Ácrata y Banquero
Ficciones, alegorías y otras incomodidades.
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Así nací


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El punto de inflexión apareció como un momento de claridad en medio de toda la confusión que usualmente está asociada a ella. Tomabamos café en medio de una noche seca. La luz de las velas y su mirada se confundían mientras yo le hablaba de mis paraísos perdidos,de los mundos que me habitan y de un par de fantasmas. Ocasionalmente interrumpía la conversación para insistir en que estaba partícularmente más atractiva, que su suavidad esa noche no era usual. Su cabello; su sonrisa.

Quererla es fácil

Es simple. Es dejarse llevar por su inocencia, por su bondad, es tenerle paciencia. Sonreir con ella y mirar las estrellas. No tomarla de la mano y por sobre todas las cosas no morderla. Pero amarla es otra historia completamente distinta; una causa perdida. No sólo es díficil sino que es imposible, ella simplemente no está diseñada para eso. Quizá su hipotálamo no sea un buen administrador de recursos, o quizá tenga alguna particularidad. Puede también suceder que su Hipofísis no libere las hormonas que tiene que liberar. Que su Tálamo no reciba bien los impulsos. Para no ahondar en el tema, su Diencéfalo no ayuda. Yo nunca me había enfrentado a un Diencéfalo. A juzgar por el nombre debe ser similar a un minotauro o algo así.

La voluta del humo se deshizo pronto.

Encendí un cigarrillo, la nicotina siempre hace buena combinación con la cafeína -quizá porque ambas se traten de aminas, la cafeína es una terciaria y la nicotina una heterocíclica. Ambas son alcaloides, pero eso es otra historia-. Mientras dejaba salir con calma la primera bocanada de humo pude ver como ella tomaba un cigarrillo de la cajetilla y cuando lo acercaba a la llama sonreí y le dije que era una ladrona. Acto seguido lo devolvió a la cajetilla y me dijo con una picardía que le brillaba en los ojos que ella nunca se había robado nada y que nunca lo haría. Pensé que la había acorralado mientras dejaba salir la estocada final. — ¿Segura? Yo creo que eso es mentira. Porque por lo menos a mí me robó el corazón — . No estaba acorralada, no era si quiera un remedo de estocada. — No no querido, yo no te robé tu corazón, ni mucho menos, no vengas a buscar nada aquí que yo no lo tengo — . El punto de inflexión. — Ok, entonces no tengo idea donde está. Quizá lo perdí. O así nací. Sin corazón y con la rótula izquierda partida en dos.

El silencio.