
Camilo tomó otro cigarrillo. Lo golpeó en el extremo, se lo llevó a la boca y lo encendió. Ya había perdido la cuenta de los que había fumado. Estaba nervioso de asomarse demasiado por el balcón. Esa era la principal advertencia, nadie podía verlo. Palpó la cajetilla de cigarrillos y notó que se estaba fumando el último. Pronto iba a tener que comprar más y eso lo distraería. Tenía que mantenerse enfocado en su objetivo. Podría ser decisivo para su organización asestar este golpe que tan meticulosamente habían planeado. Dejó a un lado las directivas del caso. No quería agregarle más presión a su secuencia. Calculó el tiempo que le tomaría desmontar la ametralladora, esconderla, deshacerse de cualquier huella, escuchar atentamente cualquier ruido para evitar cruzarse con vecinos en el palier, dejar el departamento, bajar por las escaleras de emergencia, salir por la puerta de atrás sin activar la alarma, cruzar la calle, comprar un atado de tabaco y realizar toda la secuencia inversa. Le tomaría siete minutos, serían suficientes y le quedaban tres libres para disfrutar varios cigarrillos en paz. Regresaría holgado de tiempo para ametrallar desde el balcón. Así le permitiría a sus secuaces huir. Era una matemática sencilla. Las consecuencias por otro lado eran incalculables; la ansiedad era superior. El vicio que heredó de su padre se adueñaba de su voluntad. Sabía que era una mala decisión pero la ejecutó de igual manera. Desarticuló el trípode, dobló la culata, removió el cabestrillo, guardó el raspín del percutor en el bolsillo, removió el cañón principal y lo envolvió junto con los auxiliares, los escondió en el ropero con los proveedores y cerró con llave. Salió del edificio y en dos minutos estaba frente a la cara con granos del adolescente del quiosco que escuchaba la ruidosa tele en el fondo del local.
Las yemas de Camilo redoblaron al compás de una marcha sobre el mostrador ante la parsimonia con la que el cajero, tomaba cada uno de los paquetes de cigarrillos y lo escaneaba con el lector. Camilo sumaba segundos en su cabeza y recalculaba el limite de riesgo que podía tolerar hasta que todo voló por los aires y un rugido lejano lo dejara momentáneamente ciego y sordo. La tienda se llenó de polvo y fragmentos de vidrio. En la tele de fondo se escuchó la alerta de última hora. El club social de la élite de la capital había sido víctima de un coche bomba en su garaje. El edificio explotó elevando fragmentos de la edificación por los aires y su fachada se derrumbó, desnudando la intimidad social de la élite y dejando un reguero de muertos sobre la avenida más tradicional de la capital. El chico giró alertado, se sacó el polvo de la cara y con una velocidad que hasta entonces se consideraba imposible le subió el volumen a los detalles que narraba un presentador presa del horror. A Camilo le faltó el aire, todavía quedaban por los menos dos minutos para la hora señalada. No entendía cómo pudo errar de esa forma. Ya no había tiempo, tenía que huir. El país estaba entrando en modo emergencia militar y él tenía varias órdenes de captura a su nombre. Entró en pánico. Se le nubló la vista y cuando pudo volver en sí, el adolescente le apuntaba con un revólver. Un tiro a esa distancia lo podía partir en dos. Su pesadilla se materializó. Camilo Torres queda usted detenido por el delito de conspiración dijo el cajero que ya no se asemejaba al puberto que había despreciado al entrar. Camilo estaba esposado, con la cara en un charco de cerveza rancia bajo la bota del oficial encubierto, quien sacó una radio y confirmó el sometimiento del prófugo y dio la orden de ingresar. La cara Camilo se iluminó por la llamarada que salió del bloque de apartamentos precarios, mientras la onda reventaba todos los vidrios en su expansión. Ahora, además está detenido por el asesinato premeditado de cinco funcionarios públicos de la república gritó el oficial mientras le taconeaba la cara.