Como te odio, sostenedor de ventana
Los fobias habitan en el subconsciente. Es decir que residen en la persona que las padece. Lo que convierte la fobia en algo omnipresente. Está oculta en cada gesto, en cada movimiento, al acecho. Espera el impulso indicado para saltar en una situación determinada, ante esa señal correcta a la escena. Por lo cual el fóbico reproduce la fobia. La crea, la busca, la consolida, la sintetiza.
Un tipo es internado en un manicomio porque se cree un grano de maíz. Después de varios meses de tratamiento, el doctor le da de alta. Cuando el paciente va saliendo del manicomio se encuentra con una gallina que está en la vereda del frente, en seguida se regresa corriendo al manicomio ante lo cual, el médico enfurecido le grita “¡Pero si usted ya está curado! ¡Recuerde que usted no es un grano de maíz!” a lo que el paciente le responde, “Lo sé doctor, lo sé, pero, ¿¡lo sabe la gallina?!”.
Tiempo atrás estaba en el aeropuerto de Houston esperando a embarcar un vuelo de regreso a Buenos Aires. Era un día de semana y estaba agotado después de haber participado en un Hackathon en Phoenix representando a la compañía con la que trabajo. En el Hackathon nos fue muy mal. Entre las cosas que habían fallado de nuestro proyecto, el orador estrella, yo, me había quedado bloqueado y en silencio ante un auditorio de eminencias en sistemas sudorosos que olían a curry. Me frustré mucho. Haber obtenido el último lugar después de un viaje de 30 horas por las innumerables escalas no era lo que más me afectaba. Lo que sin duda me descolocaba era haber cedido ante la presión del auditorio. Nunca en mi vida me había pasado cosa semejante. Esa noche, después de cenar en Friday’s, fuimos por un café a una librería — que vendía café — y me encontré con lo que era lo mejor que se me podía cruzar en el camino después del fiasco personal que había experimentado. Al lado de la caja registradora había un libro cuyo título en inglés es “How to talk so people will listen”, de un señor de apellido Brown. Ansiosamente lo compré con mi tarjeta corporativa y deseé estar fresco para empezar a devorarlo.
El fin de semana ya estaba en casa, recuperado del jet lag y libre de las toneladas de cafeína que había consumido en el concurso. Estaba sereno y decidí fortalecer el músculo de la oratoria que me había dejado fuera de lugar una semana atrás. Abro el libro y con lo primero que me encuentro en la introducción es con que el libro está escrito particularmente para pastores pero cualquier persona con cualquier creencia o sin ella, podría encontrar totalmente útil las enseñanzas allí contenidas. Las 47 enseñanzas, según me di cuenta en el índice. Poco práctico, seguramente se pueden sintetizar en muchas menos, pensé. Avancé muchas páginas ese día, sentía que entraba en calor y el siguiente y así durante un par de semanas. Después de catorce días de estar sintiendo de que ya casi iba a llegar algo que no fuera evidente o netamente contextual, le di un ultimatum a Brown. Ya que iba a ser un díscolo lector suyo, quise al menos verle la cara. Saber algo de él, capaz él como persona me diera pistas sobre como abordar su texto. Retomé la lectura algo preocupado después de leer su biografía. Pero lo que pasó después fue impresionante. El ultimatum para que desbarajara su técnica se deshizo como un castillo de naipes cuando lo que hasta entonces habían sido ligeros saltos de arrogancia e intolerancia, se convirtieron en expresiones literales cargadas de odio, ignorancia y petulancia. El libro parecía una obra de arte post-posmodernista donde la finalidad es la transgresión. Por momentos me divertía en sus páginas no por su contenido, ni por su valor ni por las estúpidas enseñanzas del tipo “Una vez mi interlocutora era una lesbiana, para lo cual, mi estrategia contundente fue neutralizarla haciéndole saber que su desviación sexual era antinatural y herética”. Sino porque me ideaba la forma de verlas como una parodia, como si el escritor fuera un iconoclasta social y estuviera retrocediendo en tantos avances en humanidad de los últimos 50 años. Pero esa teoría se desvanecía rápido cuando citaba literalmente la biblia. Ahí me rompía la cabeza. Mezclaba tantos juicios y opiniones en nombre de ideas que un poco más desarrolladas negaban esas interpretaciones y calificaciones. Era una contradicción escrita en inglés, con citas biblicas, xenofoba, homofoba y que se esparcía por muchas hojas. Sufrí mucho terminar ese libro. Me esforcé en ir hasta el último rincón de esa construcción miserable y alumbrar cada esquina. No hay nada que se salve en ese libro. Tanto así que ahora que lo veo y me quedo sin espacio no me animo a botarlo a la basura porque me da lástima malgastar tanto papel. Por eso lo utilizo para sostener la ventana abierta en verano.