<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><feed xmlns="http://www.w3.org/2005/Atom" ><generator uri="https://jekyllrb.com/" version="4.4.1">Jekyll</generator><link href="https://dondo.com.co/feed.xml" rel="self" type="application/atom+xml" /><link href="https://dondo.com.co/" rel="alternate" type="text/html" /><updated>2026-04-13T11:17:23+00:00</updated><id>https://dondo.com.co/feed.xml</id><title type="html">Ácrata y Banquero</title><subtitle>Ficciones, alegorías y otras incomodidades.</subtitle><author><name>afrp89</name></author><entry><title type="html">Andreia</title><link href="https://dondo.com.co/2026/04/12/andreia/" rel="alternate" type="text/html" title="Andreia" /><published>2026-04-12T00:00:00+00:00</published><updated>2026-04-12T00:00:00+00:00</updated><id>https://dondo.com.co/2026/04/12/andreia</id><content type="html" xml:base="https://dondo.com.co/2026/04/12/andreia/"><![CDATA[<p>Camila miraba desde la ventana del comando operacional con la taza de café enfriándose entre sus manos. Abajo, en el potrero, una yegua zaina caminaba sin apuro, deteniéndose cada tanto para mordisquear el pasto con una mansedumbre que la dejó obnubilada. Un alcaraván merodeaba cerca de ella con el nerviosismo que ha caracterizado a su especie desde siempre, dando saltitos cortos, estirando el cuello, girando la cabeza con una urgencia que no conducía a ninguna parte, como si cargara con una alarma permanente que nadie más había escuchado. La yegua lo ignoró con la majestad de quien ya no necesita apurarse por nada. Los soldados de caballería habían retirado el cuerpo de la madre de la yegua en la madrugada y sin embargo allí estaba, moviéndose con esa parsimonia desconcertante, como si sus patas hubieran llegado a un acuerdo con el mundo que su mirada todavía no podía aceptar. Porque cuando la yegua levantó la cabeza y sus ojos oscuros recorrieron el potrero vacío, Camila vio una tristeza densa y sin fondo, incongruente con la serenidad de cada uno de sus pasos. El alcaraván lanzó su grito y salió disparado hacia el otro extremo del potrero. La yegua ni parpadeó. Era ese contraste lo que dejaba apartarse del vidrio a Camila. Un animal cuyo cuerpo se había rendido a la mañana mientras sus ojos seguían velando. Como si la paz y el dolor no fueran opuestos sino dos cosas que, llegado el momento, simplemente aprenden a repartirse el mismo cuerpo.</p>
<p>La radio frecuencia militar la arrancó de golpe de su laberinto interior. El mayor Pérez tomó el micrófono con el automatismo de quien lleva años haciéndolo a la misma hora y respondió el llamado del Coronel Vásquez con la entonación exacta que el protocolo demandaba. Camila dejó la taza sobre el escritorio y tomó la bitácora de novedades. Los dos guardias de la policía militar apostados a ambos lados de la puerta no se movieron, como era su costumbre. Llevaban allí tanto tiempo y con tanta constancia que Camila había dejado de verlos, igual que se deja de ver el marco de una ventana. Lo que siguió fue una letanía. El Coronel Vásquez enumeraba con una calma espantosa las bajas de la semana anterior, los municipios comprometidos, los flancos expuestos, las rutas cortadas. Cada cifra llegaba con la misma cadencia plana con la que se leen las características de un producto, como si la muerte fuera un elemento más en la lista de las compras. Camila anotaba. El mayor Pérez escuchaba con la mandíbula apretada. El panorama que se iba construyendo número a número era el de una derrota clara y metódica, administrada con la burocracia fría de quien ya no se sorprende de nada. Se preguntaba si no era más práctico anotar qué quedaba aún bajo control del estado que llevar la rúbrica de aquello que había perdido.</p>
<p>Fue entonces que el Coronel Vásquez interrumpió la comunicación. <em>¿Cómo quedaron las competencias de salto?</em> preguntó, como si hubiera cambiado de canal. El mayor Pérez consultó con la mirada a la mayor Camila que no levantó los ojos de la bitácora. <em>Oro en uno treinta, mi Coronel. Bronce en uno cincuenta.</em> Hubo una pausa. Y luego el Coronel Vásquez dejó de ser parsimonioso. <em>¡Bronce!</em> estalló, y la palabra llegó por la radio con una distorsión que era en parte estática y en parte cólera. <em>¡A estas alturas ese animal salta solo, carajo, y ustedes encima le estorban! ¡Más les valdría cerrar los malditos ojos y soltar las riendas que el hijueputa caballo sabe mejor que cualquiera de ustedes cómo pasar un obstáculo!</em> El mayor Pérez sostuvo el micrófono sin responder, con esa expresión de quien recibe un golpe y decide no acusarlo.</p>
<p>Camila dejó de anotar. Miró por la ventana. La yegua seguía abajo, indiferente, pastando con la misma paz de siempre, con la misma tristeza de siempre, sin que nadie le hubiera pedido ni el oro ni el bronce. Sintió algo moverse adentro. No era tristeza, cólera ni miedo sino algo más difícil de administrar, algo que tenía la misma textura de urgencia que los gritos del alcaraván antes de salir disparado. Dejó caer la pluma sobre la bitácora. Se puso de pie. El mayor Pérez levantó la vista con la expresión de quien espera una explicación. Camila tomó la chaqueta del respaldo de la silla y cruzó la puerta sin decir nada. Los guardias no levantaron la vista. No fue una salida ordenada. Fue un movimiento casi sin dueño, del tipo que se produce cuando el cuerpo toma una decisión antes de que uno haya terminado de pensarla. Afuera, en el corredor, el aire era más frío y el sonido de la radio quedó atrás enseguida. Camila caminó sin detenerse. Sabía que detrás de ella el mayor Pérez estaba mirando la puerta abierta con la misma cara que ella había puesto al mirar el alcaraván: la cara de quien no termina de entender a qué le tiene tanto miedo el otro, ni por qué huye con tanta convicción de algo que desde afuera no parece tan urgente. La yegua seguía abajo. Lo sabía sin mirar. Pastando con esa serenidad que era también una manera de cargar con todo. Y Camila, mientras sus pasos se alejaban por el cemento frío del corredor, no supo todavía si lo que buscaba era ser el pájaro o simplemente dejar de ser la yegua.</p>
<p>La casa era pequeña y exacta, como todo lo que la guerra permite. Tres habitaciones con el mobiliario mínimo de quien ha aprendido a no encariñarse con las cosas que puede perder. En la sala, una silla y una mesa. En la cocina, lo suficiente. En el dormitorio, una cama, un velador con una lámpara y una pila de libros que nadie había ordenado porque nadie más que ella los tocaba. Dejó las llaves sobre la mesa sin encender la luz del pasillo.</p>
<p>Se detuvo frente al espejo de cuerpo entero que había heredado de su madre y nunca se había molestado en colgar bien, de manera que la imagen devolvía siempre una figura levemente inclinada, como si el mundo entero tuviera una falla de medio grado hacia la izquierda. Se desabrochó el primer botón del cuello. Luego el segundo. La chaqueta cayó sobre la silla con un peso que no era solo de tela: era el peso de todo lo que había absorbido durante el día, el recuento de los muertos, la voz del Coronel Vásquez, el silencio del mayor Pérez. La planchó sobre el respaldo con ese automatismo disciplinado que ya no requería pensamiento. Luego las botas: cordón por cordón, sin apuro, colocadas juntas al pie de la cama con la suela paralela a la pared. Se aseguró que estuvieran limpias y sin manchas. Los pantalones doblados, la hebilla del cinturón cerrada. Cada prenda en su lugar como si el orden de los objetos pudiera contener algo que ella misma no terminaba de comprender.</p>
<p>Cuando se quedó en ropa interior frente al espejo, tuvo que mirarse un momento antes de seguir. No era el cuerpo lo que la detenía. Era lo otro: la expresión. Con el uniforme, los rasgos se organizaban solos en una geometría de autoridad. Sin él, había algo en la cara que se desarmaba, algo alrededor de los ojos y la boca que recordaba demasiado a la persona que había sido antes de aprender a ser esta. Una persona que sabía llorar, subrayaba los poemas y se dormía en los parques con el libro sobre el pecho. Una persona que la guerra había enterrado no con violencia sino con el método más eficaz que conoce: la falta de tiempo.</p>
<p>Se puso la camiseta de dormir con los movimientos rápidos de quien prefiere no demorarse en ciertos momentos.</p>

<hr>

<p>En la cocina, dispuso la cena sobre la tabla de madera: dos tiras de carne seca, un puñado de aceitunas negras, un chorro de aceite de oliva sobre el pan, la botella de vino ya abierta desde el martes. Comió de pie, mirando la ventana que daba al patio trasero, que era también un patio vacío. No había hambre propiamente dicha sino la conciencia de que el cuerpo necesitaba combustible, que mañana habría más reuniones, más bitácoras, más frecuencias militares con voces que enumeraban bajas con la misma cadencia plana con la que se leen listas de supermercado. Bebió el primer vaso de vino de un trago largo. El segundo lo llevó a la cama.</p>

<hr>

<p><em>De la Guerra</em> de Von Clausewitz estaba en el velador desde hacía dos semanas, marcado con una hoja de papel en el capítulo sobre la fricción. Camila lo abrió con la determinación de quien cumple una tarea antes de dormir. La prosa del general prusiano tenía esa austeridad calculada de quien desconfía de todo lo que no puede medirse: la guerra como instrumento de la política, la política como extensión de la racionalidad, la racionalidad como el único territorio donde el caos podía, en teoría, domesticarse. La idea que desplegaba con su frialdad característica era la de erradicar la imaginación del análisis: el buen estratega no anticipa lo que desea sino lo que el terreno dictamina. La imaginación, en esa lógica, era un lujo peligroso, la fuente de todos los errores de cálculo, el primer enemigo a vencer antes de enfrentarse al enemigo real. Camila lo sabía. Lo había aprendido con suficiente evidencia.</p>
<p>Y sin embargo, mientras leía, su cabeza empezó a producir imágenes que no había pedido: la yegua con los ojos húmedos, el alcaraván disparándose hacia el otro extremo del potrero, la cara del mayor Pérez desentendido de los avances de la guerrilla.</p>
<p>El libro resbaló de sus manos cuando ya estaba a medias de un tercer párrafo. Camila no lo registró. Dormía con la luz encendida, la boca levemente abierta, el vaso de vino vacío inclinado sobre la sábana, con la expresión de alguien que había dejado de pelear por esa noche con algo que seguía sin tener nombre preciso pero que se parecía demasiado, en su resistencia, a la imaginación.</p>

<hr>

<p>La transmisión llevaba veinte minutos cuando Camila desplegó el mapa sobre la mesa y empezó a marcar. No era parte del protocolo pero tampoco nadie se lo impidió. El Coronel Vásquez enumeraba desde el otro lado de la frecuencia con esa parsimonia de inventario que ya conocía de memoria: municipios, rutas, flancos. Pérez anotaba con la cabeza gacha. Camila marcaba. Cada punto que añadía al mapa confirmaba lo que su cabeza llevaba construyendo desde la noche anterior con la misma lógica fría que el general prusiano aplicaba al terreno: no lo que uno desea sino lo que la geografía dictamina. Y lo que el mapa dictaminaba era un cerco. No inminente, no dramático, pero cerco al fin: una geometría que se cerraba despacio, con la paciencia de quien sabe que el tiempo juega a su favor.</p>
<p>Fue en ese momento, con el lápiz suspendido sobre el papel, cuando lo sintió. Una tibieza repentina, inconfundible, que el cuerpo elige siempre con una puntería cruel. Camila no se movió. Terminó de marcar el punto. Registró la sensación con la misma parte del cerebro que registra el frío o el hambre: una nota al margen, algo que atender después. La voz de Vásquez seguía llegando por la radio con su cadencia de lista de supermercado. Camila miró la columna de bajas en la bitácora: una lista larga y ordenada de lo que la guerra se había cobrado esa semana. Luego miró su mano. Luego el mapa. Hizo la siguiente marca.</p>
<p>Cuando Vásquez terminó el reporte, Camila habló. Lo hizo con la precisión que había aprendido de Clausewitz y que aplicaba cuando quería que la escucharan: terreno, flancos, tiempo, proyección. Señaló los puntos marcados en el mapa uno por uno. El patrón era claro. Si las últimas tres semanas se sostenían como tendencia, en un plazo que no excedía los cuarenta días la situación dejaría de ser una retirada táctica para convertirse en otra cosa. Pérez levantó la vista de la bitácora y miró el mapa con una expresión que Camila no supo leer. Vásquez guardó silencio un momento. Luego habló. <em>Mayor Montoya, ¿tiene confirmación de inteligencia que respalde esa lectura?</em> Camila no la tenía. Lo que tenía era el mapa, los puntos, la geometría. <em>Con el debido respeto</em> — intervino Pérez antes de que ella respondiera, con esa entonación que no tenía nada de respeto sino de cierre — <em>ese análisis excede lo que está en el parte oficial.</em> Vásquez no agregó nada. La radio emitió un chasquido breve y la frecuencia quedó en silencio de fondo. Camila miró el mapa un momento más. Dobló el lápiz entre los dedos. Nadie dijo nada.</p>
<p>Se excusó sin dar explicaciones y cruzó el corredor hacia el baño. Cerró la puerta con el mismo cuidado con el que se cierra una conversación que no va a ninguna parte. Bajo la luz fría del fluorescente evaluó el daño: menor, contenible, de esos que se resuelven con lo que uno carga por costumbre. Lo resolvió con la misma eficiencia mecánica con la que doblaba los pantalones al pie de la cama. Pero antes de salir se quedó un momento quieta, mirando la mancha pequeña de sangre en la ropa interior con una atención que nadie, esa mañana, le había dedicado al mapa.</p>

<hr>

<p>Llegaron al comando con el sol todavía bajo. Los dos guardias de la policía militar flanqueaban la entrada con la expresión de siempre, como si el tiempo no transcurriera en el umbral del comando, como si nadie hubiera salido despavorido por esa puerta el día anterior ni hubiera vuelto a entrar. Camila se permitió dos segundos de ventana antes de sentarse: la yegua zaina estaba en el potrero de siempre, quieta, con esa paz que ya le resultaba casi insoportable de envidiar. Los alcaravanes no estaban. El potrero sin ellos tenía algo de escenario vacío. Respiró, se sentó, abrió la bitácora.</p>
<p>La transmisión inició a la hora de siempre. Vásquez enumeraba. Municipios, rutas, flancos. Tres unidades diezmadas en el sur. Un puente dinamitado. Una columna que avanzaba sin encontrar resistencia porque no había con qué resistirla. Camila anotaba. Pérez escuchaba. El cerco que ella había trazado en el mapa el día anterior seguía cerrándose, punto por punto, con la puntualidad de lo inevitable. Entonces algo interrumpió la voz de Vásquez. Un ruido sordo al otro lado de la frecuencia, una exclamación, y luego su voz transformada. <em>¡Señorita, por el amor de Dios, es la tercera vez esta semana!</em> La indignación era genuina, caliente, viva — la misma voz que había enumerado doscientos muertos con la cadencia de un inventario de bodega ahora se rasgaba por un pocillo de café derramado sobre un escritorio. Camila dejó de anotar. Miró a Pérez. Pérez miraba la radio.</p>
<p><em>Disculpen</em> — retomó Vásquez, recomponiéndose — <em>en lo que estábamos. Y ya que estamos, Pérez, es un tema que tengo pendiente: no deberíamos aceptar mujeres en periodo en las filas. Es un problema operacional. Un riesgo. Una distracción.</em> Hubo una pausa breve, de las que se llenan solas. <em>Y francamente, un problema de imagen.</em></p>
<p>Camila cerró la bitácora con cuidado. Destrabó la pistola de dotación. La cargó. Y la depositó sobre la mesa con una parsimonia tan calculada, tan idéntica a la que Vásquez empleaba para describir municipios perdidos, que Pérez se quedó sin aire. Sus ojos fueron de la pistola a Camila y de Camila a la pistola con la velocidad del pánico. Camila no lo miró. Tenía los ojos puestos en la radio como si fuera una ventana.</p>
<p>Vásquez notó el silencio al otro lado. <em>Pérez, ¿está ahí? ¿Es la guerra, hombre? ¿Le entró el canguelo?</em> La risa fue breve y sin gracia. <em>Los muertos son la materia prima de esta institución, no se nos puede olvidar eso. Sin muertos no hay ejército. Sin ejército no hay patria. Es así de simple.</em> Pérez abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. <em>Mi Coronel, es que... la mayor Montoya...</em> Su voz se deshiló en el aire como humo.</p>
<p><em>¿La mayor Montoya?</em> repitió Vásquez, y en la forma en que lo dijo cabía todo. <em>Mire, Pérez, con el respeto que me merece el arma: una mujer vestida de soldado me impresiona exactamente igual que un soldado vestido de mujer.</em></p>
<p>Camila tomó la pistola de la mesa y habló. Lo hizo sin levantar la voz, con la misma precisión con la que el día anterior había señalado los puntos del mapa. <em>Mi Coronel, yo no juré defender la institución. Juré defender la democracia. Y si la institución decide sentarse a negociar con quienes la están destruyendo, mi juramento y la institución dejan de ser la misma cosa.</em> Pausa. <em>Con el debido respeto.</em></p>
<p><em>Mayor Montoya.</em> La voz de Vásquez bajó un registro, la que reservaba para cuando quería que algo sonara a sentencia. <em>Usted va a hacer exactamente lo que se le indique, en el momento en que se le indique, y no antes. ¿Me entiende? Porque si se me ponen a hacer maniobras no autorizadas, perdemos margen. Perdemos capacidad de negociación.</em></p>
<p><em>¿Negociación con quién, mi Coronel?</em></p>
<p>El silencio que siguió tenía textura. Vásquez lo dejó durar un momento de más. <em>Con quien sea necesario negociar, Mayor. Así funciona la política. Y si ustedes se me rebelan ahora, llegamos a esa mesa sin nada que ofrecer y sin nada que pedir. ¿Eso es lo que quiere?</em></p>
<p><em>Lo que quiero es no llegar a ninguna mesa.</em> Se volvió hacia Pérez. <em>Mayor, instruya a su unidad. Se pliegan a las mías esta tarde. Salimos al amanecer.</em></p>
<p>Pérez miró la radio. Miró a Camila. Miró sus manos. <em>Mayor Montoya, yo recibo órdenes del Coronel Vásquez y usted lo sabe. No puedo—</em></p>
<p>Los tres disparos fueron al techo. Secos, espaciados, con la misma parsimonia con la que ella había puesto la pistola sobre la mesa. El yeso cayó en polvo fino sobre la bitácora. Pérez se tiró hacia atrás con la silla y quedó pegado a la pared con los ojos abiertos y la respiración cortada. En la radio, Vásquez gritaba algo que ninguno de los dos escuchó.</p>
<p><em>¿Sus tropas o las mías, Mayor?</em></p>
<p>Pérez asintió. No dijo nada. Asintió con la cabeza dos veces, despacio, con la expresión de alguien a quien el miedo acaba de resolver una duda que el deber no había podido.</p>
<p>Camila dobló el mapa, lo guardó bajo el brazo y cruzó la puerta. Se detuvo frente a los dos guardias de la policía militar. Los miró uno por uno, con la misma calma con la que había puesto la pistola sobre la mesa. <em>Entren. Detengan al mayor Pérez. Espósenlo y llévenlo al calabozo. Poca comida, poca agua, poco sol.</em> Los guardias no preguntaron. Miraron hacia adentro, donde Pérez seguía pegado a la pared con la silla volcada y la respiración entrecortada, sin hacer nada, sin decir nada, sin encontrar en sí mismo ningún argumento que oponer. Eso fue suficiente. Entraron. Afuera, el potrero. La yegua levantó la cabeza un instante y la volvió a bajar. Ni siquiera los disparos la habían inmutado.</p>

<hr>

<p>La yegua no protestó cuando la ensillaron. Era temprano y el aire tenía ese frío húmedo que precede a las cosas irreversibles. Camila montó sin ceremonia, con el mismo gesto de todos los días, pero el animal lo sintió distinto — algo en el peso, en la forma en que las manos tomaron las riendas, en la respiración que no era la del ejercicio sino la de otra cosa. La yegua ajustó sus pasos al silencio que le pedían y salió de la base al frente de dos pelotones montados con la calma larga y engañosa de una tropa que no tiene apuro porque sabe adónde va.</p>
<p>El plan era simple en su superficie y brutal en su fondo: ellos avanzaban visibles, ruidosos, levantando polvo por el camino principal, atrayendo los ojos del enemigo hacia el norte mientras la caballería mecanizada se movía en sentido contrario por el flanco sur, sin luces, sin radio, con la orden de no detenerse por nada hasta cerrar el cerco desde adentro. El anzuelo y el gancho. Camila era el anzuelo.</p>
<p>Llevaban veinte minutos de marcha cuando llegó la primera onda expansiva. No se oyó antes de sentirse: fue el suelo primero, una vibración que subió por las patas de la yegua y llegó hasta las manos de Camila como un aviso. Luego el sonido, sordo y redondo, desde el sureste. Una base. Pérez diría que era artillería de largo alcance. Camila sabía que no. Las bases que caían así, sin resistencia previa, sin intercambio prolongado, caían porque adentro alguien había estado esperando órdenes que no llegaron, llenando bitácoras, calculando concesiones, negociando con la geografía y con el tiempo hasta que el tiempo se acabó.</p>
<p>Las aves salieron todas a la vez. Cientos, de especies que no convivían, levantando vuelo en una nube oscura y caótica que por un momento tapó el sol. En el pánico sin dirección de sus alas, en esa urgencia que no sabe adónde ir porque no distingue entre el peligro y el mundo, Camila reconoció algo que había sido suyo. La yegua dio un paso lateral pero no se detuvo. Camila le habló al oído con dos palabras que nadie más escuchó y el animal siguió, con los mismos ojos de siempre, con el mismo peso de siempre, llevando todo hacia adelante sin preguntarle nada al horizonte. Las aves se perdieron. La yegua no. Otra explosión, más cerca, al oeste esta vez. Y otra. El horizonte empezaba a tener un color que no era del amanecer.</p>
<p>Los soldados de los pelotones montados se miraban entre sí con esa pregunta en la cara que los soldados nunca hacen en voz alta. Camila no se volvió. Tenía los ojos adelante, en el punto donde el camino principal doblaba y el terreno se abría, donde en menos de una hora la caballería mecanizada estaría completando el movimiento que el mapa había prometido tres días atrás y que nadie había querido ver. Apretó levemente las rodillas. La yegua aceleró el paso.</p>
<p>Detrás, en el comando vacío, la radio seguía transmitiendo. La voz de Vásquez enumeraba con su parsimonia de siempre. Municipios, rutas, flancos. Nadie tomaba nota.</p>]]></content><author><name>afrp89</name></author><summary type="html"><![CDATA[Camila miraba desde la ventana del comando operacional con la taza de café enfriándose entre sus manos. Abajo, en el potrero, una yegua zaina caminaba sin apuro, deteniéndose cada tanto para mordisquear el pasto con una mansedumbre que la dejó obnubilada. Un alcaraván merodeaba cerca de ella con el nerviosismo que ha caracterizado a su especie desde siempre, dando saltitos cortos, estirando el cuello, girando la cabeza con una urgencia que no conducía a ninguna parte, como si cargara con una alarma permanente que nadie más había escuchado. La yegua lo ignoró con la majestad de quien ya no necesita apurarse por nada. Los soldados de caballería habían retirado el cuerpo de la madre de la yegua en la madrugada y sin embargo allí estaba, moviéndose con esa parsimonia desconcertante, como si sus patas hubieran llegado a un acuerdo con el mundo que su mirada todavía no podía aceptar. Porque cuando la yegua levantó la cabeza y sus ojos oscuros recorrieron el potrero vacío, Camila vio una tristeza densa y sin fondo, incongruente con la serenidad de cada uno de sus pasos. El alcaraván lanzó su grito y salió disparado hacia el otro extremo del potrero. La yegua ni parpadeó. Era ese contraste lo que dejaba apartarse del vidrio a Camila. Un animal cuyo cuerpo se había rendido a la mañana mientras sus ojos seguían velando. Como si la paz y el dolor no fueran opuestos sino dos cosas que, llegado el momento, simplemente aprenden a repartirse el mismo cuerpo. La radio frecuencia militar la arrancó de golpe de su laberinto interior. El mayor Pérez tomó el micrófono con el automatismo de quien lleva años haciéndolo a la misma hora y respondió el llamado del Coronel Vásquez con la entonación exacta que el protocolo demandaba. Camila dejó la taza sobre el escritorio y tomó la bitácora de novedades. Los dos guardias de la policía militar apostados a ambos lados de la puerta no se movieron, como era su costumbre. Llevaban allí tanto tiempo y con tanta constancia que Camila había dejado de verlos, igual que se deja de ver el marco de una ventana. Lo que siguió fue una letanía. El Coronel Vásquez enumeraba con una calma espantosa las bajas de la semana anterior, los municipios comprometidos, los flancos expuestos, las rutas cortadas. Cada cifra llegaba con la misma cadencia plana con la que se leen las características de un producto, como si la muerte fuera un elemento más en la lista de las compras. Camila anotaba. El mayor Pérez escuchaba con la mandíbula apretada. El panorama que se iba construyendo número a número era el de una derrota clara y metódica, administrada con la burocracia fría de quien ya no se sorprende de nada. Se preguntaba si no era más práctico anotar qué quedaba aún bajo control del estado que llevar la rúbrica de aquello que había perdido. Fue entonces que el Coronel Vásquez interrumpió la comunicación. ¿Cómo quedaron las competencias de salto? preguntó, como si hubiera cambiado de canal. El mayor Pérez consultó con la mirada a la mayor Camila que no levantó los ojos de la bitácora. Oro en uno treinta, mi Coronel. Bronce en uno cincuenta. Hubo una pausa. Y luego el Coronel Vásquez dejó de ser parsimonioso. ¡Bronce! estalló, y la palabra llegó por la radio con una distorsión que era en parte estática y en parte cólera. ¡A estas alturas ese animal salta solo, carajo, y ustedes encima le estorban! ¡Más les valdría cerrar los malditos ojos y soltar las riendas que el hijueputa caballo sabe mejor que cualquiera de ustedes cómo pasar un obstáculo! El mayor Pérez sostuvo el micrófono sin responder, con esa expresión de quien recibe un golpe y decide no acusarlo. Camila dejó de anotar. Miró por la ventana. La yegua seguía abajo, indiferente, pastando con la misma paz de siempre, con la misma tristeza de siempre, sin que nadie le hubiera pedido ni el oro ni el bronce. Sintió algo moverse adentro. No era tristeza, cólera ni miedo sino algo más difícil de administrar, algo que tenía la misma textura de urgencia que los gritos del alcaraván antes de salir disparado. Dejó caer la pluma sobre la bitácora. Se puso de pie. El mayor Pérez levantó la vista con la expresión de quien espera una explicación. Camila tomó la chaqueta del respaldo de la silla y cruzó la puerta sin decir nada. Los guardias no levantaron la vista. No fue una salida ordenada. Fue un movimiento casi sin dueño, del tipo que se produce cuando el cuerpo toma una decisión antes de que uno haya terminado de pensarla. Afuera, en el corredor, el aire era más frío y el sonido de la radio quedó atrás enseguida. Camila caminó sin detenerse. Sabía que detrás de ella el mayor Pérez estaba mirando la puerta abierta con la misma cara que ella había puesto al mirar el alcaraván: la cara de quien no termina de entender a qué le tiene tanto miedo el otro, ni por qué huye con tanta convicción de algo que desde afuera no parece tan urgente. La yegua seguía abajo. Lo sabía sin mirar. Pastando con esa serenidad que era también una manera de cargar con todo. Y Camila, mientras sus pasos se alejaban por el cemento frío del corredor, no supo todavía si lo que buscaba era ser el pájaro o simplemente dejar de ser la yegua. La casa era pequeña y exacta, como todo lo que la guerra permite. Tres habitaciones con el mobiliario mínimo de quien ha aprendido a no encariñarse con las cosas que puede perder. En la sala, una silla y una mesa. En la cocina, lo suficiente. En el dormitorio, una cama, un velador con una lámpara y una pila de libros que nadie había ordenado porque nadie más que ella los tocaba. Dejó las llaves sobre la mesa sin encender la luz del pasillo. Se detuvo frente al espejo de cuerpo entero que había heredado de su madre y nunca se había molestado en colgar bien, de manera que la imagen devolvía siempre una figura levemente inclinada, como si el mundo entero tuviera una falla de medio grado hacia la izquierda. Se desabrochó el primer botón del cuello. Luego el segundo. La chaqueta cayó sobre la silla con un peso que no era solo de tela: era el peso de todo lo que había absorbido durante el día, el recuento de los muertos, la voz del Coronel Vásquez, el silencio del mayor Pérez. La planchó sobre el respaldo con ese automatismo disciplinado que ya no requería pensamiento. Luego las botas: cordón por cordón, sin apuro, colocadas juntas al pie de la cama con la suela paralela a la pared. Se aseguró que estuvieran limpias y sin manchas. Los pantalones doblados, la hebilla del cinturón cerrada. Cada prenda en su lugar como si el orden de los objetos pudiera contener algo que ella misma no terminaba de comprender. Cuando se quedó en ropa interior frente al espejo, tuvo que mirarse un momento antes de seguir. No era el cuerpo lo que la detenía. Era lo otro: la expresión. Con el uniforme, los rasgos se organizaban solos en una geometría de autoridad. Sin él, había algo en la cara que se desarmaba, algo alrededor de los ojos y la boca que recordaba demasiado a la persona que había sido antes de aprender a ser esta. Una persona que sabía llorar, subrayaba los poemas y se dormía en los parques con el libro sobre el pecho. Una persona que la guerra había enterrado no con violencia sino con el método más eficaz que conoce: la falta de tiempo. Se puso la camiseta de dormir con los movimientos rápidos de quien prefiere no demorarse en ciertos momentos.]]></summary></entry><entry><title type="html">Joaquín miró el cadáver que yacía en el suelo.</title><link href="https://dondo.com.co/2026/03/15/joaquin-miro-el-cadaver-que-yacia-en-el-suelo/" rel="alternate" type="text/html" title="Joaquín miró el cadáver que yacía en el suelo." /><published>2026-03-15T00:00:00+00:00</published><updated>2026-03-15T00:00:00+00:00</updated><id>https://dondo.com.co/2026/03/15/joaquin-miro-el-cadaver-que-yacia-en-el-suelo</id><content type="html" xml:base="https://dondo.com.co/2026/03/15/joaquin-miro-el-cadaver-que-yacia-en-el-suelo/"><![CDATA[<article class="h-entry">

<section class="e-content" data-field="body">
<section class="section section--body section--first" name="eb8e"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><figure class="graf graf--figure graf--leading" id="ec06" name="ec06"><img class="graf-image" data-height="4944" data-image-id="0*rJKGoReaj2Tp0oA3" data-unsplash-photo-id="Q44EYItKWnw" data-width="7488" src="/assets/images/2828ac-0-rJKGoReaj2Tp0oA3.jpg"/><figcaption class="imageCaption">Photo by <a class="markup--anchor markup--figure-anchor" data-href="https://unsplash.com/@qurratulayin?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" href="https://unsplash.com/@qurratulayin?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" rel="photo-creator noopener" target="_blank">Qurratul Ayin Sadia</a> on <a class="markup--anchor markup--figure-anchor" data-href="https://unsplash.com?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" href="https://unsplash.com?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" rel="photo-source noopener" target="_blank">Unsplash</a></figcaption></figure><h3 class="graf graf--h3 graf--empty graf-after--figure graf--title" id="54af" name="54af"><br/></h3><p class="graf graf--p graf--empty graf-after--h3" id="ace9" name="ace9"><br/></p><p class="graf graf--p graf--empty graf-after--p" id="cd76" name="cd76"><br/></p><p class="graf graf--p graf--empty graf-after--p" id="eb0d" name="eb0d"><br/></p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="03ff" name="03ff">Joaquín miró el cadáver que yacía en el suelo. La hinchazón de las carnes y el olor acre que emanaba daban fé de su avanzado estado de descomposición. La mirada de Joaquín se detenía en cada detalle de lo que hasta hace poco era un vida. Allí yacían las escasas pertenencias del cadete. Incluso tomó con ternura un pisacorbata que él le había regalado en su cumpleaños. Nunca llegó a estrenarlo porque a donde fue, no hacen falta las corbatas. Su reflexión se vio interrumpida por la inesperada presencia de una niña quien se acercó desde el pasillo pasando por el medio de una bandada de palomas que picoteaban el suelo. Ni se molestaron en abrirle paso. Avanzó con la mirada fija y sin pronunciar palabra. Parecía como si se hubiese materializado del aire. Estaba sucia y sin zapatos. Joaquín y Sancho asumieron que también vivía en el conventillo por la naturaleza con la que se movía por el pasillo. Los miró a los ojos y con su índice señaló las habitaciones alrededor. Cuando se cercioró de que Joaquín y Sancho habían recorrido con los ojos cada una de las puertas del lugar, caminó, como si hubiera perdido todo interés en ellos, hasta el otro extremo del pasillo al punto que no la pudieron ver más.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="cf79" name="cf79">Joaquín comprendió la magnitud de la situación. Si así estaba el cuerpo de este hombre joven, las habitaciones adyacentes estarían pudriéndose con cuerpos de personas como él y con más certeza, de viejos y de niños. </p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="52c5" name="52c5">Sancho, en su oficialidad de ayudante, desde el portal no sabía qué hacer. Estaba absorto. No sabía si gritar y llorar o correr y huir. El miedo lo paralizó y no hizo ni lo uno ni lo otro. Simplemente miró estoico a Joaquín quien creyó reconocer valentía en su rostro. Pero en realidad era cobardía la que lo inmovilizaba. Hay que organizar esta ciudad antes de que nos termine de devorar a todos, dijo resuelto Joaquín.</p></div></div></section><section class="section section--body" name="d3a3"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--empty graf--leading" id="b166" name="b166"><br/></p><figure class="graf graf--figure graf-after--p" id="0234" name="0234"><img class="graf-image" data-height="1024" data-image-id="0*tryJaJXLDM9U7beA" data-width="1024" src="/assets/images/92e9c5-0-tryJaJXLDM9U7beA.jpg"/></figure><figure class="graf graf--figure graf-after--figure" id="8453" name="8453"><img class="graf-image" data-height="283" data-image-id="0*Dd7dHTU-03YGABy8" data-width="430" src="/assets/images/bfd569-0-Dd7dHTU-03YGABy8.jpg"/></figure><p class="graf graf--p graf-after--figure" id="3701" name="3701">Joaquín se había aventurado a este lugar tras notar la ausencia de su cadete, quien según le habían informado en el despacho de su alcaldía, se retiró la semana anterior tras haber vomitado una sustancia negra. Después de eso no volvió, le reportaron sus secretarias. Los otros cadetes se rehusaban a dirigirse a su domicilio, a la vez que le confesaron que tanto ellas como el resto del cuerpo administrativo temían haber estado en contacto con Ramón. Por eso nadie se acercó al domicilio que había registrado en su precaria ficha de contratación para saber si precisaba algo. </p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="71fa" name="71fa">¿No ha escuchado los rumores? preguntó la secretaria ¡No son rumores! estalló en llanto una de las auxiliares contables ¡Mi tía falleció ayer!. Joaquín resolvió acercarse a la dirección que suministró el cadete Ramón; mientras que al unísono los burócratas le recomendaron a Joaquín no ir al sur de la ciudad. Se retiró sin mediar palabra. Sancho, que lo seguía como su sombra, dudó si esa decisión lo incluía a él. ¿Que preferiría Joaquín? Que él se quedara manejando la presión en la oficina, antes que la ciudadanía empezara a demandar acciones o, al contrario, que lo acompañara en su periplo en caso que surgiera una emergencia. La mirada de resignación de las secretarias lo hizo comprender que esa decisión estaba tomada. Les devolvió el gesto lamentándose por su incapacidad de decidir y siguió los pasos de Joaquín que ya alcanzaba la calle. </p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="de11" name="de11">Finalmente llegaron a los arrabales después de cruzar el puente sobre el Riachuelo. Le pidió al chofer de su carruaje que se devolviera a la civilización. Ellos regresarían caminando. Sancho sintió que le faltaba el aire con la noticia. Agachó la cabeza mientras lo devoraba la duda. ¿Cómo iban a salir enteros de ese lugar tan hostil como para encima querer exponerse a lo largo de los escasos kilómetros que los separaban de la ciudad propiamente dicha?. La falta de expresión en el rostro de Sancho fue interpretado como gallardía por Joaquín, ajeno a la diatriba moral en la que se ahogaba su edecán. El chofer apenas se inmutó con este pedido tan particular. Se despidieron y pronto estuvo Joaquín con los zapatos de cuero lustrados sumergidos en el barro de la pobreza y los de Sancho en la antesala de la paranoia. Avanzaron con lo que Joaquín entendía era determinación y no se dejó intimidar por los vagabundos que adornaban la entrada al barrio. Sancho en su lugar entendía que entraban al infierno y que la masa de personas que se relamían en sus vicios era una representación diáfana de Cerbero y ya pronto se encontrarían con Hades.</p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="7c61" name="7c61"> y entre el asco y el miedo de ser otra víctima se cubrió la nariz y boca con un pañuelo perfumado. Le indicó hacer lo mismo a su capataz, Sancho. Quien buscó en sus bolsillos y sólo encontró un pedazo de pan seco y miró con lástima y vergüenza al Alcalde. Este, entre disgustado y piadoso rasgó un pedazo del pañuelo y se lo entregó. Los ojos de Sancho se llenaron de lágrimas y salieron de ese nauseabundo lugar. Afuera, Joaquín miró con nostalgia las fachadas grises de la avenida que se perdía en el infinito le dio la orden a Sancho de idear un plan para trasladar todos los cuerpos fuera de la ciudad. Empezarían con el conventillo que recién habían visitado y seguirían con los circundantes, uno por uno. Él, Joaquín, máxima autoridad de la jurisdicción, haciendo plena facultad de sus poderes como alcalde se encargaría de comprar o expropiar, si hiciese falta, los terrenos suficientes para dotar a la ciudad con un nuevo cementerio. </p></div></div></section><section class="section section--body section--last" name="55db"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--leading graf--trailing" id="bb5e" name="bb5e">Sancho arrancó retazos a las colchas almidonadas que le compró a los mercaderes judíos del abasto y que previamente había hecho perfumar en agua de rosas que le vendieron los turcos. Ambas transferencias lo habían dejado con un sinsabor en el presupuesto. Sentía que había pagado más por menos pero no tenía tiempo de increparlos. Los repartió entre los peones que se maravillaban por el olor que emanaba la tela. Dejen que el olor embote sus narices antes de entrar en cada conventillo. Lo van a necesitar. Porque una vez huelen el olor a muerte es dificil arrancárselo de la piel y sobretodo de las fosas nasales. Quedan advertidos. Les voy a pedir que entren y recorran cada una de las habitaciones, trayendo hasta aquí cada uno de los muertos con los que se crucen. Es para eso que los hemos contratado y si no cumplen mis ordenes no habrá paga y me tendrán que devolver el trozo de tela que les entregué para darselo a alguien que si tenga hambre y esté dispuesto a satisfacerla. ¡Ponganse a trabajar!. Los peones endurecieron la mirada y uno tras otro, dejó que su orgullo fuera el primer bocado para calmar su apetencia. Al principio no sabían como manipular los cuerpos y tenían reservas morales respecto a su labor, pero pronto cayeron en cuenta de que las leyes eran para los vivos y que los muertos no precisaban pertenencias, así que el protocolo que cada uno ideó resultó ser más o menos el mismo. Abrían la puerta con cautela por si había algún convaleciente, perro o gato que los pudiera sobresaltar, luego ubicaban el muerto si es que había y se posaban la mirada en cualquier objeto de valor que pudieran guardar en un bolsillo. Los tesoros iban desde paquetes de cigarrillo rancio hasta relojes de cadena de latón, pasando por monedas y billetes de moneda corriente. Cuando se aseguraban de haber encontrado las pequeñas fortunas que se escondían en la intimidad de los muertos, se acordaban de ellos envolviéndolos en sus propias sábanas o abrigos largos, si es que tenían y los arrastraban por los pasillos hasta las escaleras donde los dejaban deslizar hasta que se amontonaban en el fondo del rellano. Pronto habían construido una pared putrefacta de muertos y para salir de la construcción era preciso escalar y apoyarse en algunos cuerpos que se desacomodaban dando lugar a que se generaran muecas macabras y que los efluvios saltaran por las paredes. </p></div></div></section>
</section>
</article>]]></content><author><name>afrp89</name></author><summary type="html"><![CDATA[]]></summary></entry><entry><title type="html">Si Vis Pacem Para Bellum</title><link href="https://dondo.com.co/2026/03/11/si-vis-pacem-parabellum/" rel="alternate" type="text/html" title="Si Vis Pacem Para Bellum" /><published>2026-03-11T00:00:00+00:00</published><updated>2026-03-11T00:00:00+00:00</updated><id>https://dondo.com.co/2026/03/11/si-vis-pacem-parabellum</id><content type="html" xml:base="https://dondo.com.co/2026/03/11/si-vis-pacem-parabellum/"><![CDATA[<article class="h-entry">

<section class="e-content" data-field="body">
<section class="section section--body section--first" name="55be"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><h3 class="graf graf--h3 graf--leading graf--title" id="7678" name="7678"><em class="markup--em markup--h3-em">Si Vis Pacem Parabellum</em></h3><figure class="graf graf--figure graf-after--h3" id="3700" name="3700"><img alt="El Centauro de Botticelli" class="graf-image" data-height="704" data-image-id="0*K1Hhd3I3SmWL1mjK" data-width="500" src="/assets/images/29fd39-0-K1Hhd3I3SmWL1mjK.jpg"/></figure><p class="graf graf--p graf-after--figure" id="31fe" name="31fe">La rutina arranca temprano, al despuntar el alba. El soldado en el puesto de seguridad cabecea de sueño mientras se pregunta cuanto más podría durar la guerra. Anhelaba la paz para recuperar el sueño, o al menos dormir lo suficiente. El canto de un gallo interrumpe su fantasía y se asusta. No sabe si se durmió y pasaron horas o simplemente parpadeó. La sola duda es suficiente. Hace parte de una máquina perfectamente aceitada donde no se toleran engranajes díscolos.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="7d72" name="7d72">Él sabe que el soldado que termina la guardia nocturna es el encargado a su salida de preparar las botas del General y ubicarlas en el carrito de servicio que lo espera en el vestíbulo del palacio presidencial, donde sin falta, el Coronel Flores y dos Policías Militares en su uniforme de gala recorren los cien metros que los separan de la antecámara del General para hacérselas llegar. Es la última asignación de esa posición, antes de presentarse en las barracas a formar y finalmente, a dormir.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="3012" name="3012">Los párpados se le caen mientras allana con prisa las asperezas que encuentra en el cuero curtido tras años de galopar las inclemencias de la guerra. Espantado ve cómo su reloj marca las seis de la mañana en punto. En segundos llegará el pelotón de relevo. Tiene que estar en posición para que no sospechen nada. Considera que su trabajo es relativamente aceptable dadas las circunstancias y apura el paso sin exagerar para no llamar la atención. Olvida la relevancia de la fecha.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="b0fb" name="b0fb">Ingresa al edificio por la puerta de atrás y en el vestíbulo, como no podía ser de otra manera, encuentra al Coronel ensimismado que no nota su presencia acompañado de los policías militares ceremoniales que mantienen una postura pétrea y solemne, ese día más que nunca. El coronel tiene un cigarrillo que se le apagó entre los dedos. Lo acerca maquinalmente a sus labios y da una pitada de aire frío, inerte, absorto en la lectura de uno de los tantos diarios que se apilan en el carrito de servicio junto al desayuno y los cubiertos de plata del General. El soldado golpea los tacones de sus botas a la vez que saluda marcialmente y el Coronel, sorprendido, vuelve en sí con un rostro que se desfigura por la ira.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="0766" name="0766">El Coronel Flores, edecán del general que, hasta entonces estaba plácidamente sentado fumando, se paró de golpe y con un ademán mecánico estrelló con desprecio el cigarrillo contra el diario que leía y lo arrugó en una pelota de papel que guardó en el bolsillo de su chaqueta de gala. Miró al soldado y con una mueca de desprecio lo increpó,¿¡Recluta, qué son estas horas de aparecer!? Sentenció el edecán con una mirada fulminante. Los policías militares sostuvieron la mirada al vacío.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="ee34" name="ee34">Se acercó y reparó en las botas que el soldado petrificado aún sostenía en sus manos. Tenían pequeñas manchas de barro que el soldado había obviado. El Coronel removió una de ellas y mostrándosela disuelta en su dedo índice le dijo con tono socarrón y sutil, ¿si ve que no es muy difícil? Repentinamente se encolerizó de tal forma que hasta sus orejas se ruborizaron. ¡¿Ahora como hijueputas puede ser que usted, bestia, no sea capaz de hacerlo a pesar de estar tarde?!.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="2097" name="2097">Dicho esto le arrebató las botas y lo empujó, cayendo al piso. Acertando a encorvarse para proteger su cara y costillas mientras el Coronel Flores lo pateaba con todas sus fuerzas mientras le gritaba y repetía una y otra vez, ¡Las botas siempre limpias, pulidas y sin máculas, recluta! ¡Las botas siempre limpias, pulidas y sin máculas! ¡Usted ya debería saber esto! Los policías militares, ahora sí, se pusieron de pie desconcertados pero no se animaron a interceder ya que el Coronel les dejó ver su arma reglamentaria. Mientras que ellos, por ser parte del protocolo apenas contaban con un bastón de madera, más allá de eso, no se atreverían nunca en su vida a desafiar la autoridad de un coronel en general, ni la del edecán del General en particular.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="0eb7" name="0eb7">Cuando el coronel se sintió aliviado buscó con prisa su atado de cigarrillos y aún con el trémolo de los músculos contraídos por esfuerzo, encendió uno, le dio una larga bocanada y suspiró. El pelotón de reemplazo, que había roto filas alertado por el escándalo y por la algarabía, entró al vestíbulo con las armas montadas preocupado por alguna maniobra de infiltración subversiva. Las bajaron de nuevo, tranquilizados, cuando vieron al Coronel fumando.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="ec39" name="ec39">El Coronel recuperó la compostura mientras repasaba con la mirada a los soldados que ahora los rodeaban y ordenó que apuntaran sus armas al soldado desvanecido en el piso. Caminó alrededor del soldado dejándole caer la ceniza de su cigarrillo. Le preguntó con un tono amable ¿Sabe, soldado, cual es la diferencia entre un soldado de caballería y el caballo que monta? ¿Sabe soldado? ¿No? Por supuesto que no, sino no estaría en el piso. Déjeme le enseño, dijo, apagó el cigarrillo contra la frente del soldado y lo cubrió una vez más con una lluvia de patadas y taconazos mientras gritaba con furia: ¡en la mirada inteligente del caballo, soldado! ¡En la maldita mirada inteligente de la bestia! El pelotón se espantó con la mueca desencajada del Coronel que babeaba de la bronca. No se atrevían a desafiar a un Coronel de la patria y mucho menos en un día tan importante. El soldado reavivado por los golpes y apunto de desmayarse de nuevo, se quiso reincorporar para huir pero el pelotón lo detuvo. ¡Guardias, lleven a este inútil al calabozo! Espetó el Coronel mientras aplanaba el bulto que formaba la bola de diario que sobresalía en su chaqueta.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="def8" name="def8">¡¿A usted le parece justo incomodarme así?! Peor aún ¿que esto es aceptable para la dignidad del Comandante? Dijo el coronel antes de escupir al soldado que el pelotón retiraba a arrastras.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="3661" name="3661">El Coronel se alisó el uniforme y se dispuso a limpiar, pulir y brillar las botas como indicaba la etiqueta militar. Se arremangó con cuidado y con un suspiro aceptó su suerte. En unos minutos las botas estaban limpias, brillantes y sin máculas. El Coronel sonrió. Golpeó sus talones, el ruido metálico de las espuelas era la señal para que la policía militar se incorporara y empujara el carrito, iniciando el recorrido hasta la antecámara del General. Como todos los días, sin sobresaltos ni asperezas.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="1acb" name="1acb">— -</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="5d25" name="5d25">El General Jorge dio la orden de ingresar. No estaba en el despacho como indicaba el protocolo. El Coronel dudó. ¿Mi General? Preguntó desconcertado. Estoy en la sala del Estado Mayor aclaró el General con firmeza, su voz retumbó en las paredes del lujoso departamento que tenía asignado. El Coronel lo encontró absorto contemplando a Camilla en el Centauro de Boticelli. Puede descansar Coronel, indicó con parsimonia el General. El Coronel bajó la mano de su sien finalizando el saludo que encarnaba con solemnidad ante la presencia de la majestad de un General de La Patria y sobre todo de la máxima autoridad del estado. ¿Había visto usted este cuadro antes? le preguntó inquisitivo. No mi General, dijo guardando las formas a la vez que se adentraba en terreno inhóspito, nunca había entrado en esta sala respondió el Coronel, mi rango… Su rango no se lo permite completó el General. ¿No hay replicas en la Escuela Superior de Guerra? Preguntó alarmado el General. No que yo sepa mi General. No que usted sepa, repitió el General, es una lástima que los oficiales no reflexionen ante Boticelli en ese momento tan importante en sus carreras. Si yo le pregunto ¿qué es lo que está viendo? ¿usted qué responde Coronel? Mi General, yo veo un centauro y una mujer, respondió el Coronel con la exactitud que el oficio castrense demanda. Me alegra que haya visto eso y no a su madre sentada, Coronel, respondió el General socarronamente. ¡Obvio que hay una mujer y un centauro! Eso es lo obvio pero le hablo yo de los detalles. Mire el rostro del centauro. ¿No ve acaso el miedo de él? y la mujer ¿no le parece que es muy valiente para someter a la bestia de esa forma? Un silencio espeso se adueñó de la sala. Mire Coronel, continuó el general abstraído, hay algo que yo aprendí tarde en la carrera y que siento que tengo que transmitírselo a ustedes que algún día seguirán con esta tarea que la patria nos demanda. El Coronel notó que el General tenía aliento a whisky. Lo corroboró ojeando la botella que yacía abierta encima de la mesa. No desvió ni por un instante la mirada fija de los ojos del General. El Centauro y su salvajismo es sometido por la razón y templanza de Camila, quien sin molestarse detiene al centauro. ¿Se puede imaginar lo que representa esa anormalidad, verdad Coronel?. Mi General, el centauro no es otra cosa que lo que entendemos como binomio, esto es cuando el jinete percibe como propias las extremidades del animal y sus sentimientos y percepción se mezclan, dando lugar a una desproporción de pasión bestial y deseo humano. Si me lo permite mi General, diría que es el momento sublime al que aspira cualquier jinete y los oficiales de caballería en particular, mi General, respondió desde las entrañas el Coronel. El General, sorprendido por la solemnidad de la respuesta, le insiste, ¿usted, Coronel, en su corcel en medio de una carga, se detendría porque una doncella se lo pide?No mi General, si mis órdenes son avanzar, avanzo. ¿Y si es su esposa con sus hijos en brazos la que le pide que detenga su columna de tanques, lo hace? Tampoco mi General. ¿Entonces, por qué un centauro podría tener miedo en su rostro? El Coronel no supo qué decir y optó por el silencio. Mire Coronel, pegar tiros lo hace cualquiera. No hace falta ir a la Escuela Militar para eso. En cambio saber cuándo y cómo hay que desenfundar el arma correctamente requiere años de experiencia, por lo menos treinta. Ésa es la razón por la cuál somos los Generales los que decidimos cuándo y cómo abrir fuego.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="df49" name="df49">Pero comprender cuándo un problema no se resuelve por las armas, al contrario, no es algo para lo que estemos entrenados. Se busca erradicar esa idea desde el momento mismo en que un héroe se decide por este oficio. Ahí está Camila como el ideal que hay que cuidar para mantener la paz, Coronel. <em class="markup--em markup--p-em">Si vis pacem parabellum</em>, se aventuró a decir el Coronel. Exacto, el <em class="markup--em markup--p-em">leit motif</em> de nuestras Fuerzas Armadas. Si quieres paz, preparate para la guerra. O como lo entiendo yo, la paz es el periodo en que recargamos nuestras armas, Coronel. Una mujer que no existe, concluyó el General con una sonrisa amarga. Me gustaría seguir charlando de este cuadro pero se hace tarde para la demostración de destreza. Permítame nada más los diarios y las botas, no estoy como para desayunar. Cuando el Coronel las acercó, el General ojeó los diarios traducidos que todos los días hacía importar de las grandes capitales de Europa, ¿algo de relevancia Coronel? preguntó. No mi General, respondió el Coronel. El General notó la presión en la mano del Coronel y con calma escrutó su mirada y el porte del Coronel, mientras se aseguraba que las botas estuvieran pulidas a la perfección y sin manchas. Esto lo obsesionaba. No consideraba digno a un líder que no percatase que su percepción permitiera máculas y ahora dudaba de su edecán. Se calzó y mientras lo hacía casi pierde el equilibrio. El Coronel se acercó para ayudarlo, pero el General lo apartó. En el camino se me pasa, dijo el General, hizo una pausa para eructar, y entonces seré digno de comprender qué pasa en el mundo, sentenció con una mirada que revelaba su desconfianza en el Coronel, y con eso tendré energías para salir a corregirlo, concluyó el General. Pero por ahora lo importante es superar la prueba de destreza para seguir en control del Estado y avanzar hacia el final de la guerra y el sometimiento de la subversión. Salieron con cuidado de la suite presidencial y se trasladaron en la caravana oficial hacia el Regimiento Patricio.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="f022" name="f022">La numerosa caravana presidencial se abrió paso por la avenida que separaba la residencia del General del Regimiento Patricio de Caballería Mecanizada, donde tendría lugar la ceremonia. El país entero estaba atento al desenvolvimiento de los eventos que se transmitían en vivo por televisión. La voz del locutor sólo lograba acentuar el silencio que se había apoderado de la nación y que se colaba hasta el último rincón de cada casa y poro de sus habitantes. Las cámaras transmitieron el ingreso del general a la escuela que se encontraba flanqueada por dos imponentes columnas de tanques EE-9 Cascabel que al pasar el general hicieron fuego de salva treinta y tres veces. La onda expansiva se propagó por el horizonte, se expandió por todo el país y retumbó en las paredes de cada edificio y en el pecho agitado de cada ciudadano. La ceremonia había iniciado.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="1597" name="1597">El general dio un último trago de su licorera y se bajó del auto. Los batallones que formaban con precisión milimétrica lo saludaron gritando ¡Dios y Patria! con las fuerzas que sus pulmones les permitían. El general saludó marcialmente y caminó con cautela por la alfombra roja para no volver a perder el equilibrio, miró con amor a su yegua que lo esperaba al final del recorrido y se aferró a su figura a la distancia. Al llegar se subió en el lomo del animal y dejó caer su peso. El General Jorge palmeó con cariño a su yegua Raffaella para saludarla, la yegua también vestida de gala, estaba ansiosa por la jornada que le esperaba y bufaba. Su aliento se elevaba como una nube de vapor en la sábana helada. Avanzó por la pradera eterna del campo de paradas ante la mirada de un país, y se ubicó en el centro junto al Coronel Clímaco, maestro de ceremonias, con su habitual mirada fría y desconfiada. El General levantó la cara y ubicó del otro lado la gradería donde se encontraba el Estado Mayor de la Fuerzas Armadas. Se llevó la mano derecha a la sien y los batallones que lo rodeaban lo acompañaron, a la vez que los generales del Estado Mayor se pusieron de pie para devolverle el saludo. ¡Mi General Jorge, vid de la ley y de La Patria! exclamó Clímaco con un aplomo que hizo eco en el horizonte nacional amplificado por los parlantes ¡la razón de su presencia ante las fuerzas y la nación que lo reclaman se debe a que como es habitual desde que inició este glorioso proceso de restauración nacional, debe pasar una prueba para así, demostrar que somos los militares los idóneos para tomar las riendas del país hasta que las circunstancias subversivas así lo demanden. Mi General Jorge, vid de la ley y de La Patria ¿se encuentra usted preparado para afrontar los desafíos ecuestres que su Estado Mayor demanda supere en nombre del pueblo que lo representa?! El eco de las palabras del Coronel Clímaco se ahogaron en la densidad del vacío.</p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="7379" name="7379">¡Coronel Clímaco del arma de caballería, hijo de Dante, Mayor de Caballería y de la Coronel Amparito, jefe de presupuesto del comando del E4, formado en el seno de nuestra institución, es un honor para mí dejarle saber a usted, a mis generales, mis tropas, al país y La Patria que me encuentro preparado para enfrentar las pruebas como he venido haciendo desde que me entregué por completo en cuerpo y alma a este oficio castrense! exhaló el General en grito de guerra a la vez que desenfudaba su sable y elevándolo al aire continuó, ¡Así las cosas le ruego que inicie la prueba Coronel! Exclamó el General Jorge con un tono de voz que hizo sombra a los cañonazos que marcaron su ingreso. Los batallones gritaron ¡Dios y Patria!.</p></div></div></section><section class="section section--body section--last" name="45f4"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--leading" id="701c" name="701c">Las reminiscencias de los hechos se adueñaron del General Jorge y éste se paralizó del miedo por lo que debía asumir, Raffaella avanzó en silencio. Con su parsimonia instintiva se ubicó en el punto de partida, identificando los marcadores de la pista. Cada marca en los puntos del recorrido estaba señalado con letras, empezando en la A y terminando con la M. Recordó la secuencia. De A a F al galope, de F a H un salto en puente, H a K azar de agua y finalmente, de K a M, galope para finalizar en un salto con desplazamiento, conocido como <em class="markup--em markup--p-em">offset</em>. Mientras tanto, El General Jorge veía en su mente como había fracasado en proteger a los inocentes. Veía como él se había convertido sin quererlo, en el verdugo de su propio pueblo. Veía el puño cerrado del Coronel Flores apretando la realidad que no se podía contener más. El pánico le comprimió el pecho. Sintió que perdía el equilibrio y se aferró como pudo a la silla, contuvo la postura con una dignidad inusitada.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="d981" name="d981">No quería llevar a cabo la prueba de destreza. Pero a su vez tenía que mantener su lugar y no perder la guerra. Seguir dictando las formas correctas del quehacer militar y social. Incluído el agradable juego político que después de veinte años había logrado dominar, para por fin poder deleitarse con las mieles de la aristocracia. ¿Qué sería su vida sin los salones de baile? ¿Sin las reuniones a tomar café donde sus interlocutores guardaban silencio para escuchar sus profundas reflexiones? ¿a tomar ron y jugar dominó con los señores hacendados como máxima expresión de desenvolvimiento social?. Además, ¿qué sería de esa refinada sociedad sin él?, se preguntaba. ¿ Y La Patria? No podían dejarse de lado el uno al otro. La Patria a la que él le daba forma porque ella ya lo supo formar a él.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="0211" name="0211">Finalmente tomó coraje y se tragó su angustia. La duda se deslizó espesa como saliva ácida que carcome todo a su paso. Él, abanderado de su patria, se resignó y sintió como la frustración recorría su cuerpo como una sutil corriente eléctrica. Realizó la rutina protocolar, contuvo a Raffaella ajustando las riendas, caminó por el lado ancho del rectángulo que formaba el picadero mientras con su mirada aguda repasó cada obstáculo. Los conocía al detalle; sabía la intención detrás de cada cono, serpentina, vara, charco, puente y su altura. Era una pista de destreza y cada movimiento estaba pensado para que representara una habilidad específica del arte ecuestre sino, ¿cómo tomaría decisiones dificiles si no podía demostrar que tenía el pulso adecuado? ¿Cómo esquivaría las balas si no podía seguirle el ritmo a Raffaella?.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="8ef6" name="8ef6">Ni el General Jorge, vid de la ley y de La Patria, ni Raffaella habían practicado esa configuración desde la prueba anterior. Él tenía el conocimiento, la técnica y la experiencia. Ella también. Sin embargo en este concurso en particular, le resultaba insoportable realizar su gracia cuando llegaba la hora de afrontar el hecho de sentirse juzgado por una tribuna de jueces que él mismo había formado, con su inclemencia. Ante su presencia se espantaba. Le parecía incluso una afrenta a la dignidad que tenía el honor de encarnar. Además el Coronel le ocultaba algo, y cada vez que lo recordaba, se le comprimía el pecho aún más. Era como si un elefante de duda se empecinara sobre él a punta de incertidumbre y de culpa. El disgusto que esta idea le generó fue tal que se le calentó la cabeza y se nubló. Notó cómo perdía el equilibrio y no podía hacer nada para recuperarlo. Una fiebre lo inundó y lo transportó al campo de batalla enmarañado entre la espesura de la selva y la fricción de la guerra. Sintió que se desdoblaba, alejándose de su cuerpo que reposaba sobre la bestia. Flotaba en el aire como un Jorge que podía mirar al General vid de la ley y de La Patria, pasmado, ansioso y paralizado. Mientras que él en Rafaaella se desplazaba sin fricción por las pruebas, notando como la arena empezaba a oscurecerse y la vegetación inundaba el lugar desprendiéndose del aire y de los obstaculos llenándolo todo. Pronto no estuvo más en el campo de paradas sino en medio de la selva húmeda. No vio más al General, a Raffaella, a Clímaco ni a los miles de soldados que se mantenían en postura marcial ante la dignidad de su presencia. Sólo se vio a sí mismo en su juventud en uno de sus primeros despliegues en zona de combate. Estaba solo. Los pelotones a su cargo se habían esfumado. Entendía que estaba patrullando con una tropa fantasma que lo abandonaba y eso era un problema muy serio.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="5e37" name="5e37">Escuchó la vibración de un tanque. Se hundió en la espesura de la selva y miró con pánico el cielo moteado que le dibujaban las ramas. Se vio de camuflado y con una pistola. Escuchó el <em class="markup--em markup--p-em">trastabilleo</em> del tanque de nuevo. No entendía porqué nadie le había informado de esa unidad y mucho menos en qué momento entraba en ataque, para disipar cualquier amenaza oculta entre la maraña. Siguió el sonido del motor de la máquina y se acercó. Se trepó a la torreta y con la culata de su pistola golpeó la escotilla. La manija giró y un soldado espantado asomó la cabeza. Mi capitán sin novedad que reportarle. ¡¿Cómo que sin novedad recluta?! ¿Dónde está el resto de la tropa? Mi Capitán, se declararon objetores de conciencia y depusieron las armas. ¡¿Deponer las armas?! ¡¿Pero es que creen que la guerra es cumbiamba?! ¡¿Un baile donde uno simplemente se retira cuando está cansado!? El otrora Capitán Jorge dio un tiro al aire y subido en el tanque ordenó que siguieran el rastro de los soldados rebeldes. ¿Y ustedes por qué no se largaron? Preguntó ácidamente el capitán. Mi Capitán, una cosa es deshacerse de un fusil y otra muy distinta dejar esta bestia en manos de la guerrilla. A nosotros sí nos fusilarían, si nos capturan. ¿Ah es que usted cree que a esos traidores no? El soldado guardó silencio. Pronto llegaron a un camino veredal sobre el que había una casa de barro. El Capitán pudo ver cómo los soldados al huir se habían amotinado allí, cerrando las ventanas. ¡Soldado, dispare al aire con la M60 una ráfaga de 30 tiros, uno para cada guerrillero vestido con las gloriosas prendas de nuestro uniforme! El soldado siguió la orden del capitán pero no hubo reacción. Las ventanas seguían cerradas. Ojalá se rindan mi capitán, dijo el soldado. El Capitán lo miró con desprecio, más les vale que al menos en la muerte sean valientes ya que en vida no fueron capaces. No quiero banderitas blancas, abra fuego con el cañón. La casa quedó inmediatamente reducida a escombros. Avanzaron sobre los terrones esparcidos por el piso buscando las armas de los desertores y desde la escotilla pudieron ver pedazos de cuerpos que no correspondían a soldados en camuflado, sino a niños. Cuando se disipó la nube de polvo vieron que los soldados huían varios cientos de metros más adelante, sin un rasguño. Mi Capitán me parece que eran civiles, dijo el soldado angustiado. ¿Si eran civiles por qué no se rindieron? Eso demuestra que eran guerrilleros altamente disciplinados. El General notó como la reminiscencia se oscurecía y la película que volvía rever se apagaba sobre un telón oscuro. El silencio lo habitó y encontró la paz que tanto anhelaba.</p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="3fcb" name="3fcb">El General por supuesto no lo sabía pero había tenido un accidente cardiovascular y estaba en coma. Habían pasado un par de años y en el interín, y en gran parte derivado de su bochornoso accidente, la junta militar había caído. Un día finalmente abrió los ojos. La enfermera que lo aseaba se asustó y llamó a los guardias de la policía militar que lo acompañaban día y noche para que corroboraran que el General Jorge, vid de la Ley y de La Patria recuperaba de a poco la conciencia. La noticia se esparció como pólvora. El tema ocupó cada espacio de debate y los medios de comunicación no se hicieron esperar. Se agolparon en las puertas del Hospital Militar Central bombardeando de preguntas a cualquier persona que ingresara o saliera de allí. Finalmente un juez permitió que un periodista de cada medio se hiciera presente en la habitación del general para que su testimonio pudiera ser televisado por toda la sociedad , como un acto de contrición para el futuro de la democracia. Los periodistas afortunados llegaron envueltos en la solemnidad que la tarea representaba y se repartieron preguntas para hacerle al General. Empezando por la más obvia. ¿Se arrepiente de todo lo que pasó señor Jorge? El General que apenas había vuelto a hablar unos días atrás con su círculo más cercano de cuidadores y familiares, quedó atónito con la falta de modales en la pregunta. Nadie se había atrevido a explicarle que el mundo como él lo conocía ya no existía y habían optado por seguirle el juego. Querrá decir General Jorge, periodista, respondió con ironía. Y no. No me arrepiento ni me arrepentiré de defender esta Patria en cuerpo y sangre, es más, usted me ha dado la fuerza para volver a la carga. Traíganme mi uniforme y mis botas. Los presentes quedaron perplejos. Otro periodista quebró el silencio viscoso en que se había convertido la realidad del General. ¿Pero usted es consciente que se hizo pública la lista de ejecuciones extrajudiciales que cometieron las fuerzas durante la guerra? Envalentonados, los demás periodistas se abalanzaron con sus microfonos y cámaras ¿Alguien le contó que la comandancia del ejército popular ganó las elecciones y detentan el poder? El General se ruborizó de la ira. ¡Le va a dar otro paro gritó alguien en la muchedumbre, que venga una enfermera! El General se puso de pie. Se arrancó las vías que tenía conectadas en los brazos, con lo que le quedaba de fuerza le arrebató la pistola a uno de los soldados mientras el otro desenfundó para amenzarlo. ¡Mi General, le ruego que devuelva esa arma! Lo que voy a devolver son estos huesos, recluta. Siendo así, me asquea vivir en este mundo, me hubiesen dejado morir. Y se disparó en la sien.</p></div></div></section>
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</article>]]></content><author><name>afrp89</name></author><summary type="html"><![CDATA[]]></summary></entry><entry><title type="html">Soda para torturar</title><link href="https://dondo.com.co/2025/04/23/soda-para-torturar/" rel="alternate" type="text/html" title="Soda para torturar" /><published>2025-04-23T00:00:00+00:00</published><updated>2025-04-23T00:00:00+00:00</updated><id>https://dondo.com.co/2025/04/23/soda-para-torturar</id><content type="html" xml:base="https://dondo.com.co/2025/04/23/soda-para-torturar/"><![CDATA[<article class="h-entry">

<section class="e-content" data-field="body">
<section class="section section--body section--first" name="42aa"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><figure class="graf graf--figure graf--leading" id="d464" name="d464"><img class="graf-image" data-height="3701" data-image-id="0*FRg5s6h2x4My_fBi" data-is-featured="true" data-unsplash-photo-id="XBcEFDBRqKE" data-width="5286" src="/assets/images/c0dd8e-0-FRg5s6h2x4My_fBi.jpg"/><figcaption class="imageCaption">Photo by <a class="markup--anchor markup--figure-anchor" data-href="https://unsplash.com/@samerkhodeir?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" href="https://unsplash.com/@samerkhodeir?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" rel="photo-creator noopener" target="_blank">Samer Khodeir</a> on <a class="markup--anchor markup--figure-anchor" data-href="https://unsplash.com?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" href="https://unsplash.com?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" rel="photo-source noopener" target="_blank">Unsplash</a></figcaption></figure><h3 class="graf graf--h3 graf-after--figure graf--title" id="361c" name="361c">Soda para torturar</h3><p class="graf graf--p graf-after--h3" id="5274" name="5274">Juan Pedro ignoró en la pantalla de su teléfono un anuncio. Aún estaba dormido y prefirió dejarlo sobre la mesa de luz y seguir durmiendo un poco más. En su sueño él caminaba por la ciudad como un aristócrata respetable y la gente se alegraba de verlo. Entraba a un café de finos modales, se ponía a leer el diario y ordenaba sin preocuparse por el costo de un petit dejeuner que dejaba a un lado con indiferencia mientras se adentraba en temas profundos y relevantes. Cuando quería avanzar sobre la lectura, el canto de una mirla se lo impedía. En su sueño miraba alrededor y entendía que en ese lugar era imposible que se colara un pájaro. Los mozos lo espantarían al instante para que no interrumpiera los asuntos importantes de su exclusiva clientela. Pero el canto de la mirla subió de tono hasta que reconoció las notas del monólogo de Fidelio en la opera orquestada con la música de Beethoven que hacía las veces de alarma en su teléfono y con eso fue consciente de su propio sueño y de que seguía dormido. Saltó de la cama envuelto en pánico al entender que estaba desperdiciando el único recurso que tenía: su tiempo.</p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="7a84" name="7a84">Se vistió con prisa, apenas sorbió café frío del día anterior y salió de la casa como alma que lleva el diablo en su bicicleta. Buscó el punto de reunión de los telejornaleros. Estaba lleno de colegas como era habitual, cualquiera que quisiera ganar unos pesos y tenía una bicicleta venía a este punto. Se ubicó en la esquina que acostumbraba y volvió a revisar el teléfono. Entendió que el mensaje que había recibido más temprano era una oferta para un teletrabajos, pero como no respondió, lo perdió. Ahora le tocaba esperar a que le llegara otra oferta que estando en ese lugar iba a tardar. Sabía que el algoritmo tenía como base de selección la geografía y otras cosas más que no lograba entender y que Francisco Javier, su amigo, se esmeraba en explicarle. Mientras miraba al cielo imaginándose qué más podía influir en esa decisión etérea para aumentar sus chances de conseguir teletrabajos, notó que un policía, que se encontraba en la otra esquina, y que hasta entonces había ignorado, posó sus ojos en él y se acercaba con paso resuelto. Juan Pedro no atinó a huir cuando el policía agarró su bicicleta por el manubrio. ¿El civil es consciente de que la actividad que está realizando infringe la ley? Espetó el tombo Riveros con aliento a café fermentado. Estoy buscando trabajo, nada más, balbuceó Juan Pedro nervioso. ¡Se equivoca el civil de nuevo! gritó esta vez el policía. ¡Esto no es trabajo señor! Esto es explotación y bajo las leyes del trabajo, del auténtico, me veo obligado a impedir que sumercé siga siendo víctima del flagelo de la plusvalía! Pero no sólo eso. Dijo el agente Riveros iracundo. ¡Además sufre de desclasamiento!. La gente que caminaba por la acera detuvo el paso atónita. Juan Pedro había tenido suficiente. Con fuerza empujó al policía librándose de su yugo para huir a la velocidad que sus piernas le permitían.</p></div></div></section><section class="section section--body" name="c46e"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--leading" id="10d4" name="10d4">Juan Pedro llegó a la plaza donde estaba Francisco Javier. No era habitual que se encontraran aquí pero la esquina que habituaban seguía caliente. La policía llenaba la calle con tombos a la hora pico, haciendo que ellos y el resto de los telejornaleros se desplazaran a otros sectores rentables. Este es el segundo mejor lugar para captar teletrabajos aseguró Francisco Javier mientras le tiraba miga de pan a las palomas que lo rodeaban. La ubicación no es tan top como la de Lourdes pero igual es buena, insistió Francisco Javier ante la mirada expectante de Juan Pedro. Usted ya sabe eso, o debería, el algoritmo se fija en varios aspectos, la ubicación, qué tan rápido pedalea, qué tan fría entrega la comida...</p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="21cd" name="21cd">Si se fija, los edificios que rodean esta plaza están llenos de burócratas. Gente que se gana la plata fácil, todos llegan en autos que pagaron con el esfuerzo que hace el culo sentado horas. Horas mientras toman el café y mastican con toda grandeza las tortas que nosotros les llevamos, comentó Francisco Javier con amargura. Aquí piden algo y casi que lo tienen de inmediato, a sus pies, porque nosotros dejamos el alma en cada pedaleada para que ellos nos corran la cara a la vez que nos pagan, en realidad nos obsequian su solidaridad en forma de planes estatales. En todo caso eso es mejor que la ración que nos asigna el camarada Sergio Tomás. Francisco Javier miró al vacío. Juan Pedro estaba absorto tratando de imaginar formas en las que podía aprovechar el algoritmo a su favor para ganar más teletrabajos, desplazándose menos y así ganar más y mejores propinas. Su mirada se perdía entre las migas que las palomas picoteaban con voracidad, quitándoselas unas a otras a picotazos lo que a veces con frecuencia se reflejaba en patas cercenadas y mutiladas. Hasta que su dispositivo emitió un sonido y la pantalla se alumbró. El algoritmo lo había elegido a él ante la expresión atónita de Francisco Javier. Algo estará haciendo bien sumercé que yo no concluyó.</p></div></div></section><section class="section section--body" name="9630"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--leading" id="6ea8" name="6ea8">Juan Pedro caminaba por la plaza central y los mendigos se acercaban a pedirle monedas. Él los miraba con compasión pero no tenía nada en sus bolsillos y los apartaba con amabilidad. Todo su capital estaba invertido en activos financieros y, si bien aquella mañana en particular había logrado unos réditos históricos, como anunciaban en su portada los más importantes diarios, prefería no llevar efectivo porque le parecía sucio, como la ciudad que le había dado todo pero detestaba. Caminó hasta que se topó con una anciana que vendía miga de pan en pequeñas bolsas para alimentar las palomas. El gesto arrugado y marchito de la señora se profundizó. Yo creo que usted ya debería haberse dado cuenta, dijo, con severidad mientras estiraba la mano y le daba un puñado de trocitos de pan duro que Juan Pedro dejó caer confundido ante la mirada amenazante de la señora. Las palomas aletearon frenéticas por la comida pero no picoteaban el pan sobre el pavimento. Juan Pedro pudo identificar una paloma mutilada que caminaba sobre sus muñones. Giraba errante mientras arrullaba con una gravedad que crecía y rebotaba en los edificios de la burocracia, generando una cacofonía que llenó de espanto a Juan Pedro. Desesperado, notó como el sonido mutaba a un chillido agudo que no era otra cosa que Fidelio aullando desde su teléfono, lo apagó de golpe. Otra vez se había quedado dormido. Abrió lo ojos y la realidad no le pareció más agradable pero si más silenciosa de lo habitual. No se escuchaba el gorgoreo de las palomas. El silencio y la duda se interrumpieron bruscamente con la puerta y sus subsecuentes astillas saltando por los aires a la vez que un grupo de uniformados se abría paso a patadas. Traían subfúsiles de asalto. De un calibre muy especial que solo usan las fuerzas armadas. Sus caras estaban cubiertas por visores de plexiglass reforzado. Linternas recorrían el lugar escrutando cada rincón y cada duda. Cada cajón y cada culpa. Cuando lo lograron someter se identificaron como miembros de la unidad de reacción inmediata del grupo especial contra la explotación y un largo etcétera de declinaciones burocráticas. Lo inmovilizaron, lo ataron y lo amordazaron. Asentado el polvo y el despliegue, empezó a sonar Beethoven a la vez que una figura pesada emergía de la nube y se apersonaba de la situación. El mayor Riveros deambuló por la cocina de Juan Pedro y abrió la heladera. Inspeccionó y tomó una bebida. Soda para torturar la sed, rió cínicamente el mayor. La música emergía del bolsillo de su camisa. Eso que escucha es el allegro ma non troppo un poco maestoso. Y a mi me parece que es una gran pieza para este momento. Dijo el mayor después de un largo eructo. Estamos ante la inmaculada presencia del tercer acto de la obra 125 de la sinfonía coral, o como dicen ustedes los del populacho, la novena sinfonía. Escupió con desprecio el mayor mientras bebía otro trago de soda. Allegro ma non troppo quiere decir que es una ocasión alegre pero no tanto, explicó el mayor con la mirada perdida en el vacío que no lograban llenar las notas de la melodía. Pero fíjese usted que además el nombre completo de la obra es Allegro ma non troppo un poco maestoso continuó el mayor absorto en un trance. Es decir que adicionalmente es un poco majestuoso. Como nos pasa ahora, ¿no le parece? Miró a Juan Pedro que temblaba de la bronca e impotencia. Estamos contentos de volvernos a ver, ¿no es así? Pero no tanto porque sumercé parece que no entendió lo que le quise decir la vez pasada. Además vamos a cerciorarnos de que va a recordar nuestra majestuosa presencia. Giró el dial de la rockola de bolsillo que llevaba y adelantando la pieza se detuvo en una entonación que lo llenó de orgullo efervescente. Traidor a la raza del hombre, queda advertido por primera vez espetó con autoridad Riveros. Volvió su maquinal rostro a los gritos enmudecidos de Juan Pedro que empleaba toda la energía que le quedaba en su cuerpo para tratar de liberarse. Era en vano. El mayor lo tomó por el pelo y lo tiró al suelo boca abajo. Apoyó su rodilla entre sus escápulas y tomando su mano derecha en un crujido anti natural con el que Juan Pedro se retorció, sacó una navaja y le cercenó la primera falange del pulgar con un movimiento preciso. Juan Pedro se desmayó.</p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="4412" name="4412">A las horas el dolor pulsante del dedo lo despertó, estaba cubierto de sangre. Ya se habían ido las fuerzas de la ley. Caía el sol. Seguía angustiado. Algunos vecinos estiraban sus cuellos desde el rellano para otear entre las astillas a las que quedó reducida su puerta. Algo habrá hecho murmuraban. Juan Pedro gritó por ayuda y el rellano se silenció a portazos. No le sorprendió la amabilidad de la nueva sociedad del ideal socialista. Como pudo juntó fuerzas para echarse el cuncho de alcohol que le quedaba en la casa y se terminó de desvanecer.</p></div></div></section><section class="section section--body" name="fad9"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--leading graf--trailing" id="488b" name="488b">Los días después de la mutilación fueron crueles. Un halo paranoico enrareció el mundo de Juan Pedro. Además, se endeudó con el regente del edificio para que este interviniera por él ante el ministro de vivienda para que le arreglaran la puerta hecha añicos. El regente tenía fama de ser implacable con el cobro de los intereses semanales. Así que tuvo que empujarse a la calle para empezar a pagar. Lo que menos le interesaba era otro malentendido. Aprendió a montar bici con la suficiente precaución para no lastimarse la herida. Llegó a la esquina y Francisco Javier asomó la cabeza en medio de la muchedumbre de telejornaleros. Se saludaron. ¿Se pilló el upgrade de la app? Juan Pedro negó con la cabeza ante la mirada decepcionada de Francisco Javier. En ese momento su teléfono vibró. Se apresuró a tomarlo y cuando quiso aceptar el anuncio de teletrabajo en la pantalla, el muñón que le quedaba como pulgar no fue suficientemente preciso como para presionar el botón y el anuncio simplemente desapareció. ¡Uy! Algo estaré haciendo bien hoy, dijo Francisco Javier envuelto en júbilo por haber obtenido el teletrabajo. Un escalofrío recorrió la espalda de Juan Pedro. Aturdido, levantó la mirada y notó detrás del brillo azulado de las pantallas, los rostros sombríos de decenas de telejornaleros que como él, carecían de la falange del pulgar necesaria para triunfar en la teleeconomía. Ese día no hizo dinero con qué comer. Así que se vio resignado a ir al comedor popular. Allí al entrar pudo ver a la distancia en medio de un banquete a Riveros. Mientras que él, resguardado en la muchedumbre comía un puré hediondo de maíz condimentado con apio. Volvió a casa con el estomago revuelto y considerando seriamente hacerse burócrata pero la sola idea de codearse con gente de la calaña de Riveros le daba nauseas. Durmió y esa noche no soñó. Al día siguiente se despertó más temprano de lo habitual, comió unas galletas que le había regalado un burócrata al recibir su pedido. Porque no comía hidratos de carbono, llegó a mencionar. Esos hidratos de carbono contuvieron el hambre que lo devoraba desde adentro. Salió en la bici pedaleando con furia hasta la dichosa esquina. Aún no despuntaba el sol así que eran pocos los telejornaleros disponibles. Con su dedo índice logró aceptar un teletrabajo que iluminó su mañana y lo llenó de esperanza. Pedaleó con ímpetu los kilómetros que lo separaban de su destino. Al llegar notó que se trataba de un edificio viejo y destartalado. Le pareció curioso que alguien allí pudiera pagar el lujoso e ilegal teletrabajo del que él sólo recibía una nimia remuneración. Mientras subía por las escaleras escuchó música de Beethoven a la distancia. A medida que se acercaba, notó que provenía del departamento donde debía hacer la entrega. Golpeó y la puerta se abrió inmediatamente a la vez que dos hombres fornidos lo empujaron a su interior con violencia, lo arrojaron al piso y sometieron sin que Juan Pedro atinara a algo más que gemir de dolor. Estaba en la presencia del agente mayor de tareas especiales y contravenciones Riveros que lo miraba con displicencia desde el otro lado del salón. Cerraron la puerta y Riveros se acercó con toda la calma del mundo. ¿Le gusta esta obra de Beethoven? Preguntó Riveros. Se trata de la heroica; es la tercera sinfonía en Mi bemol mayor. Nuestro himno se basa en ella. Es una pieza grandiosa, marcial y revolucionaria. Pero hubo una razón por la cual el camarada no la eligió como nuestro timbre de guerra. Tiene un tono épico, con pasajes abruptos, disonantes y expansivos. Es más una declaración de fuerza que un ejercicio de delicadeza. Se imaginará que no es la delicadeza la que me trae hasta acá, ya se podrá imaginar que no estoy contento con usted. Así que vamos al grano. Deme el paquete a ver qué hay. Ah sí. Una soda agitada por el pedaleo. Nos viene bárbaro, concluyó el agente. Riveros la abrió con cuidado para que el líquido expulsado por la presión cayera sobre Juan Pedro y lo empapara. Cuando la efervescencia había concluido, vertió el contenido restante en un vaso y lo bebió con calma tarareando las notas luctuosas de la melodía a la que a propósito le había subido el volumen. Una vez que hubo terminado, eructó. Ahora sí Juan Pedro, no me puede negar que sigue tomando parte en la ilegalidad socavando la legitimidad de nuestro pluripotencial gobierno. Y que a pesar de la generosidad del mismo, insiste en buscar lo que no se le ha perdido. Por ese motivo en este acto convoco a un juicio exprés en el cual no me voy a molestar en leer sus derechos porque en este punto, no tiene ninguno. Pero pronto se enterará del veredicto. Asintió mirando a uno de sus hombre y este maquinalmente desconectó una licuadora, cortó los cables que ingresaban al motor del aparato y los conectó de nuevo al enchufe de la pared. Acercó el extremo libre a las piernas empapadas que habían desnudado de Juan Pedro y los choques eléctricos lo hicieron retorcerse del dolor. El sodio de la bebida sobre su cuerpo conducía la energía de forma más eficiente y, por lo tanto, dolorosa. Del dolor se le aflojaron los esfinteres. Al notar esto, Riveros estalló de risa. ¡No puede ser! al final es un cagón como todos los demás, gritó Riveros extasiado. El teléfono de Riveros vibró y con un gesto rudo pidió interrumpir la sesión de tortura. Es mi hija, exclamó. Tomó un instante para recuperar la postura y atendió con una sonrisa bondadosa. Hola mi amor. ¿Ya hiciste las tareas? ¡Estoy tan orgulloso de ti! Dale, dame un minuto salgo de la oficina y voy te preparo los ravioles que te gustan y leemos el cuento del patito feo. Colgó. Y continuó la sesión hasta que Juan Pedro se desmayó y lo dejaron allí abandonado.</p></div></div></section><section class="section section--body section--last" name="22fc"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--leading graf--trailing" id="1db6" name="1db6">Juan Pedro se sintió extraño. Miró su cuerpo y notó que tenía plumas y alas y que se apoyaba sobre un cable que pendía entre dos postes. Miró a su alrededor y vio que en ambas direcciones habían cientos de palomas que como él, simplemente veían el tiempo pasar. Podía percibir como la tibieza del cable en sus patas incrementaba de a poco. Observó el cielo infinito y sintió la majestuosidad de poder volar. El sueño del hombre por siempre. Ahora lo podía hacer y con ello le invadía la duda que era imposible de resolver: ¿hacia dónde?¿cuál es el mejor lugar para volar?. Sus patas empezaban a incomodarle y el olor generalizado de carne asada lo asqueó. A la vez que la temperatura en sus patas se hacía insoportable, escuchaba a Fidelio en el fondo que incrementaba su volumen de a poco, reflejando el incremento en la temperatura. Notó que las palomas a su alrededor caían humeantes cada tanto. Cuando se decidió a volar descubrió que sus patas no le respondían, se habían calcinado e inevitablemente siguió el destino de todas las otras palomas que se amontonaban en el suelo. Mientras caía humeando e incapacitado por tener las terminaciones nerviosas chamuscadas, un dolor horrible lo hizo estremecer regresándolo a la realidad. La pesadilla se había materializado en la forma de un calambre en las piernas que le entorpecía llegar hasta su teléfono para apagar la endemoniada alarma. Había sido suficiente. Juan Pedro estaba harto de ir contra el sistema. Nunca logró independizarse de las ayudas estatales y cuando lo intentó, el mismo sistema lo hundió en su podredumbre. Ya que no había podido vencer al sistema, se haría burócrata. El más burócrata de todos. Ya no tenía nada que perder. Aplicó a través de un teleformulario y en seguida lo citaron en las oficinas de admisión de personal. Llegó y lo recibió amablemente una señorita que le hizo las preguntas de rigor aunque eran una formalidad porque el estado sabía cada uno de los detalles de su vida personal. No se quedaba nada fuera de su alcance. Cumplida la diligencia, le dieron un carnet que lo hacía miembro de número del partido y por tanto lo habilitaba para desempeñarse en aquello que consideraran que fuera útil. La señorita de admisiones apretó unas teclas en su ordenador y un ruido de circuitos blip blip indicó la conclusión. El candidato encajaba perfectamente en una posición de proveeduría de insumos biorgánicos respetuosos con la biodiversidad amenazada por la maldad humana y estadística ambiental. Pero antes de asumir su nuevo flamante rol, por el cual le pagarían una pequeña fortuna, debía jurar lealtad al partido. Para ello tenía que dirigirse a la oficina C, al final del pasillo eterno de oficinas burocráticas. Llegó allí y golpeó. Pase, espetó una voz conocida en su interior. Era el agente Riveros y a su lado de encontraba Francisco Javier, su amigo. Ambos se encontraban envueltos en júbilo. Nos costó pero te hicimos bueno, dijo el agente Riveros. Juan Pedro quedó estupefacto. Vamos a brindar con el nuevo miembro del partido, indicó el agente. Siempre es bueno que el partido crezca. Riveros abrió una soda y vertió el contenido en tres copas que tenía sobre la mesa. Sabrá usted que los reglamentos nos impiden consumir algo más fuerte que esto, el alcohol no es otra cosa que un invento burgués para debilitar las clases populares y con ello someterlas. Pero antes, el momento que había estado esperando, sentenció con una enorme sonrisa Riveros. Encendió la radio de su bolsillo y las notas de la quinta sinfonía en Do menor de Beethoven inundaron el modesto despacho. Tome su copa camarada, puesto que ahora lo puedo llamar así, insistió Riveros. Juan Pedro hizo el ademán de tomar la copa pero la torpeza derivada de la ausencia de su falange hizo que se derramara un poco del contenido. ¡Ah! No se preocupe camarada, que aquí pensamos en todo espetó Riveros cuando notó la confusión en el rostro de Juan Pedro. Abrió el cajón y tomó una pequeña prótesis de falange de entre cientas que se arremolinaban allí. Esta le debe quedar bien, sino hay más pequeñas y más grandes. Juan Pedro ajustó las cintas de la prótesis alrededor de lo que le quedaba de dedo y brindó con Riveros que le decía con orgullo. Es el destino el que toca a tus puertas camarada. ¡Salud!</p></div></div></section>
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</article>]]></content><author><name>afrp89</name></author><summary type="html"><![CDATA[]]></summary></entry><entry><title type="html">Los Tucanes son tímidos, pero siempre llaman la atención</title><link href="https://dondo.com.co/2025/02/04/los-tucanes-son-timidos-pero-siempre-llaman-la-atencion/" rel="alternate" type="text/html" title="Los Tucanes son tímidos, pero siempre llaman la atención" /><published>2025-02-04T00:00:00+00:00</published><updated>2025-02-04T00:00:00+00:00</updated><id>https://dondo.com.co/2025/02/04/los-tucanes-son-timidos-pero-siempre-llaman-la-atencion</id><content type="html" xml:base="https://dondo.com.co/2025/02/04/los-tucanes-son-timidos-pero-siempre-llaman-la-atencion/"><![CDATA[<article class="h-entry">

<section class="e-content" data-field="body">
<section class="section section--body section--first" name="9660"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><figure class="graf graf--figure graf--leading" id="b71e" name="b71e"><img class="graf-image" data-height="3456" data-image-id="0*LSwCovUmK36wG8Jv" data-is-featured="true" data-unsplash-photo-id="VzLKQiqWuNk" data-width="5184" src="/assets/images/b04767-0-LSwCovUmK36wG8Jv.jpg"/><figcaption class="imageCaption">Photo by <a class="markup--anchor markup--figure-anchor" data-href="https://unsplash.com/@hugomanito?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" href="https://unsplash.com/@hugomanito?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" rel="photo-creator noopener" target="_blank">Hugo Herrera</a> on <a class="markup--anchor markup--figure-anchor" data-href="https://unsplash.com?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" href="https://unsplash.com?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" rel="photo-source noopener" target="_blank">Unsplash</a></figcaption></figure><h3 class="graf graf--h3 graf-after--figure graf--title" id="e897" name="e897">Los Tucanes son tímidos, pero siempre llaman la atención</h3><p class="graf graf--p graf-after--h3" id="031c" name="031c">El vuelo de El Tucán impresionó al señor gobernador mientras el brillo de la sonrisa de Don Chepe desbordaba de orgullo. A pesar de ser mediodía, la extensión de sus alas era suficiente para proyectar una sombra que envolvía en un fino manto de oscuridad a los dos comensales. Los ojos del gobernador no podían creer la gracia con la que el ave se deslizaba por el viento. Pero si aguzaba la vista notaba que a pesar de todo, su desplazamiento era triste. Una coreografía de lo restringido. Como si aquella maravillosa ave encerrada en el aviario lujosamente diseñado pensara para si misma; <em class="markup--em markup--p-em">ningún cielo extranjero me protegerá jamás, ningún ala extraña escudará mi rostro, pero aún así me erigiré como testigo de un destino común, superviviente a este tiempo, a este lugar</em>.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="cc80" name="cc80">Mire esa belleza, señor gobernador espetó Don Chepe obnubilado por el pájaro mientras sus ojos se adaptaban a la intermitencia de los rayos de sol. La luz se filtraba entre la selva ignorante de los pesares que se cuelan entre las plumas. Yo sé que el vuelo de ese animal es limitado, pero dígame si su presencia no llena el cielo— insistió. El gobernador se conmovió con su gracia y no tuvo más remedio que abrazar afectuosamente a Don Chepe, conmovido de ver tanta belleza en un único ser. Tímidamente brindaron juntos con cristalería delicadamente lustrada. Aspiraron cocaína con el tubo formado por un billete de cien dólares las cinco líneas paralelas que Don Chepe<em class="markup--em markup--p-em"> peinó</em> con una Amex dorada. Se rieron a carcajadas en el éxtasis radiante del trance. Entre la maleza que simulaba una selva tropical en la cual El Tucán se debería sentir en casa y con media cara anestesiada por los estupefacientes, Don Chepe aplaudió sin gracia. Aparecieron ronroneando prostitutas disfrazadas de leopardo dando oficialmente inicio al bacanal. Una vez satisfechos y exhaustos, salieron del aviario.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="4ae1" name="4ae1">Don Chepe que ya no sonreía, pues su sonrisa luminosa se había convertido en una mueca oscura, aplaudió de nuevo y un mayordomo con semblante grave se acercó con un documento y una lapicera sobre una bandeja de oro. Firme, le ordenó Don Chepe. El gobernador volvió de la tierra del placer para cerrar el trato entre sorprendido y resignado. Mientras firmaba el extenso documento, el gobernador quiso reconocer el exquisito gusto que poseía su anfitrión en un intento de recuperar la cercanía de Don Chepe, este lo ignoró embriagado de poder y grandeza.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="b11d" name="b11d">Apenas atinó a decir, recuerde gobernador que esta reunión nunca ocurrió. Llévese ese lindo recuerdo y nunca más se cruce en mi camino, por el bien de los dos, usted sabe que esto son negocios y nada más. El gobernador lo miró confundido mientras un guardaespaldas se acercaba con un maletín. Lo recibió en sus manos y sus ojos centellearon mientras que el guardaespaldas junto con el mayordomo lo apuraron para que se alejara del patrón en dirección a su auto. Las prostitutas miraron con desprecio desde las sombras del aviario.</p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="dd00" name="dd00">En un instante se encontraba conduciendo de regreso a la ciudad y miraba por el retrovisor el palacio faraónico de Don Chepe que sobresalía entre la maraña como una perla que se la traga noche. La adrenalina del subidón narcótico le había hecho olvidar del maletín, lo buscó con la mano y lo abrió para corroborar que el arreglo le había sido favorable. Sus ojos fulguraron al percibir el reflejo de los hermosos billetes de cien dólares ordenados por número de serie que llenaban a rebosar el maletín. Calculó que sería suficiente para huir del país, establecerse con comodidad en una ciudad cerca a la playa e invertir en la bolsa para dejarle de herencia a su hija discapacitada recursos suficientes para no depender de nadie el resto de su vida. El rugido de una moto interrumpió su elucubración. Levantó la mirada por la ventana del pasajero y el resplandor de una lluvia de plomo aterrizó sobre él. El sicario esperó a que el auto se detuviera contra el tronco de un mango con estrépito y se acercó para corroborar que estuviera muerto y recuperar el maletín que goteaba sangre. Eran las ordenes de Don Chepe.</p></div></div></section><section class="section section--body" name="bf5f"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--leading" id="793f" name="793f">Pasaron los años y la ciudad olvidó a aquel gran gobernador que según las malas lenguas había sucumbido a las mieles de lo prohibido y de ahí su castigo. Nadie se preguntó por qué su auto nunca fue removido y seguía oxidándose frente aquel mango. Se convirtió en un elemento más del paisaje.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="1c0c" name="1c0c">Don Chepe progresó a través de la obra pública. Se hizo viral — anunció la periodista — . La gente vitorea cuando el señor baja de la montaña y le hacen calles de honor en las escasas veces que se deja ver, cuando asiste a misa -concluyó la introducción Virginia. ¿Cómo hizo para construir esta impresionante represa en tiempo récord a pesar de la oposición? Cuestionó Virginia señalando el inmenso embalse que se desplegaba ante ellos desde el mirador de la hacienda de Don Chepe. Fue un proceso difícil dijo con sequedad Don Chepe mirando al horizonte con un perfil de estadista. Yo siempre he seguido mi instinto. Dejo que mis pasiones salgan a flor de piel. Continuó a la vez que procuraba seducir a la periodista en televisión nacional. Envuelto en misterio y con una voz sedosa continuó su respuesta. Más allá de todo, y aunque usted no lo crea y me tome por loco, insistió Don Chepe entre risas, yo tengo un Tucán que me guía. Como si fuese un oráculo. Tiene una forma de hablarme que se basa en símbolos. Cuyos consejos, que transmite a través de la mirada, me significa tomar decisiones acertadas. Ese Tucán está resguardado en medio de ese bosque nativo que junto con mis muchachos hemos protegido, donde lo encontramos. Con el pecho henchido de orgullo Don Chepe le explicó a Virginia que disponía de una pequeña milicia que cuidaba esos árboles majestuoso. No mencionó que esos árboles eran cultivos y se traducían en billetes y una barrera infranqueable de sus secretos. No permitía que ni una sola hoja se cayera si no hacía falta. Si usted lo desea — aumentó su apuesta Don Chepe, le puedo presentar al garante de mi éxito — .</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="3d29" name="3d29"><em class="markup--em markup--p-em">¡Fuera del aire!</em> exclamó el camarógrafo.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="524e" name="524e">Quedó como un príncipe Don Chepe, afirmó el camarógrafo mientras revisaba cuadro por cuadro la emisión del <em class="markup--em markup--p-em">prime time</em>. Lo que más me gusta es que quedó un halo de misterio con eso del Tucán, yo no sé si sea cierto, pero si sé que ese tipo de cosas se venden muy bien en la televisión, es como que la superstición se amplía por las ondas. Bueno, yo cumplí con mi trabajo de hoy y estoy muy satisfecho, así que me retiro Don Chepe, señorita Virginia, ¿quiere que la regrese a la ciudad? preguntó el camarógrafo. No, quédese tranquilo, yo me voy a quedar un rato más diagramando el siguiente capítulo con Don Chepe respondió Virginia. Don Chepe sonrió al vacío regocijado en su éxito.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="4267" name="4267">Abandonaron el mirador y se adentraron en la maraña hasta que en el centro de un claro se encontraron frente al aviario. Un palacete delicadamente ensamblado ostentando finos detalles de diamante y oro. Adentro El Tucán los observó altivo. Don Chepe aplaudió para llamar la atención del ave que se mostraba indiferente a la presencia de aquel que se decía su dueño y de esa hermosa mujer cuya belleza competía con sus colores. El novel desinterés del ave tomó por sorpresa a Don Chepe que estaba acostumbrado a la algarabía que desplegaba el ave cuando lo reconocía al cruzar la puerta, Don Chepe se sonrojó. Ese pájaro es más inteligente que muchos de mis peones ahí donde lo ve, dijo Don Chepe tratando de desviar la atención de la preocupación que le generaba la apatía del pájaro.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="3a96" name="3a96">Para que se haga una idea, es mi oráculo. En este lugar he tomado las mejores decisiones de mi vida, decía ya jadeante Don Chepe que empezaba a tener un ataque de pánico.</p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="dfa5" name="dfa5">Lo que usted está viendo, nunca había pasado, señorita Virginia, nunca me había ignorado. Virginia, por su parte se encontraba absorta ante la presencia inmaculada del ave de misteriosos colores. Algo que nunca había visto. Tanta belleza junta, el derroche de majestuosidad pero por sobre todo, esa mirada sublime.</p></div></div></section><section class="section section--body section--last" name="50b0"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--leading" id="02db" name="02db">Virginia lo miró con deseo. Sus ojos perforaron sus carnes hasta llegarle al alma. Su mirada lo desnudaba por completo. No podía mentirle. Ella notaría cualquier tenue vibración en sus nervios. Él se apresuró para besarla y entonces el Tucán defecó sobre Don Chepe. Una mancha blanquecina se escurría desde el centro de su frente y se desbordó por sus labios al tiempo que Virginia sorprendida se alejó de él con una risa de desagrado. Don Chepe, despechado por el rechazo, en lo que entendía como un acto de pasión desaforada, disparó al pájaro a la vez que se limpiaba la caca energúmeno.</p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="42d3" name="42d3">La tez de Virginia se llenó de espanto al ver como las entrañas del ave se derramaron sobre el horizonte; se tiñó con barbarie. Don Chepe estaba doblemente alterado. Pronto entendió el error que había cometido. Disparó al origen de su éxito como si se tratase de una paloma y a su vez no podía permitir que alguien desafiara su autoridad. Fue ahí que Virginia descubrió que él era un monstruo.</p></div></div></section>
</section>
</article>]]></content><author><name>afrp89</name></author><summary type="html"><![CDATA[]]></summary></entry><entry><title type="html">Cacofonía melódica</title><link href="https://dondo.com.co/2024/07/17/cacofonia-melodica/" rel="alternate" type="text/html" title="Cacofonía melódica" /><published>2024-07-17T00:00:00+00:00</published><updated>2024-07-17T00:00:00+00:00</updated><id>https://dondo.com.co/2024/07/17/cacofonia-melodica</id><content type="html" xml:base="https://dondo.com.co/2024/07/17/cacofonia-melodica/"><![CDATA[<article class="h-entry">

<section class="e-content" data-field="body">
<section class="section section--body section--first" name="132b"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><h3 class="graf graf--h3 graf--leading graf--title" id="ec15" name="ec15">Cacofonía melódica</h3><figure class="graf graf--figure graf-after--h3" id="08a0" name="08a0"><img class="graf-image" data-height="3640" data-image-id="0*0CuxbTrp5GyXTB7X" data-is-featured="true" data-width="2600" src="/assets/images/5df2cf-0-0CuxbTrp5GyXTB7X.jpg"/></figure><p class="graf graf--p graf-after--figure" id="20bd" name="20bd">Los colibríes se dirigieron a sus nidos silbando notas bucólicas mientras el sol caía en el horizonte. El cielo cobrizo daba fe de un astro que se hundía en sus miedos. La tristeza invadía cada variación del silencio, cada pausa, cada resurgir en su entonación. Se podía asumir que interpretaban una melodía fúnebre. No era para menos, los piojos y las pulgas se arremolinaban en sus nidos. La larga noche del invierno se avecinaba sometiendo sus pequeños cuerpos a la presión glacial. En contrapartida sus corazones latirían más despacio y requerirían menos energía hasta que el tiempo mejorara y las flores los alimentaran de nuevo. Hasta entonces deberían hacer frente con la valentía de sus plumas. Aquellos cuyo nido era irradiado por el tenue sol precisarían menos incursiones en el frío, pero los que anidaban en lugares oscuros, alejados de la luz y de una vida grácil, se verían en la necesidad de calcular sus breves vuelos para procurarse el néctar de alguna violeta de los alpes día tras día. Sólo los afortunados sobrevivirían el abrazo frío del invierno. Al final serían pocos, pero así había sido y sería siempre. Ningún colibrí renegó nunca de su destino, pues era aquello para lo que habían sido concebidos y no se apartaban ni una pluma de su suerte.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="39a3" name="39a3">Los cuervos por su parte revoloteaban croando en el aire envueltos en júbilo por la llegada del frío. El aliento aséptico del invierno les despojaba de las garrapatas que tanto los acechaban en cualquier otra temporada y que a veces se amuchaban como diminutos racimos de uvas en medio de sus plumas. Su inteligencia les permitía comprender que era por la gloria de su amo y señor el invierno, que el alimento se les presentaría ante sus garras y se darían el sibilino lujo de elegir, después de meses de disputarse carnes podridas entre muchedumbres. Embriagados por su fortuna y escudados en su plumaje se deshacían en pensar que pertenecían a otra realidad, una donde habitaban un mundo frío en el que podrían ocuparse de las sobras de la vida eternamente. También su inteligencia era suficiente para recordarles que en este mundo, la dicha se les acabaría tan pronto como cambiase el tiempo. Siempre había lugar para el siguiente invierno aunque durase poco. Cosa maldita el cambio de tiempo.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="667d" name="667d">Los gorriones se desesperaban por picotear el suelo dando pequeños saltos por su incapacidad de caminar, buscando cualquier grano o yerba aún fresca que les permitiera engordar más sus carnes antes de adentrarse en la invernal dieta monótona y pajiza que tanta miseria les costaría. Ya estaban habituados a echarse de menos los unos a los otros cuando empezaba el frío y se los devoraban los ácaros. Celebraban entre todos con notas alegres cualquier trozo de esperanza que lograban recuperar de la tierra. Bastaba con que dos de ellos sobrevivieran para que su estirpe siguiera invadiendo el territorio. Disciplinados en su desobediencia, la mayoría contaba con reservas de grasa que habían acumulado desde el final del verano, preparándose para la guerra trascendental, aunque estéril, contra el tiempo. Empeñaban en cada batalla que se presentaba su mejor postura y consideraban deshonesta cualquier preocupación que no fuera digna de su trascendente aspiración. Había que vencer a la muerte, al frío, la soledad y en general la opresión, sin considerar la forma en la que se manifestase. Cualquier otro asunto era un lujo repulsivo que concernía a otro tipo de pluma. Los gorriones se oponían a todo por todo y lo querían todo.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="2d0d" name="2d0d">Las palomas juzgaban desde sus nidos a los gorriones y estupidez de sus actos rebeldes. Hasta que una ráfaga de viento álgido las hizo olvidar de ello y les plantó la duda. ¿Cuánto más podrían durar en sus improvisados y precarios hogares?. La respuesta, mediocre, fue inmediata, una a una elevaron su vuelo y arrullando hicieron lo que mejor sabían hacer: buscar héroes bondadosos. Sin considerarlo siquiera se acercaron a la única fuente de calor que podían concebir, la cercanía del fuego humano. Establecieron en su cercanía sus anodinas moradas que no eran otra cosa que puñados de ramitas arrimadas por la displicencia. Cuando estuvieron satisfechas por su trabajo, y esto fue pronto, aguzaron la vista instintivamente para esperar cualquier miga de pan que fuera victima del descuido humano. En la promesa de ser alimentadas y con la presencia del calor se reconfortaron en la comodidad de su astucia.</p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="a367" name="a367">Mientras las palomas se regocijaban de su autocomplaciente superioridad, la lechuza giró dormida en su nido para darle la espalda al frío. La desaparición del sol en el horizonte envuelto en sus cobrizas llamas era la señal de una nueva jornada. Pero la lechuza se las arreglaba para percibir los últimos rayos de luz, cuestión de dormir un poco más antes de que cayera del todo el sol. No hace falta ser una heroína se repetía para convencerse. Hasta que escuchó un zumbido que la despertó la inquietó. Se incorporó inmediatamente y espantada ululó con la capacidad que sus pulmones le permitían para advertir que no se doblegaría ante lo que fuese que se acercaba. Se asomó con cautela a la abertura de su nido desafiando la muerte y lo que fuese que la trajera ante sí. Pero no vio nada en las inmediaciones del nido. Aguzó la vista aunque el brillo le molestara. Oteó el horizonte y vio a la distancia un enjambre de puntos que se acercaba y crecía. Pronto cubrieron los últimos rayos del sol y con ellos vino la absoluta oscuridad. Había que ponerse en marcha.</p></div></div></section><section class="section section--body" name="8525"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--leading" id="8af6" name="8af6">Tanya no podía dormir. Agitó los brazos en el aire y no tuvo ningún efecto; los mosquitos ignoraban por completo sus gestos amenazantes. Se incorporó en su cama improvisada con ramas de plátano. Se levantó con sigilo, según su entrenamiento inicuo. Caminó en círculos. Quiso correr pero entendió que estaba rodeada. Infinitamente rodeada. Aplastaba cualquier mosquito que sentía sobre su piel pero sus movimientos no daban abasto. El calor sofocante facilitaba la reproducción de los mosquitos, recordó sus clases de biología en la Universidad de DenenKamp. Odió esa materia y odió más aún, no haber prestado atención a su maestro cuando detalló los mecanismos para impedir que dicha reproducción fuese exitosa. El sudor deslizándose por sus mejillas la regresó a la realidad: no estaba en un laboratorio. Así le interesara lo que su profesor tenía para decir, nada podía hacer envuelta en una cantidad infinita de parásitos. Una vez más se reencontraba con los pensamientos de la otra Tanya, la privilegiada, pensó con pesadez. Se odió a sí misma, por conservar reminiscencias de la persona que un día decidió no ser más. Odió la humedad, el vaho y los sonidos del trópico que hasta hace poco le parecían campanadas de libertad. Odió extrañar la comodidad de su habitación. Se odió un poco más cuando notó que un mosquito succionaba con avidez la sangre de su nuca. Hizo un gesto exagerado y lo mató con tanta bronca que se lastimó la piel. La selva que se la engullía no era nada respecto a los mosquitos que la devoraban y el pasado que la perseguía. Pensaba que nunca podría borrar la marca indeleble de la burguesía por más que se refregara en el lodo tropical.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="a89d" name="a89d">Cuando empezaba a perder la fe, a cuestionarse el porqué de sus acciones, tuvo una idea que evitó que se desbarrancara emocionalmente. Para ser subversiva hay que ser fuerte y audaz, se repitió mientras buscaba con prisa el atado de cigarrillos que se había negado recibir en principio y que sus compañeros burlonamente le habían introducido en la mochila de campaña. Tengo que dejar morir de una vez por todas a esa niña miedosa para poder ser la mujer que debe cambiar el mundo, sentenció.</p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="3ae1" name="3ae1">Nunca había fumado porque odiaba el olor del tabaco. Le recordaba a su padre que vivió hasta el último de sus cincuenta años con un pequeño motor que le proveía oxígeno porque sus pulmones achicharrados no podían darle aliento. Ignoró a la otra Tanya, que vivía en Holanda con el recuerdo marchito de su padre y le dio una pitada al cigarrillo para encenderlo. Tosió y escupió tanto que se le olvidaron los mosquitos que desaparecieron espantados. Cuando se recuperó sintió como el calor subía por su cuerpo. Pensó que la selva había terminado de masticarla hasta que notó la ausencia de los mosquitos. Se sorprendió con el efecto narcótico del tabaco que la hacía olvidarse de los parásitos. Alumbró con su linterna. Los mosquitos se espantaban por la presencia del cigarrillo. Decidió entonces que, si iba ser una verdadera guerrillera, mataría no sólo con el fusil sino con el tabaco.</p></div></div></section><section class="section section--body" name="b72b"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--leading graf--trailing" id="118c" name="118c">La lechuza se desesperó por el zumbido que rebotaba en cada superficie de La Pampa. El ruidoso aleteo de la mancha de mosquitos se hacía más insidioso a medida que estaba más cerca. La lechuza quiso huir pero notó que la mancha la abrazaba flotando en el aire y que para entonces debía medir varios kilómetros. Sin embargo, con la llegada del anochecer el aleteo empezó a silenciarse y a posarse sobre toda la topografía posible. La lechuza se espantó. Tal cantidad de parásitos necesitaban alimentarse y lo harían pronto, un par de horas después del amanecer. El rastro que dejaba la mancha no era otra cosa que muerte y aniquilamiento. Los mosquitos succionaban, a lo largo de su recorrido, la vida de todo ser que tuviera sangre. El descubrimiento la espantó. Si no hacía algo, ella y su estirpe se reducirían pronto a plumas y huesos en descomposición. Tenía unas pocas horas antes del próximo ataque.</p></div></div></section><section class="section section--body" name="b117"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--leading graf--trailing" id="36ff" name="36ff">Tanya elevó la mirada a lo cerros. Observó con calma como las nubes bajaban por las laderas trayendo consigo el manto fresco de la humedad. Pronto la blancura vaporosa ocupó todo el valle y por un instante recordó la blancura del vestido con el que se había casado. Reconoció en ese recuerdo que buscaba dejar atrás la ingenuidad con la que veía a su otra yo, llena de ilusiones y sueños. Supo también interpretar las señales veladas que anunciaban la fecha de caducidad de su fantasía ahora marchita. Ese día, Juan llegó una hora después de lo acordado a la iglesia. Llegó borracho. Tan pronto como la vio se arrojó sobre sus rodillas en un acto patético que la familia reunida sólo atinó a interpretar como un profundo acto de contrición. Avanzó ante la mirada perpleja de los sofisticados asistente gateando y jadeando hasta incorporarse para decirle de rodillas: <em class="markup--em markup--p-em">¡Mi vida! Perdóname, por favor, perdoname por hacerte esperar pero no podía no darte este regalo en nuestro día de bodas. ¡Hemos firmado con el gobierno! </em>tras lo cual se puso a llorar y los aplausos de una gran ovación retumbaron en el vacío que ese día apareció en su corazón. Los mosquitos empezaron a zumbar en sus oídos y volvió a la realidad. Al menos le ayudaban a salirse de la cabeza de la otra Tanya. Era hora de encender un cigarrillo.</p></div></div></section><section class="section section--body" name="d2ce"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--leading graf--trailing" id="54ef" name="54ef">La lechuza había convencido a la especie en su totalidad; emprenderían el viaje a través de Los Andes. Para ello puso a correr el rumor temprano en la madrugada, para aprovechar el hecho de que los parásitos en general se levantan tarde; y valoran su tiempo de ocio que invierten principalmente en largas siestas después del amanecer. Bastó con alertar a los colibríes para que transmitieran la decisión. Se acercó al nido de la nodriza colibrí y la puso al tanto de la situación. Ella aceptó su potencial muerte en ese instante. La nodriza resignada emprendió el vuelo en la forma de un delicado zumbido agudo. Pronto su <em class="markup--em markup--p-em">gens </em>estaba revoloteando por la extensión de La Pampa húmeda. Millones de colibríes recorrían cada metro cuadrado de la inmensidad mientras repetían para sí en cada aleteo “el movimiento es la clave de la vida; donde hay cambio, hay creación”.</p></div></div></section><section class="section section--body" name="eb45"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--leading graf--trailing" id="1fad" name="1fad">La noche cayó de repente. Tanya se preguntaba cuánto más iba a durar esta asignación. No sabía si aún estaba bajo el riguroso entrenamiento y estaba siendo examinada desde el anonimato que ofrece la selva. Ya se había acostumbrado a tener un cigarrillo colgando en sus labios todo el día y noche que la sostenía como un ancla a la realidad. Se sintió empoderada desde su posición dominante sobre el valle. Se imaginó los soldados que como borregos del capital podrían aparecer escudriñando la zona en búsqueda de valientes guerreros como ella. Los fumigaría sin compasión con su rifle galil calibre 7.76. Mientras fantaseaba con el ruido ensordecedor de las balas zumbantes, se preguntaba por qué no había tenido las agallas para apuntar un arma contra su infiel marido que tantas veces la había arrastrado por el suelo. Escuchó una rama quebrarse detrás suyo seguido de pasos. Presa del pánico se tiró al piso y como pudo recuperó el aliento. Apuntó en la dirección de los ruidos y apagó el cigarrillo para que no la delatara. Avanzaban hacia ella pero no lograba ver una figura humana. Aguzó la vista y vio lo que pensó. Era la espalda descubierta de un soldado que se arrastraba hacia ella. Abrió fuego con tanta bronca y miedo que pronto agotó el cargador. Se apresuró a reemplazarlo por otro, pero mientras lo hacia notó no sólo que el soldado no se movía más sino que chillaba en agonía. Cargó el proveedor, montó un cartucho en la recamara, se incorporó, avanzó apuntando, sólo para descubrir que lo que había matado era un cerdo.</p></div></div></section><section class="section section--body section--last" name="3602"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--leading graf--trailing" id="488d" name="488d">Escena final: Tanya se levanta del lodo del miedo, se limpia y mira al cielo donde ve una bandada de pájaros guiados por una nodriza colibrí. Baja la mirada y se da cuenta que sometidos a su encanto y dureza, los guerrilleros por admiración y los soldados por temor.</p></div></div></section>
</section>
</article>]]></content><author><name>afrp89</name></author><summary type="html"><![CDATA[]]></summary></entry><entry><title type="html">No es obligatorio ser el héroe</title><link href="https://dondo.com.co/2024/05/03/no-es-obligatorio-ser-el-heroe/" rel="alternate" type="text/html" title="No es obligatorio ser el héroe" /><published>2024-05-03T00:00:00+00:00</published><updated>2024-05-03T00:00:00+00:00</updated><id>https://dondo.com.co/2024/05/03/no-es-obligatorio-ser-el-heroe</id><content type="html" xml:base="https://dondo.com.co/2024/05/03/no-es-obligatorio-ser-el-heroe/"><![CDATA[<article class="h-entry">

<section class="e-content" data-field="body">
<section class="section section--body section--first section--last" name="e2dd"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><h3 class="graf graf--h3 graf--leading graf--title" id="8419" name="8419">No es obligatorio ser héroe</h3><figure class="graf graf--figure graf-after--h3" id="c1af" name="c1af"><img class="graf-image" data-height="848" data-image-id="1*48emnp3vgvjapZDvsxSfIg.jpeg" data-width="1280" src="/assets/images/4c42a4-1-48emnp3vgvjapZDvsxSfIg.jpeg.jpg"/></figure><p class="graf graf--p graf-after--figure" id="916c" name="916c">El azulejo se desplomó sobre el montículo de tierra fresca. Abrió las alas de par en par y abrigó con sus carnes un hormiguero furioso. La hormigas, notificadas de la invasión de su espacio vital salieron a la carga y se encontraron con las plumas azulinas del ave confederada. Fieles a su protocolo defensivo avanzaron, mordieron y avanzaron. El tumulto aplastado de granos arcillosos se envolvió en una bruma de hormigas que avanzaba sobre la superficie del azulejo. El azul de las plumas se ennegreció al cubrirse de pequeñas manchas que se movían de un extremo a otro entre sus alas y patas. Las hormigas mordían sus plumas y con frecuencia se encontraban con tumultosidades jugosas que se reventaban al contacto con el ácido fórmico de su saliva, los piojos y garrapatas que acosaban al azulejo eran devorados con vengativa sedicia. Se apropiaban de cada cavidad y vericueto del relieve plumífero. La intimidad del cuerpo del azulejo quedaba revelada al tacto de las hormigas bajo sus plumas. Las hormigas lo invadían todo y de todo se adueñaban. Así en medio de este feroz ataque encontró acomodo el azulejo y concentrado en su respiración, se quedó dormido.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="c1e2" name="c1e2">Alertada una zorzalina que volaba a media altura se acercó hacia lo que era una vista inusual; lo que parecía un azulejo era devorado por las hormigas, tendría que estar muerto. Todo pájaro confederado tiene como deber ante la presencia de un fallecido, despedirlo con cánticos rituales. La zorzalina repitió mecánicamente el latiguillo que debía recitar. Observó aquella paradoja: las hormigas disfrutaban de la carne confederada, mientras que ningún ave, a pesar de su grandeza, podía hacer lo mismo. Consideró automáticamente, mientras volaba acercándose con premura, que ella si podría hacer lo mismo y en caso de que alguien la increpara, por quebrar la ley, diría que estaba auxiliando a un camarada caído en desgracia. Se engañó a sí misma con un lamento del deceso pero su atención se centró en la sensualidad con la que el azulejo exponía la pechuga. Una oportunidad así había que aprovecharla. Un manjar a devorar mientras otros cofrades no le echaran de menos. El vuelo de la zorzalina, fue interrumpido en seco cuando presa del horror, vio al azulejo retirarse con cuidado. Un par de hormigas que habían logrado ingresar en sus fosas nasales lo habían despertado de su cómoda siesta. Entonces se hizo tarde, la zorzalina estaba más cerca del suelo que de remontar su vuelo. Aterrizó menos confundida y avergonzada que atónita. El azulejo la miró con sospecha. Disculpá zorzalina, dijo el azulejo con voz trémula, pero, ¿no te vi con intenciones de picotear? La zorzalina erizó sus plumas y se esponjó nerviosa. Por supuesto que sí, dijo desafiante. Venía en tu auxilio, ave malaventurada. No hace falta que me agradezcas, el honor cofrade antecede. Dijo la zorzalina con el pecho inflado tratando de ocultar sus intenciones. El azulejo la miró fijamente. ¿Puede ser que haya visto en tu vuelo cómo me acechabas? ¿Acaso no estuviste atenta mientras bajabas a la presencia de otras aves? ¿Dime, zorzalina, no estabas ya dispuesta a hincarme el pico cuando espantada notaste que aún sigo vivo? La zorzalina estaba estupefacta. Sabía que con la sola sospecha, la confederación encontraría méritos para ejecutarla.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="5c35" name="5c35">Debía pensar bien lo que iba a decir, cualquier defensa fútil la complicaría más. Mirá zorzalina, dijo el azulejo mientras regurgitaba el grupo de hormigas que se adentraban en sus vías respiratorias, no sabés la suerte con la que te me apareces. Más aún viendo en tus ojos la intención con la que viniste. No te denunciaré por querer aprovecharte de un confederado en apuros. Al contrario, te lo permitiré del todo. La zorzalina se hubiese ruborizado de tener mejillas y verse descubierta en su recién experimentada pulsión. Te voy a hacer un regalo, continuó el azulejo. Verás, yo soy un pájaro grande, y toda mi vida he sufrido con el gusto inexorable por la voluptuosidad de los sentidos. El placer es algo que se me presenta como una melodía efímera. Una vez obtengo algo de placer, me parece que es tan breve, Zorzalina, que en seguida debo procurarme más. Y más. Es esto lo que hace que me encuentre aquí, rodeado de estas hormigas que inyectan en mi piel su bronca y desprecio. No puedo resistirme a un día sin la embriaguez de las picaduras de las hormigas, el néctar del floripondio, las semillas de la enredadera violácea, el jugo de las naranjas maduras, la piel de las ranas, en fin, Zorzalina, tantas formas de placer se han convertido para mí en un único mosaico del martirio. Por eso estoy cansado Zorzalina. Yo sé donde nació esta sed que llevo en mí, pero nunca podré saber dónde terminará y por eso me encuentro aquí. Era mi deseo hasta que te vi, dejarme morir en el placentero adormecimiento que la picadura de esta moteada plaga me supone. Una vez que las hormigas hubiesen terminado de comerse los piojos en mi alas, seguirían irreductiblemente con mi carne. Pero son lerdas y me temo cambiar de parecer cuando estén cerca de acabar con mi vida, si es que llegan hasta tanto.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="6c38" name="6c38">La Zorzalina prestaba atención a cada palabra del azulejo tratando de tomar una postura que le permitiera defenderse ante un tribunal si el Azulejo desquiciado terminaba por denunciarle. El Azulejo siguió con su voz libidinosa. Así que cuando vi tu sombra merodeando se me ocurrió algo que nos beneficiaría a los dos. Vos podés cumplir tu cometido de comer de mi carne, quiero que me devores y yo por fin podré saber hasta donde me llevaría el vicio de la voluptuosidad. Porque asumo que entiendes Zorzalina, que se sabe dónde empieza un vicio pero no donde termina. Con este acto solemne vos sabrás a qué sabe la carne de un confederado y yo dejaré de llevar esta pesada existencia sobre mí, pero mejor aún, quedaremos unidos en la historia porque sabremos dónde terminó mi vicio y dónde arrancará el tuyo.</p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="33ef" name="33ef">La Zorzalina incapaz de contener la pulsión empezó a dirigirle picotazos que el azulejo recibía embriagado de placer y de a poco su risa estrepitosa se fue apagando entre borbotones de sangre hasta que no pudo respirar más y con el último aliento le supo decir, creo que a esto le llaman amar.</p></div></div></section>
</section>
</article>]]></content><author><name>afrp89</name></author><summary type="html"><![CDATA[]]></summary></entry><entry><title type="html">El valiente vive hasta que el cobarde se decide</title><link href="https://dondo.com.co/2024/03/20/el-valiente-vive-hasta-que-el-cobarde-se-decide/" rel="alternate" type="text/html" title="El valiente vive hasta que el cobarde se decide" /><published>2024-03-20T00:00:00+00:00</published><updated>2024-03-20T00:00:00+00:00</updated><id>https://dondo.com.co/2024/03/20/el-valiente-vive-hasta-que-el-cobarde-se-decide</id><content type="html" xml:base="https://dondo.com.co/2024/03/20/el-valiente-vive-hasta-que-el-cobarde-se-decide/"><![CDATA[<article class="h-entry">

<section class="e-content" data-field="body">
<section class="section section--body section--first section--last" name="6cde"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><h3 class="graf graf--h3 graf--leading graf--title" id="ea35" name="ea35">El valiente vive hasta que el cobarde se decide</h3><figure class="graf graf--figure graf-after--h3" id="84ca" name="84ca"><img class="graf-image" data-height="4632" data-image-id="0*FC2Qhn_4rJqnw-I4" data-unsplash-photo-id="K4vHlGVX0Hs" data-width="3155" src="/assets/images/babcd1-0-FC2Qhn_4rJqnw-I4.jpg"/><figcaption class="imageCaption">Photo by <a class="markup--anchor markup--figure-anchor" data-href="https://unsplash.com/@davidclode?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" href="https://unsplash.com/@davidclode?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" rel="photo-creator noopener" target="_blank">David Clode</a> on <a class="markup--anchor markup--figure-anchor" data-href="https://unsplash.com?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" href="https://unsplash.com?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" rel="photo-source noopener" target="_blank">Unsplash</a></figcaption></figure><p class="graf graf--p graf-after--figure" id="70f5" name="70f5">Un ave cuyos colores hasta entonces se consideraban imposibles se posó sobre la copa de un muérdago. Miró con curiosidad un grupo de cotorras que abajo caminaban de un lado al otro buscando semillas. La sombra que el pájaro colorido proyectaba sobre la superficie llamó la atención de la Cotorra más vieja del grupo.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="362b" name="362b">Ella levantó la mirada y atónita pudo ver cómo los rayos del sol se fragmentaban en mil colores al entrar en contacto con el plumaje de esa ave misteriosa. Al notar la abstracción de la matriarca, el resto de su clan rastrilló el horizonte con los ojos buscando no sabían qué. No vieron nada peculiar. Pero la matriarca seguía impávida.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="5838" name="5838">Los cotorros se acercaron preocupados por la quietud del miembro más preciado de su clan. Cuando la matriarca volvió en sí, lo hizo con un alarido que espantó a todo el clan. La matriarca estaba entonando los cantos de guerra más arcanos que cualquier otra cotorra hubiera escuchado antes.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="d505" name="d505">Los más jóvenes ahora temblaban mientras asumían poses defensivas, para enfrentarse a algo que no lograban ver ni descifrar. Pero que a jurar por la declaratoria de guerra que seguían escuchando, tenía que tratarse de una amenaza indefectible. Así, se tropezaron, cayeron y se reincorporaron. Se consultaron entre sí hasta que la matriarca cesó con su canto hiriente.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="e734" name="e734">Se apresuraron con la mirada buscando pistas del enemigo para dimensionar la batalla que se libraría. Quizás, restos de indicios en el rostro de la cotorra quien, petrificada por el miedo, no les supo decir nada. Angustiados, elevaron interrogantes que fueron ignorados como si sus palabras se estrellaran contra el frío.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="b181" name="b181">Ella, envuelta en un silencio solemne, se dirigió hacia el nido del clan. En contra de su intuición, los cotorros bajaron las alas y caminaron con la sobriedad que acompaña al terror. El camino se les hizo eterno.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="b71b" name="b71b">Una vez en el nido y en presencia del resto de su linaje, cuyo miedo se contagió, poco a poco, en dudas que esperaban encontrar respuestas. Sobre todo y más importante, si en realidad existía un peligro insoslayable e invisible contra el que tenían que luchar sin saber bien cómo ni por qué. Lo único que tranquilizaba sus nervios era saber, que si la cotorra convocaba a las armas, los responsables de la defensa y el ataque, sería todo el clan, incluidos los mayores.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="4812" name="4812">La multitud muda esperaba una explicación al llamado a las armas. Vi el fin de nuestra sociedad como la conocemos, dijo la cotorra mirando al vacío. Sus palabras rompieron el silencio que, desbordado como una represa, inundó con murmullos a la espantada audiencia.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="cb3f" name="cb3f">Uno de los mayores, célebre por haber participado en la guerra contra los benteveos, dio un paso hacia adelante y hozó preguntar la razón. La cotorra volvió la mirada al noble soldado que la cuestionaba y con la dulzura que su áspera lengua le permitía le respondió; ¿recuerdas cuando cambiaste de plumaje la promesa que me hiciste? El Mayor, nervioso, asintió.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="c8a8" name="c8a8">Ese día si mal no recuerdo vos juraste defender el clan incondicionalmente, ¿no?. ¡¿ Y quién soy yo para este clan?! ¿No soy la madre de las madres, la madre de los padres, no soy acaso la semilla misma de lo que se entiende por cotorra? ¡¿Es que no ves acaso que soy la bendita reina?! Responde maldita seas Mayor. ¡Que tu uniforme de soldado no de fe de la uniformidad de tu miserable vida! Hinca tu ala ante mí, ahora mismo mayor. Este, avergonzado, aceptó presto y nervioso. La cotorra satisfecha, tomó distancia para serenarse y recuperar la compostura. Te voy a responder no porque deba ni lo merezcas, dijo cuando recuperó el aliento, sino para que no le queden dudas ni a vos ni a los cotorros, ni a nadie. Los cotorros cesaron sus murmullos al escucharse nombrados, se incorporaron con rigidez y asumieron la postura sobria que se espera de sus guardianes.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="0769" name="0769">Con estas palabras la cotorra se dirigió a su descendencia.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="c51b" name="c51b">Los colores que tenemos son lo único que alegra a la confederación. Dicho de otro modo, mayor insolente, esta es la garantía de pertenencia y supervivencia. Nos necesitan; nuestros colores les hacen olvidar sus problemas. Los abstraen de la angustia del paso del tiempo y de que eventualmente precisarán del cuidado de los más jóvenes. ¡Que aún no terminan de criarse! — los interpeló la cotorra con una mirada fulminante que posó sobre los jóvenes quienes sacudieron sus gestos que sin notarlo se habían aflojado. Esa angustia la sentí hoy, después de que vi los colores maravillosos de ese pájaro pagano. Colores que hoy declaro malditos porque una vez dejé de verlos, volví sobre mi propia existencia y sentí lástima de mí. ¡Hijas mías! ¡¿Quién está dispuesta a defender a su abnegada matriarca, quien ha visto su dignidad mancillada por la insolencia profana?!.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="028b" name="028b">Dicho esto, el cotorraje batió las alas con ahínco y convicción. Querían restablecer su honor herido. La felicidad de la cotorra era todo para cuanto habían venido a este mundo.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="7f07" name="7f07">Ese pájaro que vi -dijo con voz trémula la cotorra cuando la efervescencia se disipó- es la señal de un futuro en el que nos extinguiremos. Si nuestros colores no cautivan a la confederación, como los más exuberantes y voluptuosos de toda la cofradía animal, no seremos más que palomas pintadas y ¡ya saben lo que le pasó a ese clan! Nuestros colores nos garantizan el respeto y en cierto modo el temor. Ellos son el origen y el resultado de nuestro absolutismo. ¡Y hoy les estoy ordenando que lo defiendan!</p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="3d12" name="3d12">La muchedumbre explotó en vítores. Iniciarían la guerra al amanecer pero precisaban equiparse durante la noche para empezar la campaña a tiempo. Para defender las leyes se necesitan armas y no hay armas donde no hay buenas leyes. Así, el cotorraje se deshizo en grupos familiares y cada guerrero deshizo partes de su nido. Retiraron las púas con las que aseguraban sus hogares y las enrollaron en sus patas. Las cotorras y los más jóvenes del clan, los cotorros, se quedaron en sus hogares diezmados, refugiados en su fé de que guiados por la conducción de la infalible Cotorra todos volverían sanos y salvos. Los guerreros se despidieron con gestos de orgullo por el deber en sus rostros. Pero poco duró la envalentonada. Una vez congregadas las fuerzas de autodefensa, los jefes indicaron a sus columnas que tomaran posiciones defensivas para un largo asedio pero antes debían apertrecharse. Los cotorros no comprendían como del ataque llegaban a la defensa; pero la cadena de mando no admite cuestión así que dieron inicio la ceremonia de aseo. Afilaban y despalmaban sus uñas para evitar fracturas si las carnes de sus oponentes se enganchaban en las garras. Un filo preciso y certero cercenaría cualquier tejido blando y garantizaba no quedarse atado a un cuerpo que pronto empezaría a descomponerse. Así pasaron la primera parte de los preparativos. Eventualmente se desplazaron a las asignaciones que cada uno conocía con destreza. Y esperaron al ataque que no se asomaba por ningún vericueto de la tupida selva. En algún momento escucharon el llamado real. La Cotorra en persona transitaba fuera de las líneas defensivas en compañía del Mayor, más allá del radio defensivo de la cotorrada. Los dos juntos avanzaban en búsqueda del ave ofensiva. A medida que se alejaban, el Mayor notaba como sus alas se iban entumeciendo. Cada aleteo le costaba menos que el siguiente. Le preocupaba que si encontraban al ave ofensiva, no tendría aliento para increparla en nombre de su majestad. Ni declararle la guerra maldiciendo su nombre a los cuatro vientos como rezan los antiguos reglamentos. Pst! dijo la Cotorra a la vez que detenía su vuelo en seco y con su ala extendida golpeaba al Mayor sacándole el aire. Me parece que detecto la presencia del ave maldita por acá, Mayor, dijo la Cotorra. Éste apenas se reincorporaba para otear el panorama cuando se encontró con la cara de la Cotorra frente a él que le gritaba, ¿O será que quizá percibo otra frecuencia, Mayor? El subordinado notó que el entumecimiento que padecía ahora se había adueñado de sí. No era capaz de articular palabra. La Cotorra movía su cuerpo, cara y ojos de forma que lo herían sin tocarlo. ¿No se te ocurre nada, Mayor, a vos, el jefe de jefes de mi brigada, el comandante de mis tropas, no se le ocurre dónde puede estar esa ave maldita? El mayor se había petrificado y apenas podía respirar. ¡Ahora ni siquiera habla!. Un pájaro de guerra asustado por unas plumas femeninas gritó la Cotorra alterada. ¡La mismísima desgracia nos merecemos! espetó la Cotorra. En este solemne acto, Mayor, queda usted demovido de todas sus funciones y cargos. Y en lo demás, lo único que tengo para decirle ¡es esto!. En un rápido movimiento la Cotorra había cercenado las cinco arterias principales que dominan la biología cotorril. El Mayor sintió como después de estar constreñido en sus propias plumas, se libraba de las ataduras y la libertad que ello suponía lo ahogaba. Se descontracturó tanto que no tenía física fuerza para respirar. Y empezó a caer mirando fijamente el cielo y la Cotorra ya distante, lo seguía haciendo círculos. La Cotorra le gritó desde el trono de su cielo; ¿sabés algo Mayor. La muerte no necesita dar explicaciones, articuló con desprecio la Cotorra y esto fue lo último que escuchó el Mayor.</p></div></div></section>
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</article>]]></content><author><name>afrp89</name></author><summary type="html"><![CDATA[]]></summary></entry><entry><title type="html">El ignorar la ley, pajarito, no te libra de su castigo.</title><link href="https://dondo.com.co/2024/02/23/el-ignorar-la-ley-pajarito-no-te-libra-de-su-castigo/" rel="alternate" type="text/html" title="El ignorar la ley, pajarito, no te libra de su castigo." /><published>2024-02-23T00:00:00+00:00</published><updated>2024-02-23T00:00:00+00:00</updated><id>https://dondo.com.co/2024/02/23/el-ignorar-la-ley-pajarito-no-te-libra-de-su-castigo</id><content type="html" xml:base="https://dondo.com.co/2024/02/23/el-ignorar-la-ley-pajarito-no-te-libra-de-su-castigo/"><![CDATA[<article class="h-entry">

<section class="e-content" data-field="body">
<section class="section section--body section--first section--last" name="4325"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><h3 class="graf graf--h3 graf--leading graf--title" id="bc05" name="bc05">El ignorar la ley, pajarito, no te libra de su castigo.</h3></div><div class="section-inner sectionLayout--outsetColumn"><figure class="graf graf--figure graf--layoutOutsetCenter graf-after--h3" id="56af" name="56af"><img class="graf-image" data-height="1463" data-image-id="0*hWdOzVBhomnEFkE5" data-is-featured="true" data-unsplash-photo-id="grRhpfQbBZI" data-width="2600" src="/assets/images/18b3ed-0-hWdOzVBhomnEFkE5.jpg"/><figcaption class="imageCaption">Photo by <a class="markup--anchor markup--figure-anchor" data-href="https://unsplash.com/@levidjones?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" href="https://unsplash.com/@levidjones?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" rel="photo-creator noopener" target="_blank">Levi Jones</a> on <a class="markup--anchor markup--figure-anchor" data-href="https://unsplash.com?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" href="https://unsplash.com?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" rel="photo-source noopener" target="_blank">Unsplash</a></figcaption></figure></div><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf-after--figure" id="3913" name="3913">El aguilucho se despertó antes del alba, el desespero lo mantuvo en vilo y apenas durmió. Pasó la noche entera considerando y analizando el plan. Tenía que funcionar, lo había repasado una y otra vez, así no estuviera del todo convencido de estar haciendo lo correcto. Eso poco importaba, no era capaz de reflexionar cuando la necesidad le erizaba las plumas; todo su ser intentaba superar ese horrible padecimiento.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="dc34" name="dc34">Necesitaba calmar la sed que le invadía cada rincón de su cuerpo; apagar el fuego que le carcomía el pico, las venas y el alma. Debía recuperar la lucidez que sólo una cosa podía ofrecerle e iría por ella. Después todo sería mejor, los problemas se arreglarían, mejor aún, desaparecerían.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="e70e" name="e70e">Cuando levantó vuelo notó con horror que inconscientemente estaba aleteando con ímpetu y vigor, su cuerpo no podía darse el lujo de esperar segundos a llegar, pero a pesar de que le costó, se contuvo. No podía llamar la atención. Con una determinación que desconocía de sí alivió el vuelo y se posó a unos metros de su objetivo con el mayor de los sigilos. Esperó al acecho a que los colibríes iniciaran su recorrido matutino. Llevaba días observando y calculando cuánto tiempo descuidaban el nido y cuál era el mejor momento para atacarlo. Sabía que tenía escasos minutos pero eran suficientes para cumplir con su cometido. Se había propuesto trasgredir, sin que lo lograran identificar.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="cc62" name="cc62">Una vez que los colibríes se alejaron con su despreocupada gracia, avanzó sobre el nido con todas sus fuerzas. Se posó sobre una rama. Al no considerar su peso ni la fragilidad de las ramas sobre las que los colibríes ubican sus nidos, esta se quebró. El aguilucho intentó aletear pero la distancia al suelo era muy corta para sustentarlo y junto con el nido cayó al suelo, reventando contra la tierra estéril los esmerados huevos de los colibríes.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="0777" name="0777">El aguilucho se incorporó y jadeante hurgó en los restos del diminuto nido del que sobresalían fragmentos de unos diminutos huevos que hasta entonces eran el orgullo de su clan. Los miró con ternura y compasión y antes de que su corazón se afligiera por la tragedia que presenciaba, un halo frío lo invadió y le recordó el porqué estaba ahí. Giró los pedazos con desprecio y buscó los polluelos con desesperación. Los encontró tibios. Bebió su sangre con voracidad. El efecto fue instantáneo, volvió a ser ese pájaro maravilloso del que una vez se sintiera orgulloso por triunfar en la caza. Una sensación cálida lo inundó y la mañana se hizo infinitas veces más brillante. Se elevó sin esforzarse y sintió que podía cruzar el mundo en ese preciso instante si así lo quisiera.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="2773" name="2773">Una chispa de razón le recordó que tenía que huir antes de que alguien notara lo que había hecho. Emprendió el vuelo sin el recaudo de verificar que todos los polluelos estuviesen muertos. No fue así y uno, moribundo, atinó a inflar sus pulmones aún en formación y con el último aliento entonó el canto de auxilio que universalmente todos los colibríes conocen y apelan a sus más profundos temores. Su clan estaba en peligro. Después de la tristísima melodía el polluelo cayó muerto. Logró su cometido, todos los colibríes detuvieron su vuelo en señal de luto primero y luego se apresuraron con furia desbordada al origen del llamado. Allí, la red de colibríes que iba formándose mientras llegaban más y más miembros, había arrinconado al aguilucho que, envuelto en su trance, se imaginaba que volaba sin despegarse del suelo.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="29f5" name="29f5">Los colibríes miraron con asco su actuación y aprovechando la ceguera del aguilucho, ebrio de placer, empezaron a afilar sus picos sincronizando el ritmo de sus movimientos hasta que una canción se fue formando con la vibración de sus filos. Esperaron hasta que el efecto de la sangre se desvaneciera y ahí alertaron al aguilucho de su presencia. Lo hizo el padre de las crías que yacían muertas a unos aletazos de allí. Miró los cuerpos de sus crías que ya estaban cubiertos de moscas, se arrancó una pluma del ala izquierda y la lanzó clavándose en el suelo entre él y el aguilucho cuyos ojos espantados no podían dar crédito a lo que veían. Así oficialmente los colibríes declaraban la enemistad a quien les ofendía.</p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="78d0" name="78d0">El aguilucho no lo sabía y apeló a la piedad como pudo para evitar el castigo. Los colibríes empezaron a volar a su alrededor para que desistiera volar, así una esfera brillante lo rodeó y cubrió por completo. Ésta se fue cerrando de a poco. Hasta que al contacto con las alas del aguilucho y usando la velocidad que habían adquirido con su frenesí vengativo, clavaron sus picos; los hundieron hasta los huesos y con el mismo compás succionaron tanta sangre, como sus delicados pulmones les permitieron. El águilucho murió instantáneamente. La familia había perdido a sus hijos, pero el clan los recuperó y ahora estarían con ellos en cada aleteo y cada zumbido hasta el final de sus días. A su vez, la sangre maldita nunca más podría hacerles daño.</p></div></div></section>
</section>
</article>]]></content><author><name>afrp89</name></author><summary type="html"><![CDATA[]]></summary></entry><entry><title type="html">Ex nihilo nihil fit</title><link href="https://dondo.com.co/2024/02/07/ex-nihilo-nihil-fit/" rel="alternate" type="text/html" title="Ex nihilo nihil fit" /><published>2024-02-07T00:00:00+00:00</published><updated>2024-02-07T00:00:00+00:00</updated><id>https://dondo.com.co/2024/02/07/ex-nihilo-nihil-fit</id><content type="html" xml:base="https://dondo.com.co/2024/02/07/ex-nihilo-nihil-fit/"><![CDATA[<article class="h-entry">

<section class="e-content" data-field="body">
<section class="section section--body section--first section--last" name="29ba"><div class="section-divider"><hr class="section-divider"/></div><div class="section-content"><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><h2 class="graf graf--h2 graf--leading graf--title" id="2e40" name="2e40">Ex nihilo nihil fit</h2></div><div class="section-inner sectionLayout--outsetColumn"><figure class="graf graf--figure graf--layoutOutsetCenter graf-after--h2" id="872a" name="872a"><img class="graf-image" data-height="2447" data-image-id="0*GFIXjUMucwfUTzeE" data-unsplash-photo-id="qwCrO1uEJ8k" data-width="3670" src="/assets/images/265749-0-GFIXjUMucwfUTzeE.jpg"/><figcaption class="imageCaption">Photo by <a class="markup--anchor markup--figure-anchor" data-href="https://unsplash.com/@narubono?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" href="https://unsplash.com/@narubono?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" rel="photo-creator noopener" target="_blank">narubono</a> on <a class="markup--anchor markup--figure-anchor" data-href="https://unsplash.com?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" href="https://unsplash.com?utm_source=medium&amp;utm_medium=referral" rel="photo-source noopener" target="_blank">Unsplash</a></figcaption></figure></div><div class="section-inner sectionLayout--insetColumn"><p class="graf graf--p graf--hasDropCapModel graf--hasDropCap graf-after--figure" id="1500" name="1500"><span class="graf-dropCap">N</span>ada viene de la nada, repetía Rapaz ensimismado a Rapiña, su alumno. Era el último maestro buitre de su generación y tenía el sacramental deber de transmitir a su clan el conocimiento que había acumulado a lo largo de los años preparando cadáveres.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="8e5f" name="8e5f">El implacable sol veraniego del mediodía en punto se imponía con furia sobre las dos aves que miraban con gravedad el cuerpo de una tercera que yacía ante ellos. Una grulla había fallecido el día anterior y su cadáver reposaba sobre el altar inmaculado que Rapaz había confeccionado desde que amortajara por primera vez.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="1719" name="1719">Rapaz removió las plumas del cráneo y las lanzó al viento, lo lavaron, untaron la piel con un aceite aromático, afiló su pico, y tras aspirar vapores narcóticos, Rapaz dio inicio a la ceremonia. Comenzó por hendir el pellejo del cráneo y separarlo a los lados sin inquietarse ante los fluidos que se derramaban; después perforó el hueso desnudo haciendo un agujero a picotazos y sacó un trozo de hueso. Lo escupió sobre una piedra convexa cuya finalidad era contener todo elemento corrupto. Rapaz, visiblemente cansado por el esfuerzo acumulado de los años, se arrodilló a descansar para recuperar el aliento.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="08e7" name="08e7">Sigamos con la ceremonia que nos convoca, porque a la medianoche en punto debemos haber terminado exclamó Rapaz quejándose de dolores en las articulaciones, mientras se reincorporaba de su breve descanso. Pues<em class="markup--em markup--p-em"> ex nihilo nihil fit.</em> Nada viene de la nada Rapiña.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="38a4" name="38a4">Picoteó con sumo cuidado los globos oculares de la grulla para extraerlos sin quebrarlos. De todos los pasos del ritual, Rapiña, éste es el más sagrado dijo Rapaz mientras alineaba con precisión el iris, la córnea y la pupila bajo los rayos del sol.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="0a9b" name="0a9b">Una vez que has extraído las ventanas del alma, podés ir por ella para liberarla, dijo Rapaz acentuando cada palabra con solemnidad. Pero primero, tienes que borrar lo que han visto, así separarás el mundo externo del interno, concluyó. Su voz acompañaba el humo que se elevaba mientras se quemaban los ojos y crujían bajo el rayo concentrado del sol.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="7644" name="7644">Una vez carbonizados los ojos, volvió sobre las cuencas oculares y siguiendo el nervio óptico de la grulla, succionó con fuerza su cerebro y se lo tragó. El efecto que esto tuvo sobre Rapaz impresionó a Rapiña. El otrora anciano frágil se irguió con vigor mientras sorbía los restos de materia gris que se le escurrían por las comisuras del pico y con una voz viril le recordó a Rapiña el último paso: retirar el corazón y pesarlo.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="bc9b" name="bc9b">Así lo hizo. Con un par de potentes y enérgicos picotazos, lo arrancó del pecho y lo dejó sobre el extremo de una vara que reposaba justo en la mitad, sobre una piedra redonda; el otro platillo contenía granos.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="1e21" name="1e21">Rapaz sumó granos de uno en uno hasta que los platillos estuvieron equilibrados. Anotá Rapiña, son treinta y tres semillas de alpiste. Dicho esto, le convidó a Rapiña el corazón que aún escurría una sangre negra y espesa y entre los dos lo picotearon con entusiasmo.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="aa6b" name="aa6b">Una vez satisfechos y habiendo digerido el banquete, Rapaz recuperó su adusto semblante habitual y mirando al cielo le habló a Rapiña.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="3315" name="3315">Los misterios de la muerte pertenecen a la naturaleza y los únicos que podemos transmitirlos somos nosotros, Rapiña, dijo Rapaz con la mirada perdida en el horizonte. No te ilusiones de a mucho. Los misterios que podemos poseer no son otra cosa que un compendio de procedimientos y ceremonias, argumentó el Maestro.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="8433" name="8433">Nos encargamos de que todo vuelva al punto de partida porque <em class="markup--em markup--p-em">ex nihilo nihil fit</em>. Ningún pájaro debería quedar tendido al olvido sin una ceremonia, como si fuera una víbora, Rapiña, atinó a decir corto de aliento ante la mirada escrutadora de su alumno. No, continuó, nosotros los miembros de la cofradía habitamos los aires y toda ave se reduce a carne, espíritu y facultad rectora.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="ae92" name="ae92">Por eso debemos esmerarnos en que nuestro espíritu y corazón sean plumas; el primero para que se eleve al firmamento eterno y el segundo, para ser condescendientes con nuestros dolientes, porque <em class="markup--em markup--p-em">ex nihilo nihil fit</em>. Pero, a diferencia del resto de la confederación de aves, y ya lo deberías saber Rapiña, continuaba Rapaz, los buitres no nos trepanamos entre nosotros, es decir que somos enterrados sin excerebración.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="d1f5" name="d1f5">Los patos consideran esta particularidad un privilegio de clase, la verdad es que todo se debe a que la longitud de nuestros picos no permite cubrir el diámetro del cráneo. Mientras que a los demás miembros les parece repugnante buitrear a un buitre, como dicen ellos con desprecio.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="f64f" name="f64f">Pero su asco no es más que el temor que les inspira nuestra aspereza. Si lo consideras bien, Rapiña, su rechazo es un honor. Verás Rapiña, decía el Maestro con modestia, no hace falta que te alteres por el menosprecio que nos profesa la confederación.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="2f9e" name="2f9e">Que te honre saber que nosotros somos guardianes de un ciclo que se ha perpetuado por los siglos de los siglos. Nada viene de la nada. La cofradía de las aves es injusta con nosotros, pero así es la naturaleza de las aves.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="9faa" name="9faa">Yo creo que el que nosotros podamos sobrellevar este peso es fundamentalmente un asunto de tamaño craneal, por más que los patos se opongan a la evidencia física y nos censuren cuando los confrontamos con los hechos.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="d84b" name="d84b">Para rematar, los patos insisten en afirmar que lo nuestro es una concesión injusta y desmerecida. Pero, dime Rapiña, si la ley de la naturaleza nos lo impide y las leyes de la confederación lo reiteran, ¿cómo esta condición de servidores de la muerte puede ser una prerrogativa? ¿qué prebenda es esta que no nos aporta ninguna regalía?. Son necios y no debemos impacientarnos ante su ignorancia.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="e107" name="e107">Nuestros cerebros son más grandes, sí, es un hecho, y eso se debe sin duda a que hemos practicado nuestros ritos con esmero a través de los tiempos. Piensan que por comernos el cerebro nos adueñamos de sus ideas o que por retirar el corazón, podremos conocer sus traiciones.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="966d" name="966d">Mirá Rapiña, el cerebro y el corazón no son más que masas inertes cuando el espíritu abandona el cuerpo y la facultad rectora se escurre por los orificios. El primero tiene pliegues corrugados que lo convierten en un laberinto del que muchas aves no pueden escapar, como los patos que se ahogan en su mismidad. El segundo está tan enmarañado en nervios que si no se libera pronto, termina por pudrirse en vida arrastrando al espíritu y la facultad rectora con él.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="f0f0" name="f0f0">Así, no hay secretos ni pasiones de las que nos adueñamos. Y si fuese por eso, no hace falta hacer mucho para indagar el alma. Basta con mirar cualquier ave con detenimiento y sin prejuicios para tener una noción de qué oculta entre sus plumas.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="a26b" name="a26b">Por eso nos temen y nos evitan, porque habitamos el silencio y ejercemos irreductiblemente la paciencia. Por eso nos maltratan y condenan a la periferia, pero no les queda otra que acudir a nosotros cuando quieren perpetuar el ciclo de la vida, porque <em class="markup--em markup--p-em">ex nihilo nihil fit</em>.</p><p class="graf graf--p graf-after--p" id="171a" name="171a">Ahora Rapiña, es hora de envolver la grulla y llevarla a su lugar de descanso donde ya deben encontrarse sus dolientes. Mañana cuando despunte la aurora la enterrarán. Sabrás que ellas mezclan sus huesos con la tierra seca de los desiertos, porque sólo en la escasez se valora el alimento, el agua y el buen tiempo. Así es y ha sido para la cofradía siempre por los siglos de los siglos.</p><p class="graf graf--p graf-after--p graf--trailing" id="3a21" name="3a21">Retirémonos pero antes de partir recuerda que nos tienen que pagar treinta y tres semillas de alpiste por nuestro servicio, es esto lo que sella la ceremonia y mantiene el equilibrio de la vida y la muerte. Así podemos comprometernos para llevarlo a su descanso eterno. <em class="markup--em markup--p-em">Ex nihilo nihil fit</em>.</p></div></div></section>
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</article>]]></content><author><name>afrp89</name></author><summary type="html"><![CDATA[]]></summary></entry></feed>