
Mi Siempreviva
Tengo necesidad de escribirle. Más ahora que he ido cayendo en su olvido. Más ahora que la costumbre mía de ocultarme hace que de pronto me esconda del todo. Me da miedo el olvido, más ahora que me doy cuenta de que no es oscuro como el invierno sino al contrario, brillante y límpido como el azul del cielo.
A mí el olvido se me apareció una tarde calurosa; caminábamos debajo de nogales y me llegó un recuerdo con sabor a adobe. El material del que están hechas las casitas cerca del cerro. Pensé en las tardes que pasé mirando el horizonte, allá donde la ciudad se funde con el cielo. Donde se unen los mundos. Por el recuerdo supe que había olvidado que tuve otra vida. Que hubo un antes y eventualmente habrá un después. Así que supe que esa tarde calurosa cuando recordé que ya no recordaba, también desaparecería. No quise escribirle estas líneas ese día, a pesar de que me acordé de un artista gordo que en alguna novela que no disfruté, apostaba al póker sus recuerdos, y que los míos al igual que los de él -más por gordo ludópata que por artista- en cualquier esquina los podía perder.
Hoy me levanto y sigo mi rutina de siempre. Agarro un pan crudo, lo abro en dos y sobre cada cara dejo caer un pedazo de queso roquefort y otro de muzzarella. Los tiro al horno y mientras se cocina el pan y derrite el queso, medito con una vela que baila en silencio. Agarro una taza que Vicky dejó con sobras de café y le tiro una cucharada de nesquik y otra de de café instantáneo de la peor calidad conocida. Lo lleno de leche, revuelvo y con la otra mano navego en la pantalla táctil por un portal de noticias. Es oficial. Cristina Guarín fue asesinada. Por fin encontraron sus restos.
Ese nombre en principio no me dice nada. Pero dejo que se asiente y lentamente empiezo a unir puntos. Es casi como un trago de vino. En principio sólo es jugo de uva; pero a medida que madura va hablando. Una imagen viene a mi mente. Una obra de teatro que vi en mis días de rebeldía; precisamente mi novia de entonces conformaba el elenco. La obra era La Siempreviva, que narraba la tragedia de la familia de una mujer joven que desapareció en la toma al palacio de justicia por parte del M-19. Esa obra la vi en dos oportunidades. La primera me impactó, pero la segunda vez me desgarró el alma. La diferencia es que la segunda vez que la vi, mi primo se había suicidado. En la obra, que se basa en los acontecimientos del 6 de Noviembre de 1985 y de los cuáles mi papá pudo ser parte y para mi alivio no lo fue, toda una comunidad humilde se viene a pique tratando de responder el mismo interrogante que mi familia y yo aún nos seguimos haciendo. ¿Qué fue lo que pasó?.

Entenderá usted que después de desayunar y caer en cuenta de que por fin la mamá de Cristina Guarín — el papel que hacía mi novia entonces, ahora una de mis musas — tuvo respuesta a su pregunta — después de muerta, claro está — tuve que venir corriendo a contárselo. Más aún cuando todos los eventos de esa familia que se desmoronó por la tragedia que los obtusos de derecha e izquierda desencadenaron ocurrieron precisamente en una casa de adobe, en el faldón del cerro.