
Ojalá
Me fui de Bogotá el 23 de Junio del 2013 y la extraño sumergido en la melancolía. Como si la hubiera tenido y me la arrancaran de las manos. Como me dueles Bogotá.
Bogotá perdió la batalla contra sí misma. Se convirtió en un ogro enorme de 8 millones de cabezas que se mordisquean hasta que lentamente se va haciendo pedazos. Se le llenó la boca de decir cuan importante era. Se durmió en los laureles.
Por eso es que ahora tiene que asumir un reto con elegancia y altura; redefinirse (odio usar el “re” pero es que en Bogotá todo tiene que ser “re”, rehecho, rearmado). Ya no es la Atenas de America Latina. Eso lo puede saber con naturalidad cualquiera que haya puesto los pies en Santiago de Chile o en Buenos Aires. Lo que se ve en Bogotá es que las viejas estructuras de poder se corrompieron hasta el punto que se volvió visible en la ciudad. La corrupción podrida inunda de huecos y de ladrones las calles. Los problemas nunca se solucionan y cuando alguien quiso hacer algo — así no tenga que ver con los reales problemas de Bogotá — contó con la fortuna de que el procurador no puede hacer uso de la guillotina. Porque le habría figurado.
Bogotá se convirtió en el campo de batalla de la política. Por eso se ve como un campo de batalla y se comporta como tal. Es la ciudad del caos. O de la furia si fuera la de Cerati y estuviera vivo. La intolerancia pululante hecha edificios y calles congestionadas. Una tristeza.
Una tristeza porque es absoluta responsabilidad de los Bogotanos. Que viven a diario viendo como la ciudad se hace pedazos y se niegan a hacer algo. ¿Cuándo alguien se ha manifestado porque la ciudad se viene a pique? Simplemente esperan a que Vicky Dávila con su estúpida articulación diga: “Hola la cosa política sigue Movi-éndose”; ver el caos según RCN o Caracol, lo cual es increíblemente tonto porque lo vemos a diario en la calle. Es decir, se prende el televisor para que nos cuenten que la calle del frente está hecha añicos. Y como sale en televisión, se espera que alguien haga algo. Pero ni yo ni mi vecino haremos absolutamente nada. Ahora bien, si está de moda desparramar colorantes esnobistas y chauvinistas; sale la sociedad (usualmente la desocupada y/o de clase alta) a participar; pero para ofrecer soluciones no existe absolutamente nadie. Y el que asoma la cabeza se la cortan, o no Alejandro?.
Bogotá es la sintésis de Colombia. Un pueblo que puede pero no quiere. La ventaja es que a diferencia de Bogotá, el resto de Colombia ya empezó a despertarse. Un aplauso a la desobediencia civil, que con coraje se le fue lanza en ristre contra las frases típicas de ministros y comunicados presidenciales. Es que mientras aquí nos creemos lo máximo y no hacemos nada para que al menos se note, nuestros vecinos tienen inversiones en infraestructura que nos convierten en un museo medieval.
Llegó la hora de que Bogotá responda a sus preguntas y se redefina. Porque Pablo Escobar hizo pedazos a Medellín y su área metropolitana, y los hermanos paisas muy berracos fueron capaces de sobreponerse y tener la maravilla de ciudad que tienen. Armenia de un día para otro se deshizo. Y casi que de un día para otro, los cuyabros la armaron desde cero. Pero, ¿los rolos? o ¿la gente que habita Bogotá? Viven en una abulia insoportable. Mientras el resto del país se enfrenta a cosas serias, en Bogotá no se ha podido terminar de decidir si se hace un metro que se necesita o si el alcalde por no ser de gran apellido se queda o se va.
Eso es lo que tiene jodida a Bogotá. Que los que tiene que hacer algo no hacen nada y se roban todo. Y los que están en la obligación de corretear a esos parásitos, se cruzan de brazos y se lamentan de vivir el infierno. Está prohibido quejarse y no hacer nada. Y si no hace nada es porque indiscutiblemente está viviendo en la ciudad que se merece.
Ojalá algún día antes de que llegue el apocalipsis (biblíco o zombie), o aparezca otro calendario Maya (o cualquier otro pueblo que se vuelva chic), o nos estrelle un asteroide errante, o se desate la tercera guerra mundial, o Nati Paris sea presidente, u Ordoñez sea El Papa, podamos rehacer esos retazos de sociedad en un gran tejido social.
Ojalá se te acabe la mirada constante
la palabra precisa, la sonrisa perfecta,
ojalá pase algo que te borre de pronto.
Una luz cegadora, un disparo de nieve
ojalá por lo menos que me lleve la muerte
para no verte tanto, para no verte siempre en todos los segundos, en todas las visiones.