
El día que amaneció oscuro. Muy oscuro.
Todo empezó en la mañana del 19, amanecía el calor en Cúcuta un jueves. Yo me había adelantado para lo que sería un fin de semana de descanso con un poco de alcohol, tranquilidad y felicidad. Algo de resaca que se veía venir desde que aterricé la noche anterior me incómodaba como una mosca zumbandome en los oídos. Ya empezaba a escuchar los ruidos torpes de una familia que se despertaba de a turnos, primero mi abuelo con su figura pesada que seguía su rutina metículosa de años con una precisión milimétrica. A mi parecer llevaba un par de décadas parándose sobre la misma baldosa a la misma hora, todos los días de la semana, mirando el horizonte por el ventanal del segundo piso con un cigarrillo meditabundo en la mano. Mi abuela con la suavidad de la seda abría sus ojos, miraba al techo, se quedaba unos minutos ahí hasta que mi abuelo pasaba a su lado y entonces se incorporaba. Unos minutos más tarde despertó mi papá. Pero rompió la rutina de los días de calor que todos tan bien conocíamos. Habló.
El orden del universo que ocupaba las paredes de la casa se quebró. Lo hizo con la suavidad y determinación de una fisura en el vidrio. Avanzó con lentitud hasta que llegó a mí. Mi papá me despertó con impaciencia. Mientras me hablaba con preocupación yo veía como sus labios se movían pero no llegaba ningún sonido a mis oídos. Nada tenía sentido. Me esforcé por escucharlo, por entender lo que decía. Entendí. Nada tenía sentido. Lo habían llamado de Barranquilla, mi primo no había ido a dormir la noche anterior, y una información escueta que hacía ver que no era algo habitual.
Mi familia adoptiva que para entonces vivía allá en Barranquilla estaba al tanto de la situación, dándole una mano a mi familia real, la de mi papá. Supuse que no sería nada fuera de lo común. Nada alejado de la juventud de mi primo. Pensaba yo que estaría dormido en la casa de algún amigo, con resaca y su teléfono descargado. Algo típico de mi hermano menor. A medida que se desenvolvió la mañana, la situación fue ligeramente más entendible, a medida que los pocos datos que habían empezaban a encjar. Sin embargo no sabíamos nada de él. Yo consideré que hacia el mediodía todo estaría resuelto y la tranquilidad de que todo fue un gran mal entendido flotaría sobre nosotros.
Decidí seguir con el plan trazado, dedicado al placer y la aventura. 9 am en Pinar del Río. Allí nos reunimos el grupo de montaña con los tanques de nuestros vehículos anfibios llenos de combustible, eramos un poco más de 20. Partimos hacía el sur, cruzamos el centro de la ciudad, salimos por una calle sin pavimentar hasta que estuvimos en el desierto. Anduvimos cerca de 2 horas, el recorrido se interrumpió cuando uno de los conductores perdió el control y fue a dar contra una cerca,y se partió algún hueso de la pierna derecha. Él y sus amigos cercanos se devolvieron a la ciudad a buscar ayuda. Nosotros aprovechamos para descansar un poco, tomar algo de agua y replantear la ruta. Yo tomé mi teléfono e intenté comunicarme con mi papá pero me encontraba en un lugar perdido del mapa y no existía forma de contactarlo. Supuse que todo estaba bien y seguimos. Nos abrochamos los cascos y nos perdimos en la arena. Una hora más tarde estábamos en un río, debajo de una vegetación frondosa, espesa y fresca. Saltamos al agua para quitarnos toda la arena de la ropa y el polvo de la cara. Nadamos, jugamos y reímos. La vida era buena.
Uno de los integrantes del equipo se sentó en una piedra y nos recordó que unos meses atrás estuvo a punto de perder su vida en un río similar. Entre detalles contó que la corriente empujó su vehículo más de lo que él pensó posible y lo volcó. Él se aferró para no perderlo y se hundió. Empezó a ahogarse y lo dejó ir. El vehículo quedó atascado corriente abajo. Pero él aún recordaba con miedo aquella situación. La vida cambia en un segundo fue su gran conclusión.
Supuse que ya había mejor cobertura. Estábamos cerca de un caserío, tomé mi teléfono y lo primero que hice cuando escuché la voz de mi papá fue preguntar por mi primo, con la ingenuidad -una vez más- de que todo era un gran mal entendido. -¿Ya apareció verdad? ¿Estaba dónde un amigo?- la respuesta de mi papá retumbó como un disparo en la maraña. -Apareció muerto-.
Ese día se oscureció. Nunca volvió a amanecer.