
El frenesí del nuevo siglo.
Ya lo había dicho Kundera en La insportable levedad del ser. Vamos muy rápido. Baudrillard nos habla de El intercambio imposible en el que nos envuelve la virtualidad. Mucho se extendió Bauman sobre los cambios en la vida de nosotros — habitantes de La modernidad líquida — que significan estas pantallas omnipresentes y omniactivas. Pero hay un espacio que está por definirse y es obligación nuestra — los ignominiosos — llevar a cabo esa tarea.
Con lo anterior sólo quiero darte una voz de aliento y alivio. No estas sólo. No estamos sólos. Lo que si, estamos profundamente aislados; en muchos casos anestesiados. Asumo que perteneces a este vanguardista mundo tecnológico. Parto del hecho de que puedes apreciar como nos van devorando las máquinas — como nosotros, los tecnócratas, ayudamos a eso con métodos y parámetros, un objeto a la vez.
Habitamos una virtualidad donde tenemos la finalidad de ser nosotros mismos y en últimas no ser nadie. La popularización de la personificación — un oxímoron con nombres propios, como Facebook, Twitter y capaz este medio (¿um?) — . Corroe la personalidad, las relaciones personales, la definición incluso de ocio y trabajo como la conocíamos de antaño, no es que esté bien o mal, es que no sabemos como entenderlo. Algo similar dice Marguerite Youcenar le pasó al emperador Adriano, en sus notas para escribir Memorias de Adriano a partir de un extracto de Flaubert. Adriano nació en una epóca en la cual los dioses de la antigüedad se habían extinto y Jesucristo no había nacido. Los dioses de ayer han ido cayendo uno tras otro; la religión, el trabajo sacrificado, el matrimonio, la familia, etc.
La buena noticia es que precisamente esas caídas están creando espacios que hay que llenar con lo que a nosotros nos plazca. Es nuestra incursión en la historia. Desafortunadas las generaciones que tuvieron la seguridad de que todo estaba definido por mandato divino o politico. Hoy casi nada permanece intacto. Nosotros, los habitantes de la modernidad líquida hemos licuado casi todo. Pero en ese afán demoledor nos hemos dado cuenta de que hay demasiado vacío. La aproximación consumista nos dice que todo se puede comprar; que se trata de una crisis temporal que tiene un final feliz; pero sabemos que esto es algo más profundo que supera el fetichismo de las mercancías. No queremos cosas, queremos ser alguien.
Ahí es donde las enseñanzas de Bauman son sumamente valiosas. En Amor líquido hace un llamado a la valentía y el amor para habitar estos espacios desconocidos y siempre cambiantes. Aferrarse con valentía a lo desconocido y tener el amor propio para poder mantenerse aflote en un mundo antiséptico. Esa es mi invitación, después de tanto contexto. Una invitación a redefinir cada vida en sus propios terminos. Que cada quien haga aquello que siente lo constituye; pero de una forma auténtica, autonoma. Una cosa es qué hacemos para pagar las cuentas; otra es lo que hacemos para hallarnos a nosotros mismos. Hay que ser valientes. Escribir frases que leerán 300 personas es algo importante. Pero mucho más importante es lo que hagan esas personas con nuestros 140 caracteres.
Si cada uno de nosotros puede hacerse cargo de sí — de sus ideas, de su responsabilidad en el mundo, de ejercer su ética, de cambiar su realidad — las grandes revoluciones se reducirán a temas de la cotidianidad y por fin dejaremos de necesitar armas para cambiar el mundo.
Postdata: Siento mucho lo de tu calvicie.
Saludos,
Andrés Felipe Redondo Peñaranda.