No duerme ni descansa
Ella me busca. Cada día y cada mañana. No duerme ni descansa. Se la pasa interpretando las estrellas, el tarot o hasta una mancha de café. Es inmortal creo yo. Porque desde que la conozco no ha envejecido ni una cana. Quisiera que ese día no hubiera pasado. Ella encarna el mal. Me quiere hacer daño. Quiere mi alma para ella.
No. La verdad no es esa. Es otra. Esa es la verdad que me conviene a mí. La que se ajusta a mis pesadillas. La que me justifica en cada conversación ocasional con desconocidos con los que me voy cruzando. Pero la realidad sobre la que me cuestiono en la ducha o los días de resaca es otra. Una dónde aparece una tercera persona que yo esfuerzo en olvidar. Una personita. Se llamaba Paloma. Vivía a unas pocas casas de la mía allá en la costa. Tenía 7 años y me la llevé un día que hacía sol. La engañé con la facilidad con la que se engaña a un niño.
La engañé diciéndole que la llevaría a conocer los palacios de las películas. Ella creyó en mí, y eso no era difícil. Yo la tenía ya vendida y eso tampoco era lo difícil. Lo difícil era matarla. Pero lo imposible, y yo no lo sabía, era vivir con el recuerdo de sus ojos almendrados. Vivir con su mirada inocente. Vivir con el sonido de su cuerpo inerte cayendo sobre la arena.
Me asqueé de mi alma mientras disectaba y separaba los órganos que más tarde tenía que entregar a los clientes. Sentí pena por sus pupilas que me miraban fijamente mientras yo cuidadosamente desprendía sus córneas. Me desvanecí un par de veces pero al final conseguí mi macabro cometido. Cumplir con el pedido. Corneas para un señor japonés. Riñones para un niño de Irlanda. Un hígado limpio para una niña francesa. Un corazón para alguien que no tuviera. Ese alguien podía ser yo.
Meses pasaron y mi vida giraba alrededor de las sustancias. Todo en un esfuerzo inútil de olvidar su manos de princesa, sus ojos inocentes, su corazón ingenuo y sobre todo la bajeza de mi ser. Un día entre mis alucinaciones de drogadicto, vi a su madre con un vestido negro roído y deshilachado. Su cara tostada por el sol me apuntó desde una cuadra de distancia. No corrió hacia mí. Al contrario pareciera que su marcha se volvía más serena mientras se acercaba. Mi miedo fue tal que me oriné encima y traté de arrastrarme sin conseguir más que avanzar un par de metros sobre el barro y la orina. Me desmayé.
Desperté en el hospital. Pregunté a las enfermeras la razón por la que estaba allí. Me dijeron que un vecino de la zona vio a un borracho tirado en el piso inconsciente y vomitado. Por lo que decidió llamar a una ambulancia. Y ellos, en el hospital tenían que brindarme atención así no estuvieran de acuerdo en que los mendigos infestaran sus sábanas.
Salí del hospital cuando el guardia se descuidó. No quería que nadie supiera nada de mí. Mientras iba en el bus, en la parada sobre el cementerio, se subió una señora. La mamá de Paloma. Me bajé con prisa y vi como su mirada impávida y fría se posaba sobre mí.
Desde entonces estoy huyendo. Ya no sé dónde meterme. No existe un lugar en el que no me encuentre. Nunca me ha llegado a decir algo. Pero creo que no tiene mucho que decirme. Así que si llegara a abrirse la puerta de esta habitación una vez más, me disparo en la cabeza.