Alfonsina

Alfonsina apagó la tv. Le molestó el titular que cruzaba la pantalla. No era el último acontecimiento del último famoso de moda lo que le fastidió. Fue la ortografía.La falta de tildes y el uso incorrecto de las comas. Eso sumado a la atosigante controversia alrededor de la vida personal de alguien que a la hora del té le importaba un comino. ¿Quién se toma el tupé de pensar que las parejas sexuales de un metrosexual inflado son un tema relevante para el público?. Seguramente no lo sabría pero estaba harta de escuchar el mismo nombre una y otra vez.
Abrió su compu, refrescó su feed de Facebook y scrolleó por fotos de cupcakes tornasoleadas, por declaraciones de amor y de guerra. Chusmeó la novia de un ex amante y odió visceralmente a su exnovio Tomás por estar en Dubai. Le dolió. Le dolió verlo sonriendo mientras ella fruncía el ceño. Celebrando la vida mientras a ella los días le pasaban por encima sin pena ni gloria. Pero por sobre todo, mientras ella yacía en el frío invierno.
Justo ahora que se había vuelto a decidir helar. Porque en sí el invierno no le incomodaba mucho cuando este era tenue. La brisa helada le refrescaba y como los alimentos se conservaban más, había menos insectos y ratas. Sentía que la inundaba un saludable aire de desinfección. Pero otra cosa era el invierno cruel. Ese que se hace notar cuando queda menos de un mes para la llegada de la primavera, que da la lucha como un animal acorralado que se rehúsa a morir. El mismo que convierte cada sentada a cagar un acto de pura valentía.
Pero Alfonsina era una mujer determinada e irreverente. No dejaría que un imbécil con lentes oscuros en la mitad del desierto y el odioso olvido de dios la sometieran. Dejó de lado la compu y abrió el cajón feliz de su mesita de noche. Lo llamaba así porque estaba repleto de sustancias psicoactivas con las que había estado experimentando desde que cumplió 20 años y se entregó de lleno al mundo de las drogas. Hasta entonces había estado limpia, pero luego de una escapada al desierto con sus compinches, decidió probar cuanta cosa se le ocurriera para saber de primera mano porqué eran tan prohibidas. Después de muchas aventuras y fiascos, sólo consumía de forma regular flores de marihuana que su amiga cultivaba y secaba al sol, para que le iluminaran los días.
Los hongos los tenía reservados por si algún día regresaba al bosque con Juan, los ácidos por si se reconciliaba con Diego y se iban de fiesta, la cocaína por si decidía retomar su carrera y tenía que preparar un examen. La heroína por si se le cantaba algún día volver tener una orgía o auspiciar un gangbang. Por eso era que siempre terminaba agarrando la cajita de madera y se armaba un porro. Porque para cualquier otra cosa, necesitaba de su luz. Picó y rayó con cuidado la flor, le sacó las ramas y las semillas, se aseguró de que estuviera suave y aireada. Mezcló un poco de tabaco y un poco de menta peperina para contrarrestar la ansiedad que le generaba fumar sola. Enroscó la punta, le prendió fuego y el humo dulzón le llenó los pulmones. Quiso retenerlo lo más que pudo. Aprovechar cada molécula en suspensión que rebotaba contra sus paredes pulmonares. Sintió el adormecimiento y dejó salir el humo haciendo anillos mientras un aluvión orgásmico se desbarrancó por su pecho.
En una milésima de segundo deseó a Juan y a Diego, se le ocurrió un idea genial para la tesis y quiso arremolinarse en un mar de piernas y brazos. Sintió que esa milésima se había alargado por horas. Cuando volvió en sí, notó que había estado mirando fijamente a la pared que tenía enfrente. ¿Qué tenía esa pared de especial? Era blanca. Blanca nívea. Blanca casta. Como el poema de la otra Alfosina, Storni, que se suicidó caminando hacia el mar y que Pedro le leía constantemente como el mejor ejemplo del feminismo literario. Fue a la estantería y agarró un libro de poesía -el único que tenía- raído y ralo, lo abrió en una página marcada y entonó tímidamente las líneas que otrora le hacían crema la entrepierna mientras le caían las panties:
TU ME QUIERES BLANCA
Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada
Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.
Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.
Tú que el esqueleto
Conservas intacto
(…)
Escuchó un sonido en el pasillo. No pudo continuar su declamación erótica. No esta del todo segura si en efecto alguien tenía en sus manos un manojo de llaves o lo había imaginado. Rápidamente se dio cuenta de que era real cuando la puerta se abrió y la cara de su mamá se asomó sorprendida en medio de la alegre humareda del porro. Sintió pánico, sus oídos empezaron a zumbar. Su piel se erizó y no supo cómo actuar. Su mamá actuó como si nada ocurriera. Entró con parsimonia y evitó mirar la cajita de madera que descansaba plácidamente sobre la mesa.
— Vine a que almorzáramos, como habíamos quedado. No sé si vos te acordás, pero tus tíos también vienen. Esto es un desastre. Habrá que decirles algo. Ya sé. Vos andá a la pizzería y traé algo. Yo me encargo de esto ¡lo que si te pido por favor es que desaparezcas de mi vista esa caja infernal llena de pecado y misoginia! Abrí la ventana antes de salir. Huele a azufre aquí adentro. Como si hubiese estado el mismísimo demonio.
Alfonsina garró sus cosas y se largó tan pronto como pudo. Estaba en shock y temblaba. Pulsó el botón del ascensor y procuró calmarse. Cuando se abrió la puerta vio una cara conocida. Era Ian y estaba con su novia. El vecino del 7mo piso que se cogía de vez en cuando; esa fue la gota que derramó la copa. Se quedó helada, el pánico la invadió, se paralizó totalmente y se hiperventilaba ante la mirada atónita de su amante fortuito. Antes de que le dijeran algo, se esforzó para concentrarse y salir de esa situación: bajó por las escaleras tan rápido como pudo. Salió y el aire fresco le sentó bien, aunque el zumbido se hizo más evidente.
Caminó un par de cuadras, subió el puente, levantó la vista y vio el anuncio de la última película en estreno cuyo actor principal era el mismo que más temprano en la tele descarnaban por promiscuo y adultero. Su sonrisa fue suficiente para desesperarla. El tedio la había acorralado, se había filtrado en cada detalle y cada poro de su piel. A donde mirara había una mentira que la invitaba a consumir, a gastar. El mundo era perfecto y ella no y vivía de su imperfección. Ya había experimentado esta sensación y el zumbido aumentó. Cuando este sentimiento la invadía se recluía en su cueva pero justo hoy su cueva estaba tomada. Incluso en su cueva no podía expandir su alma. Se sintió desterrada por dentro y por fuera. Parecía no tener más remedio que ser otra; no ser ella. Pero Alfonsina se caracterizó por su determinación; si no puede ser ella en esta vida; lo sería en la otra. Así que se detuvo en la mitad del puente y observó como el tren se acercaba mientras empuñaba firmemente. Cuando estuvo suficientemente cerca se elevó en la baranda y aunque el maquinista frenó cuando sus sospechas se hicieron ciertas, Alfonsina se dejó caer sobre la formación golpeándose el cráneo contra el parabrisas y rebotando hacia los rieles, donde las toneladas de tren la despedazaron como si estuviese hecha de mantequilla. Se la tragaron como si fuera mar y pronto la olvidaron como si fuera espuma.