Un elemento casero que desencadena una guerra familiar

Para este ejercicio no tengo que inventarme nada. No preciso alejarme mucho de lo que pasa en estas cuatro paredes desde donde ahora escribo. El primer ejemplo que se viene a la cabeza es un encendedor. Con el encendedor se desatan dos tipos de enfrentamientos desarmados de proporciones subnucleares, que siempre apuntan al mismo detonante. El más común se da en una escena que con algunas variaciones es más o menos así:
Maria está cocinando, ha cortado la papa, la cebolla, rayado la endemoniada zanahoria y cuando se dispone a saltear lo anteriormente mencionado, sorpresa, el encendedor no está. ¡¿Estuviste fumanchando?!
Yo que soy un compendio de terribles contradicciones, sufro de problemas con la autoridad crónicos. El compendio de las contradicciones lo podría detallar algún día que sepa como articularlas. El hecho es que para el momento en el que Maria termina de hacer el interrogante seguido de la exclamación, yo ya tengo la presión arterial elevada y —dependiendo del día— estoy bajo los efectos de la adrenalina. La respuesta siempre es un no rotundo que quema el aire. Aunque a veces sea para ocultar un sí rotundo que quemó un canuto. Lo que viene después de mi respuesta furiosa ha sido tema de diversos debates y creo que aún no hemos terminado de cerrar ese tema del como nos hablamos.
Otro artículo hogareño que desencadena bombardeos verbales y un uso extensivo de palabras que nunca llegarán a diccionario —no sé si afortunada o desafortunadamente— es el aire acondicionado. Tengo que confesar que no sé si yo tengo un problema con el termostato de mi cuerpo o que Maria sea atérmica. Sospecho mucho de la primera por haber crecido en una ciudad donde hace frío todo el año, pero el orgullo me niega a reconocerlo más allá de estas líneas y por supuesto frente a Maria. El hecho es que tan pronto como agarro el remoto del aire Maria se enciende: ¡¿Pero no ves el frío que hace?! Y yo, con mis problemas ya mencionados hago uso del autoritarismo que heredé —¿papá, ves que podía aprender algo de la milicia?— Le grito muy decidido: ¡Pues si hace frío de malas! ¡Vuélvase una paleta o un cubo de hielo!
Pero no hay nada como mi lámpara de escribir. Mi lámpara tiene un bombillo blanco que hace que resplandezcan estas cuatro paredes donde vivimos. Para mí es como un amuleto de la suerte; la traje desde mi habitación en la casa de mamá. Desde entonces no paso un día sin que la encienda. Es como si le otorgara importancia a las tareas que realizo, especialmente cuando escribo. Por alguna razón la necesito encendida, además de que tengo alguna herencia cavernícola que hace que la mirada de la gente mientras hago cosas tan sensibles como escribir me hastíe, así que cierro la cortina y lo único que ilumina mis líneas es esa lámpara. Hasta que llega Maria. Ella asegura que es fotosensible y que mi lampara con su luz sagrada le desencadena ataques de migraña. Para mí se trata de una expresión disimulada de fascismo que le impide considerar otras perspectivas que no sean propias. Así que todos los días que Maria cruza la puerta de entrada, después de saludarme intenta apagar la esperanza de mis letras. Por eso he dejado de escribir tanto en estos últimos meses, porque la luz al final del túnel se apaga cuando llega Maria y quedo a su merced. A su fascista merced.
Sin embargo, lo que sucede con mi ukelele orbita galaxias distantes. Uno de los mejores casos sucedió esta mañana. Maria salía a trabajar temprano porque cubría a una amiga. Después de desayunar, yo estaba aburrido mirando al techo y tomé el ukelele, una púa y rasgué tímida y ligeramente sus cuatro cuerdas a la espera de su reacción. Tan pronto escuchó el rasgueo, me miró y me exigió que esperara hasta que se fuera. Como no me gustó su reacción, rasgué un poco más a ver hasta donde podía llegar su explosividad. Tiró lo que estaba haciendo al suelo y se acercó alevosamente mientras me decía: ¡¿Podés tocar tu puta guitarra de retrasado mental cuando yo no esté en casa?! Lo que claramente desencadenó mi ira al verme obligado a explicarle que el hecho de que tuviera 2 cuerdas menos que una guitarra no lo hacía un instrumento musical menos digno que los mainstream.
Creo que a este ritmo vamos a terminar peleando hasta por una cuchara.
¿Mamá, me recibirías de vuelta?