Ácrata y Banquero
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Carlos, el deambulante


Carlos, el deambulante

Pasó que iba tarde para el examen de cálculo — en ese momento no sabía que lo perdería — y en el camino a la universidad apareció un personaje andrajoso: Carlos, el deambulante. Con el cabello sucio y empegotado. Con jirones de tela que colgaban de su semidesnudo torso. Se acercó a mí con velocidad y me pidió una moneda. Yo no tenía ninguna moneda encima y traté de hacérselo entender. Lo único que logré fue hacer que se tornara agresivo y empezara a amenazarme con apuñalarme. Entonces pensé con cabeza fría y le dije que me acompañara a retirar dinero que no tenía nada conmigo en ese momento. En un descuido, entré por la única puerta abierta que había a esa hora; se trataba de un centro cultural donde había guardias. Él se alejó y nunca más olvidé su rostro. Lo odié profundamente. Odié que me hubiera tomado desprevenido, que me hubiera amenazado, incluso ahora que lo pienso, creo que hasta lo responsabilicé de mi mal resultado en el examen. Duré un semestre entero repitiendo la materia y pensando con frecuencia en ese incidente. Lo repetía inconscientemente, probando distintas combinaciones de palabras pero siempre llegaba a lo mismo. Debí haberlo golpeado y tirado al suelo.

De vez en cuando camino a clase, podía ver como él asustaba a chicas que se cruzaban en su camino. Varias veces intercedí por ellas sabiendo bien que el holgazán basaba su estrategia en el miedo.

Pasaron varios años y una mañana temprano — como la primera vez que nos cruzamos — lo vi a lo lejos recostado contra una pared, en la esquina de La avenida Jiménez y la Carrera 3ra. Supe de inmediato que él había puesto sus ojos sobre mí. Caminé dos cuadras preparándome para el encuentro. Lo primero que dijo fue lo usual; que le diera una moneda. Ante mi negativa me dijo algo así como: “¡Ay! Deme una moneda que yo sé que tiene, o mire a ver si se deja quitar el celular que tiene en el bolsillo. ¡No se haga puntiar!”. Ese fue el clímax de mi odio. Sin saberlo llevaba años esperando este segundo encuentro frente a frente. No iba a salir corriendo como ese Andrés Felipe ingenuo y asustadizo de antaño. Esta vez las cosas serían distintas, había simulado mil escenarios imaginarios. Le hablé con ira contenida. Le dije que no me fastidiara la vida, que no tenía monedas y que se había jodido. A lo que me respondió que no le faltara el respeto. Cosa que me pareció profundamente irónica y me enfureció más. Mi respuesta fue airada: “No le estoy faltando al respeto, además cómo carajos se atreve usted a pedir respeto. Quítese de mi camino y no me joda.” En ese momento ya tenía adrenalina corriendo por las venas ante lo que yo veía como un enfrentamiento inminente. Alguno de los dos iba a terminar mal herido. Él o yo. Y yo iba a hacer todo lo posible para que fuera él.

Noté que tenía una mano escondida; supuse que tenía un puñal en ella. Pero cuando la reveló, tenía una bolsa. Y así como se había levantado de la pared, se volvió a recostar en ella.

Pasé el resto del día contrariado. No podía creer lo que había pasado; una parte de mí deseaba haber finalizado ese asunto de una vez por todas. Pero la parte dominante estaba convencida de que ese desenlace era el más favorable de todos los escenarios. Seguía sin comprenderlo porque era el único que no había considerado.

En la noche le conté a papá lo ocurrido. Él me miró con ternura y me dijo que eso no estaba nada bien. “No está bien que usted, educado, se vaya a los golpes con una persona que a duras penas puede sobrevivir el día a día. No está bajo ningún punto de vista bien, que usted sea un problema para alguien cuya existencia misma, sea una odisea.” Quedé atónito.

Mi papá tenía razón. Me había alejado de mi naturaleza. Me había dejado llevar por la ira y la venganza. Durante años me dediqué a seguir la furia como consejera. Terminé por dejar en manos de Carlos el deambulante lo que fue ese día, y lo que hubiera podido ser mi vida.

Decidí que tenía que enmendar simbólicamente mi equivocación, que había sido conmigo mismo, pero había tomado la forma de Carlos, el deambulante. Lo volví a ver y esta vez fui yo quien se acercó. Le pregunté que si había desayunado y me dijo — no era una sorpresa — que no. Le ofrecí invitarlo a desayunar. Aceptó mi invitación y me dijo que él prefería que le diera una bolsa de leche y un poco de pan. Porque más que hambre estaba preocupado por su bebé recién nacido que no comía hace unos días. Y que eso era lo único que podría calmar a su hijo. Así hice y se despidió de mi entre lágrimas. Me agradeció por darle de comer a su bebé.

Nunca más lo volví a ver. Fue como si un hechizo se hubiera roto. Como si una maldición hubiese sido reemplazada por un gesto de paz y tolerancia. Nadie sabe con que sed vive el otro.