El sótano
Es domingo por la mañana. La resaca no me deja dormir más. Mamá me pidió que limpiara y ordenara el sótano porque vamos a instalar la máquina a la que conectaremos a la abuela. Afuera hay un día soleado que inunda mi habitación. No quiero bajar. No quiero hacer nada. Quisiera quedarme aquí quieto y morir en silencio. Pero eso no es una opción. Al menos no en un hogar católico donde la vida tiene que ser una cosa pesada que se debe atesorar. Así que sigo mi sistema antisuicidio: saco de entre mis libros mi pipa de vidrio y un pellizco de flor de marihuana. La dejo caer en el quemador, la enciendo y trago tanto humo como dura la combustión, así garantizo que el humo no inunda la atmósfera. Después exhalo cuidadosamente en un pañuelo impregnado con un compuesto que diseñé: Vinagre para desactivar el olor, vodka para reemplazarlo y Alcohol antiséptico para que se evapore fácil. Atomizo un poco más en el aire para evitar cualquier residuo. Siento el zumbido; la descarga de dopamina y serotonina. La luz es mucho más brillante y el tiempo se detiene. Siento que levito y sin si quiera notarlo estoy en el sótano. Enciendo la luz. Observo todo lo que tengo que hacer, hace años no se barre y hay juguetes de mi hermano arrumados. Ha pasado mucho tiempo. Parece ayer cuando a Papá lo asignaron a esta división. Él se preocupó mucho porque creía que la guerra estaba mermando. Pero la llamada de ese día fue de urgencia. Recuerdo que él contestó el teléfono y después de una larga discusión con el presidente, cortó la línea. Me miró con su uniforme cansado y me dijo Andrés, ahora conocerán como es de verdad un asesino. Me dejé llevar por la marihuana, tengo que concentrarme. Voy a limpiar.
Organizo todo de forma milimétrica. Soy obsesivo con la alineación de las cosas. Me doy cuenta de que hay algunas cajas viejas que podría botar. Amontono todo como puedo en esas cajas y para ir despejando me dirijo al contenedor de basura al final de la calle. Son cuatro cajas y me llevo dos en el primer viaje. Saludo a la señora de Pico que está en su jardín tomando el sol en un bikini que cubre cuando me ve pasar. Avanzo un poco más y en la mitad del trayecto una se desfonda y cae un fajo de billetes ensangrentados. Quedo atónito contemplando la situación ¿Estoy alucinando?. La señora de Pico me grita que si todo está bien. Me doy cuenta de que me englobé y capaz estuve abstraído varios minutos. Vuelvo en mí. Tengo dos cajas en mis manos, una de ellas con fajos de billetes goteando sangre y uno se cayó. La señora de Pico está inclinada sobre su verja preguntándome si todo está bien. No! No está bien. Pero ella no puede ver nada! De dónde viene este dinero? Tengo que volver a casa de inmediato. Como puedo levanto el dinero, enrollo la caja desfondada en mi camisa y me regreso con premura a casa. Paso frente a ella y le miro las piernas morbosamente para que no haga preguntas. Se desliza los lentes y mirándome fijamente me pregunta que si quisiera aplicarle bronceador en todo el cuerpo. Mi estrategia no sirvió así que me apresuro aún más.
Por fin entro a casa. Me voy corriendo al sótano. Tiro las cajas y ensucian el piso que ya había limpiado. Entro en pánico. Porqué hay sangre en los billetes? Porqué hay tanto dinero en esta caja?. Abro la otra caja y me encuentro con una mano humana. Estoy muy asustado. Reviso las otras dos. En una encuentro una cabeza sin rostro. La piel arrancada la encuentro en la última caja.
No entiendo nada. Vomito hasta perder la conciencia. Vuelvo en mí y estoy tirado en el suelo del sótano impecablemente limpio. Vacío. Sin los juguetes de mi hermano. Estoy muy aturdido, subo las escaleras y me encuentro con que en casa está la señora de Pico. Está vestida con una falda ajustada y perfectamente arreglada. Me ve y se acerca rápidamente para aterrizar una cachetada en mi cara. Poco hombre me dice. Una mujer nunca se rechaza, me grita. Ahora cógeme. Se abre la camisa y se tira de rodillas a bajarme la cremallera. Trato de apartarla y se aferra a mis piernas con fuerza. No sé como alejarla sin herir su susceptibilidad. Se abre la puerta y Mamá llega con la abuela y un contingente médico para instalarla. Veo por la ventana la gran cantidad de autos y me odio por no haberlos visto llegar. Todos están atónitos. Yo estoy en shock. Siento que me disuelvo. Me falta el aire. Empiezo a ahogarme. Me desplomo y veo como todos se acercan a mirarme sin ninguna expresión. Nadie grita nadie se alarma. Todo se oscurece.
Siento un dolor terrible en la cabeza, trato de abrir los ojos pero los párpados me pesan. No puedo hablar. Escucho sonidos que se van volviendo más claros hasta que entiendo lo que dicen. Es la voz de un doctor diciéndole a Mamá que estoy saliendo del trance. Me abre los párpados, estamos en el sótano y la veo a ella quebrándose en un llanto profundo mientras el médico le deja saber que existe una posibilidad de que yo sea consciente. Claro que lo soy. Alcanzo a ver a mi padre en su uniforme y al sacristán de la división. El médico deja caer mis párpados de nuevo y escucho a Papá decir hijo mío, mueres por la patria. Mamá grita desgarrada y el sacristán empieza a hablar en latín.