
La Catalina
La conquista
La Catalina apareció en mi vida un 25 de octubre, el año sería 95 o 96. Era una noche húmeda porque recién habían cesado las lluvias que trae el Monzón. Papá la dejó afuera del hospital militar, donde mamá fungía como directora. Cuando me subí por primera vez noté que tenía ruedas auxiliares que me guiarían mientras aprendía a equilibrarme. Me pareció una idea genial. Me sentía invencible. Hasta que decidí cruzar el enorme charco que se había formado unas noches atrás. Por casualidades de la vida, justo en la mitad del lago una de las ruedas que estaba floja, cedió. Mientras me caía y tragaba agua asentada, no pude evitar sentirme profundamente traicionado. Esa noche no quise montar más en ella. La primera noche la odié. Al día siguiente lo volví a intentar, lejos de los charcos. Y con amargura me di cuenta de que las ruedas auxiliares no me ayudarían mucho si seguían cediendo. Así decidí que si nos íbamos a aventurar, sería en serio. Y las quité.
El amor
Desde esa entrega incondicional y pura de La Catalina, pasaron muchas cosas. Definitivamente desafié muchos charcos y no volvió a fallarme. Además de los respectivos raspones y cicatrices, las cosas que vivimos juntos son indelebles. En sus brazos experimenté la libertad por vez primera; fue ella quien me dejó habitar un mundo sin limites. Un universo de aire fresco sobre la cara y de rutas perpetuas para transitar sin la pesada carga de tanta gente alrededor. Eramos ella y yo. Nada más ni nada menos. Estar con ella quería decir que podía estar en cualquier parte si así lo deseaba. Con ella viví la belleza de hacer realidad esas pulsiones que me invadían. Ella me enseñó una valiosa lección; si se desea y pedalea, el camino es lo de menos.
El recuerdo
Pero como todo en la vida, tiene su final. Pronto mis padres cambiaron de asignación y ya no viviríamos más en esa calida ciudad. Nos dirigíamos a la fría capital. La Catalina no iría conmigo. Se quedaba una parte de mí con ella. Un pedazo de mi corazón era de hierro y tenía la forma de La Catalina; pero se quedaba sin pretender una explicación o algún consuelo.
Después de eso la cosa no mejoró mucho y empeoró un poco. Las bicicletas sólo son alusiones al pasado; me volví un adulto. Con absolutamente todas las virtudes y vicios que eso significa. La pesadez de la existencia encima y la tonta ilusión de que mañana será un día mejor. Nunca se tiene un buen día si no se está volando así se con las ruedas en la tierra. Pero eso es algo que sólo La Catalina y yo podíamos entender; y ahora ella se fue.
Yo sigo aquí mirando por la ventana como es que todo se volvió tan serio y cuando la existencia misma se volvió un fastidio. Me gusta pensar que en el cielo podré estar con ella excepto por el ligero detalle de que soy ateo y que ella no tiene un alma que acepten en el cielo. Porque así es el dios ese, aristocráta en el paraíso y democráta en el infierno.