
La novelita Lumpen
A Roberto lo persguió la dictadura. Se salvó porque el destino se apiadó de él. Como si la muerte de Augusto hubiese mirado para otra parte. Como si Pinochet con su máquina que tragaba hombres y escupía cadaveres hubiese tomado otro rumbo.
Roberto se radicó fuera de su país. En eso nos parecemos. Él era un disidente político, porque su estado era fascista. Como yo, sólo que mi situación es más compleja, porque mi familia tiene un apellido que hace parte de esa maquinaria que todavía hoy está escupiendo cadaveres. Eso me hace pensar en la muerte del hijo de Stalin. El hijo mayor de él — de Stalin — fue capturado y llevado a un campo de concentración alemán — los rusos también tenían campos de concentración, pero nunca tocarían a un hijo de Stalin — donde estaban retenidos además, los militares rebeldes que se negaban a ser parte de las artimañas de Hitler. Allí, el hijo de Stalin, Yakov Iosifovich Dzhugasvili se reusaba a limpiar el baño que dejaba en deplorable estado, dada su condición de hijo de un semidios. Sus compañeros de galpón le reclamaban airosamente. Lo que ellos no entendían y lo que Yakov tampoco entendía del todo, es que él estaba entre dos mundos, habitaba dos espacios contradictorios; la grandeza y la mierda. Siendo así, terminaron por matarlo. Fue la única muerte metafisica de la segunda guerra mundial. Algo así me pasa a mí y le pasaba a Roberto, creo. Habitamos dos mundos contradictorios. Hasta que la carga se hace tan insoportable, que antes de morir tratando de interpretar esa disyuntiva existencial, es mejor reducir los limites y mover el cuerpo hacia donde se pueda tener un poco de silencio y de paz. No como Yakov que apostó por la grandeza y perdió.
La novelita Lumpen de Roberto me resulta muy rápida y ligera, algo inconexa y hasta claustrofóbica. No pude evitar pensar en dos libros prohibidos de mi educación que leía a hurtadillas: Opio en las nubes y ¡Que viva la música!.
Ahora bien, como uno de mis relatos de adolescente me quedé sin la psicodelia, me hizo falta que existiera más sexo y más ambigüedad. La historia es por demás plana, pero sin embargo en esa llanura argumental lo hermoso está precisamente en como toda su linealidad se envericueta; termina por retratar ejes naturales de estos días, de la modernidad. Sexo, dinero y nihilismo. Por eso digo que le faltó algo de psicodelia, algo de fármacos, de narcóticos. ¿Quién hoy por hoy vive sin drogas? ¿Quién vive sin alcohol, marihuana, cocaína, nicotina, heroína, fármacos? En ese sentido, quedó una punta sin explorar que hubiera podido agregar más gravedad a cada movimiento, a cada escena. Se podía así, sustentar mucho más fácil la aleatoriedad de los gestos. Pero bueno, ¿quién soy yo más que un pobre recluido en mi celda de escritor virtual para sugerir algo a una historia que apenas soy capaz de concebir?
La recomiendo, pero como un acto de rebeldía metafísica. Como si fuera el picaporte de un mundo denso, un mundo metafísico, un mundo de mierda.