato, falleció. Ella que lo admiraba profundamente, bajó un escalón. Al igual que yo lo haría más tarde, ella empezó a caminar por la espiral, sólo que con un destino distinto.

El alcohol empezó a volverse más constante. Cuando ya su cuerpo no lo toleraba, lo empataba con un par de líneas que su recién adquirido esposo que le había dado un nuevo hijo le proveía de forma regular. Él, aficionado a los motores se dedicaba a desarmar y rearmar máquinas para competir. Ella aficionada a no ser ella se dedicaba a aspirar y consumir sustancias para sobrevivir.

Fue así que después de una discusión, luego de una noche de muchos tragos en una fiesta, se va para su casa. Ella intoxicada, ella egoísta, ella cobarde, ella víctima de un mundo descontrolado, ella sin ser ella, toma un revolver calibre 38, se sienta en la mesa donde sus hijos habían cenado horas antes, dibuja unas líneas, llama a su esposo mientras las aspira, le dice que lo ama. Él teme que algo va a pasar, y se apresura a llegar, cuando cruza el portón de su amplia hacienda escucha un estruendo que quiebra el silencio de la madrugada. Era un sábado. Pato se desmayó y sólo volvería en sí el domingo, meses más tarde nos dejaríamos un lunes, ella se ennoviaría el martes siguiente, yo los vería el miercóles. Unos años más tarde un jueves tendría a Analía, cuyo padre al sol de hoy no ha podido identificar. Un viernes decidío regalarla a una pareja esteril. Pero así fue que aprendí. Que no hay razón para llevar equipaje que no me pertenece.