Ácrata y Banquero
Ficciones, alegorías y otras incomodidades.
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Jean Fûlop.


Jean Fûlop.

Me escribe una carta pidiendo auxilio. Manda un par de mensajeros de la corte de su padre. Me deja saber a través de nuestras amistades en común que está arrepentido. Me han obligado a escuchar que la angustia lo tiene sitiado. Que la cruzada no mejora y está rodeado de penitentes grises que no sabe a que facción son leales.

Sé que está enfermo. Sé que se ha ido debilitando poco a poco. No creo que llegue al solsticio. Pero la verdad es que no tengo nada que decirle. Menos aún cuando mis sabuesos por fin lograron acorralarlo en su fortaleza mientras él jugaba a las espadas en oriente. Eso es todo lo que un hombre como yo puede hacer por algo como él; ayudarle a morir.


Jean, el hijo de Fûlop fue un gran amigo mío. Los dos estuvimos enclaustrados en la prisión de Tonca cuando nuestras tierras fueron invadidas. Ambos hicimos parte del motín que terminaría devolviéndolos la soberanía de nuestra provincia.

En sociedad nos dedicamos al contrabando de ron traído de Senegal. En sociedad conocimos el opio de china, la heroína de Afganistán, la marihuana de Sri Lanka y cómo no, los beedies de la India.

En alguna de esas noches de excesos, yo le presenté a Maryam. Y pude percibir el asombro que a él le produjo. Estaba anonadado con ella. La corroboraba de los pies a la cabeza sin disimular. Atajé las riendas de mi mente para no seguir los desbocados pensamientos de que él trataría de conquistarla. Si había alguien que creía conocer en el mundo era a él. Así que supuse se trataba de algún asomo de inseguridad. Y no ahondé en el asunto.

Pasaron los meses y notaba restos de frases en sus miradas cuando ocasionalmente me alejaba de ellos en sinnúmero de cenas y cócteles a los que asistimos durante un par de años. Durante esos años también pasó que me contagié de la fiebre roja.


Indefectiblemente podrá usted imaginarse la furia a la que me arrojé envuelto en las llamas de la ira cuando descubrí que Maryam tuvo la fiebre primero que yo. Y que primero que los dos la tuvo Jean Fûlop. Y que la fiebre sólo se transmite a través del sexo.

Mandé ahorcar a Maryam.


Pero el cobarde Jean Fûlop no fue capaz de actuar como un hombre y prefirió huir como un perro al que le tiran una piedra, con el rabo entre las patas. En su huida lanzó tantas patadas de ahogado como pudo. Pero eso sólo entorpeció su huida. Él empezó a entender que desde ese momento su destino me pertenecía.


Así es que no entiendo como puede ser tan bajo y acudir a mi misericordia. Como puede ser incluso tan descarado de pedirle a las mujeres de su corte, entre ellas su madre y hermanas que me seduzcan a fin de perdonar su ínfima vida. Menos aún, entiendo como ellas se prestan para ese propósito.


Un día de abril, mis sabuesos grises volvieron. Una cabeza humana traían consigo desde tierras lejanas. Jean Fûlop había muerto de rodillas pidiendo perdón.