Ácrata y Banquero
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No se murió un gato


No se murió un gato

La guerra es metafísica pura y como tal se cuela en absolutamente en todo. De ahí que la vida en medio de la guerra sea muy particular; diría Clausewtiz que una vez empiezan a zumbar los disparos el ambiente se enrarece con una fricción indescriptible.

Las mañanas de mi infancia fueron más o menos las mismas durante el tiempo que mis padres estuvieron asignados a una brigada al norte del país. A eso de las 6 de la mañana mi hermano y yo nos levantábamos, desayunábamos alguna de las delicias que nos preparaba Emilia la campesina que ayudaba en casa y una vez satisfechos llamábamos a mamá a su oficina en el dispensario para saludarla. Concluido el saludo matinal nos apresurábamos para emprender la travesía diaria de varios kilómetros que separaban nuestro departamento de la parada del bus escolar. Porque obviamente un bus escolar no tiene permiso para entrar en una guarnición militar por un sin fin de razones. Mi hermano y yo las maldecíamos una a una mientras caminábamos con el pesado paso del deber y la pereza. El bus estaría en la entrada a eso de las 8:30.

Durante esas caminatas nos encontrábamos varias veces con los pelotones de cambio de guardia junto con los sargentos a cargo que les marcaban la marcha. Usualmente había perros que los seguían por ser la única familia que tenían. A esa hora eran innumerables los pelotones que recorrían las calles revisando y reaprovisionando todos los puntos de observación y control de la brigada. Parecían columnas de hormigas silenciosas que se perdían en caminos allanados por la costumbre. Cada pelotón salía a una hora distinta; una vez concluido el turno que dependiendo de la sensibilidad de la tarea asignada podía durar 6, 8 o 12 horas.

Los militares son tan cuadriculados que esa era una forma de saber qué tanto podíamos holgar la marcha o forzarla hasta la entrada. Si estábamos en horario, cuando salíamos del edificio teníamos que encontrarnos con el pelotón de garitas que venía a dejar un soldado renovado en la garita de vigilancia ubicada en la esquina de la cuadra en la que se ubicaba nuestro edificio. Y se llevaba al chico trasnochado que nos había protegido durante la noche con su cuerpo joven y su decisión de hierro.

Unos 500 metros más adelante encontrabamos un segundo indicador; el pelotón de policías militares del casino de oficiales con sus distintivos porta armas, guantes y botas blancas. En el ejército se le llama casino a lo que sería un edificio por lo general imponente y estilizado que sirve de hotel para los oficiales de visita que cuenta con amplios y cómodos espacios para eventos sociales de la oficialidad. Además de varios restaurantes y comedores para evitar alejarse de la seguridad que provee la cercanía a las armas. Allí cambiaban los comúnmente llamados PMs que hacían presencia por su elegancia y carácter protocolario.

Superados esos dos puntos de control -si todo seguía bien- justo en la mitad del recorrido a la altura del comando general nos teníamos que cruzar con dos pelotones que se dirigían a la plaza de armas, donde se impartían las instrucciones del día y se les dejaba saber cualquier novedad si hubiera lugar a ello. Hacíamos lo posible con nuestras piernas cortas para seguirles el ritmo y llegar con ellos a la plaza, porque así podíamos escuchar la totalidad de las novedades que el capitán les transmitía. Además porque la plaza de armas daba hacia la entrada, la meta de nuestro esfuerzo, en el otro costado se encontraba la iglesia de la brigada. Entonces llegar con ellos nos significaba algún tiempo extra para subirnos al árbol de guayaba que crecía ahí y nos daba sombra y cuyo fruto era un bien preciado para nosotros a la hora del recreo.

Nosotros como cualquier niño éramos muy curiosos. Así que en esas mañanas rutinarias y predecibles nos enteramos de infinidad de cosas de los adultos, cosas que entonces no tenían sentido pero que hoy en día sirven para unir las piezas de la guerra de mi rompecabezas. Por ejemplo, fue en una de esas formaciones que vi por primera vez un cadáver. Se trataba de un guerrillero dado de baja -eufemismo de asesinato- días atrás y que presentaba un avanzado estado de descomposición.

Borges encuentra en el ejercicio de las armas una tarea noble. Jung a su vez considera que sólo en la guerra, un hospital, un prostíbulo o un manicomio es que se puede conocer a la humanidad. A mi por lo menos, me resulta la forma más sencilla de lidiar con la muerte. No sólo por el incidente ya mencionado.

Una de esas mañanas tan precisas y meticulosas mi hermano y yo caminábamos a unos metros del primer pelotón de fusileros que pasaba frente al comando. Al ser fusileros cuando llegaron a la plaza de armas, cruzaron a la izquierda pasando frente a la iglesia. En la esquina por la que doblaron había un árbol en el que jugaban y trepaban varios gatos de pocas semanas de nacidos. Mi hermano y yo los notamos y quedamos obnubilados por la agilidad que profesaban a pesar de sus endebles figuras. Saltaban de un lado a otro. A veces resbalan y caían sin ninguna complicación. En un instante dado, se encontraron tres de ellos en el suelo mientras los demás maullaban desde las alturas. Pronto el golpeteo regular de las botas del segundo pelotón de fusileros se aproximó y en un abrir y cerrar de ojos, los perros leales al pelotón habían zarandeado a uno de los gatos que no alcanzó a huir en medio de una ensordecedora tormenta de ladridos. Mientras que los otros dos se treparon frenéticamente al árbol a presenciar con el resto de sus hermanos el horror desde las alturas. 
Los soldados reaccionaron inmediatamente y alejaron a los perros del pobre que gato que seguía tratando inútilmente de alcanzar el tronco. Cuando lo soltaron, se reincorporó y yo profundamente aliviado dije ¡se salvó!. Uno de los soldados que había espantado a los perros me dijo mientras se terciaba el fúsil: No, esos son los últimos reflejos. Seguido de lo cual el gato se desplomó y sus maullidos se fueron silenciando poco a poco hasta que se ahogaron detrás de sus ojos vidriosos. La marcha siguió como si nada. Nadie se detuvo. Nada había pasado. A pesar de que mi hermano y yo no habíamos sido los únicos que habías visto como el azaroso ángel de la muerte había descendido con su inflexible sentencia sobre un pobre animal en esa mañana calurosa. Me impactó la fiereza del ataque. Pero creo que me impactó más la frialdad de la milicia. Mi hermano y yo tomamos el cuerpecito ensangrentado y todavía tibio y como pudimos cavamos una tumba al lado del guayabo. No pudimos terminar porque llegó la ruta y para rematar la profesora nos regañó por estar sucios.

Cuando regresamos alguien había terminado el trabajo por nosotros y siendo así sólo atinamos a ponerle unas florecitas que arrancamos de los alrededores porque entendíamos bien que lo que había muerto era un pedacito de nuestra alma.