Ácrata y Banquero
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¡¿Dónde están los psiquiatras?!


¡¿Dónde están los psiquiatras?!

Yo estoy muy molesto con ellos. También con los psicólogos, pero le tenía más fe a los psiquiatras. Porque tienen el poder de los medicamentos, de los antidepresivos. Esto porque ahorra esfuerzo.

Estoy molesto porque vienen haciéndose los desentendidos con un problema digno de todos los estudios y tesis de su campo. La guerra.

Un día, por alguna de las miles de líneas que he desperdigado por la red alguien me alcanzó. Me buscó personalmente; me intimidó, me amenazó y me llamó enemigo de la nación.

Se imaginará usted — usted que me lee y no me busca — la confusión tan tremenda en la que me encontré cuando alguien en el mundo real me perseguía por mis opiniones en el mundo virtual. No es que yo sea defensor de la independencia de los dos mundos; sino que pasa que yo creía — erróneamente — que cuando uno se toma el trabajo de hacer una aseveración y justificarla, lo máximo que podía ganarse era la impopularidad de aquel que no opinaba como uno. Pero que esa intención de debatir, de rebullir ideas, de cuestionarlo absolutamente todo, so pena de la impopularidad derive en un ataque personal — físicamente personal — en nombre de la nación, de mi nación, es una historia muy distinta.

Yo me pregunto, señor atacante, ¿qué entiende usted por la nación que dice defender? ¿Le parece que es un gran país — entenderá usted que en varias dimensiones, nación y país son sinónimos — el que tiene que ir golpeando y amenazando a aquel que no comulga con sus políticas asesinas? ¿Qué esperaba usted que hiciera yo, un pobre desdichado pero honesto nacional? ¿Quería que me embelesara con explosiones de esas que salen por las noticias?

Señor atacante, quisiera repetirle palabras que no son mías. Palabras que me han llegado de niños que juegan o de poetas que usted probablemente no habrá leído ni escuchado mencionar, pero que a la larga no importa siempre y cuando pueda comprender que no existe una muerte más importante que otra. Que esos números que usted muestra en las pantallas no son cajas ni frutas. Son personas. Señor atacante, ¿usted tiene hijos? Porque imagínese que a su hijo que apenas empieza a entender las sumas y las restas le cayera la desgracia de una bomba mal dirigida en el techo de la escuela. Imagínese que a su hijo, que quiere ser futbolista se lo lleve la guerra de la mano de un grupo armado regular o irregular para defender algún ideal, alguna idea de lo que debería ser la nación. La nación de ellos que usan armas, la suya que amenaza personas por lo que opinan, pero a su hijo ¿alguien le preguntó a él si quería defender esa nación que va por ahí dejando que niños en escuelas mueran de hambre si tienen suerte o por el calor ciego de las balas? Él quería jugar fútbol. Él quería aprender a leer. Pero ahora está vestido de guerra, desperdigando cobre, plomo y alquitrán en medio de la selva. Defendiendo algo que le pide ser violento. Que le pide no ser él.

Señor atacante, la guerra es un monstruo que se alimenta de humanos y sólo deja ver lo peor de ellos. La guerra es como un incendio en casa que se alimenta del fuego de los dos bandos; una vez se apaga hay que ver los daños y reconstruir casa, señor atacante, ¿tanto odia usted esa nación suya, que prefiere verla hecha cenizas que apagar el incendio y empezar a reconstruirla?

Señor atacante, usted no entenderá mis motivos, creerá, una vez más que yo defiendo intereses oscuros, que soy subversivo o algo así. Pero señor atacante, ese hijo del que le hablaba fui yo en un momento. Yo me enamoré de la poesía cuando era chico. También de chico me llevó la guerra. Señor atacante, es difícil describirle lo que un niño de 7 años siente cuando ve el cadáver de un subversivo tirado en la mitad de la plaza de armas de un batallón, mientras las moscas se rebullen por su cara, sus fosas nasales y sus orejas. Es difícil explicarle el olor de la muerte de varios días, en la selva tropical, con una humedad del 90% en una mañana calurosa. Es mucho más difícil entender que el comandante diga a su tropa que uno es muy poco. Que deberían haber sido cien. Pero lo más difícil, señor atacante, es después de eso, ir al colegio, a encontrarse con esas letras que ahora despiertan este dolor. Señor atacante, su amenaza no me asusta, porque la muerte la he visto muy seguido desde pequeño. Mientras para usted es un último recurso, a mí me formó. A mi la muerte y la violencia me forjaron.

Yo no afilo estas palabras para poder salvar mi alma ni silenciar los demonios que me habitan. Bien sé que no tendré sueños placidos hasta el día de mi muerte. Mis pesadillas son tan recurrentes y vívidas que usted, señor atacante me resulta un bufón. Yo lo hago — aunque no lo crea — por su hijo. Y por los hijos de mi país. Que no merecen estarse desangrando porque individuos como usted — que se visten bien, que andan en autos costosos, con mujeres jóvenes de vestido corto, de esposa emparapetada, de hijos bilingües y que les chupa un huevo el país — lo deciden desde la tranquilidad de la ciudad, alejados del zumbido de las balas. Lejos del olor a pólvora. Lejos de los cadáveres descomponiéndose en la selva. Porque hay que defender la nación. ¿¡Qué nación!? ¿De muertos de hambre y analfabetas? ¿De soldados mutilados? ¿De mujeres viudas y huérfanas? Un país necesita gente. Y gente sana. Aquí no se están pudriendo frutas. Se están pudriendo cadáveres. 5.5 millones para ponerlo en números. Pero para no caer en sus cifras frías; imagínese cuánta sangre puede ser eso. Imagínese esa cantidad de miradas. Esa cantidad de corazones dejando de latir. No piense que hay una muerte más importante que otra. ¿Acaso ve usted distintos colores de sangre, según su filiación política? ¿Estrato social? ¿Religión? ¿Genero? ¿Color de piel? Piense que han matado a nuestro hermano colombiano, a usted y a mí, en una persona 5.5 millones de veces. Eso ya es patológico, es el nazismo de Hitler, la perestroika de Stalin, la bomba nuclear de Kissinger, la plaza de Tiananmen China. Es descabellado. Yo me pregunto: ¡¿Dónde están los psiquiatras?!