
Eso de hacerse el ciego
Es una cosa muy brava llegar hasta el punto en el que pesa tanto la conciencia y duele tan profundamente las heridas, que un país entero termina por agachar la cabeza.
Querer obviar esas caras de tristeza con la tez tostada por el frío y el sol. Ignorar la mala ortografía en sus cartulinas cuarteadas. Ignorar sus niños con juguetes mordisqueados y pelados.
Pero pasa en la esquina de su casa y la mía. Y es increíblemente desconcertante como puede ser que esa realidad explícita, esa cantidad de miradas descreídas está día y noche como un fiel recordatorio de la vida que una vez habitó ese cuerpo y de las sonrisas que se fueron para un sitio de jamás volver, que hasta ayer se llamaba casa.
Esa casa que queda en la oscuridad de la selva que usted y yo no hemos explorado porque no hace eco en Facebook o en la TV. Esa que está en la prehistoria, donde nunca llegó del todo la electricidad, dónde se baña con totuma y se lava en el río. Esa casa que usted y yo hemos visto cuando vamos por carretera a algún lugar digno de Instagram. Esa casa que aparece de forma intermitente entre la fronda. Esa que es su casa.
Ese lugar al que pertenecen. Que los hizo felices. Dónde vivieron los años buenos, esos que están llenos de tardes soleadas en la plaza del pueblo dónde en fechas especiales se lanzaban voladores. Dónde no tenían que mendigarle un pedazo de pan a la bondad. Dónde no eran de segunda.
Lo increíble que sería este país si la gente pudiera volver a dónde pertenece, y que tuviera precisamente una pertenencia, un pedacito de esta tierra dónde nació y creció. Un terruño donde se pueda dedicar a plantar lo que quiera y que no esté preocupado porque sabe que existe una comunidad de la que él hace parte y lo respalda. Dónde estuviera convencido que su vecino es su hermano, porque comparten las mismas raíces. Dónde su trabajo es algo digno e importante para el país. Un pedacito del mundo donde podrán ver sus sueños madurar, un pedacito del mundo para esperar el ocaso de sus días. Donde hagan parte de algo que piensa en ellos y se alegra de su bienestar, algo que se llama Colombia.
Una Colombia que los cuida porque conoce y entiende el mosaico cultural y regional que la compone. Una Colombia que está tan segura de sí que puede mirar al mundo de frente e ir tras él.
Una Colombia dónde no existe gente de segunda. Dónde la servidumbre no viene de Tolima. Dónde nadie le sirve a nadie, una dónde todos se cuidan a todos.