No es obligatorio ser héroe

El azulejo se desplomó sobre el montículo de tierra fresca. Abrió las alas de par en par y abrigó con sus carnes un hormiguero furioso. La hormigas, notificadas de la invasión de su espacio vital salieron a la carga y se encontraron con las plumas azulinas del ave confederada. Fieles a su protocolo defensivo avanzaron, mordieron y avanzaron. El tumulto aplastado de granos arcillosos se envolvió en una bruma de hormigas que avanzaba sobre la superficie del azulejo. El azul de las plumas se ennegreció al cubrirse de pequeñas manchas que se movían de un extremo a otro entre sus alas y patas. Las hormigas mordían sus plumas y con frecuencia se encontraban con tumultosidades jugosas que se reventaban al contacto con el ácido fórmico de su saliva, los piojos y garrapatas que acosaban al azulejo eran devorados con vengativa sedicia. Se apropiaban de cada cavidad y vericueto del relieve plumífero. La intimidad del cuerpo del azulejo quedaba revelada al tacto de las hormigas bajo sus plumas. Las hormigas lo invadían todo y de todo se adueñaban. Así en medio de este feroz ataque encontró acomodo el azulejo y concentrado en su respiración, se quedó dormido.
Alertada una zorzalina que volaba a media altura se acercó hacia lo que era una vista inusual; lo que parecía un azulejo era devorado por las hormigas, tendría que estar muerto. Todo pájaro confederado tiene como deber ante la presencia de un fallecido, despedirlo con cánticos rituales. La zorzalina repitió mecánicamente el latiguillo que debía recitar. Observó aquella paradoja: las hormigas disfrutaban de la carne confederada, mientras que ningún ave, a pesar de su grandeza, podía hacer lo mismo. Consideró automáticamente, mientras volaba acercándose con premura, que ella si podría hacer lo mismo y en caso de que alguien la increpara, por quebrar la ley, diría que estaba auxiliando a un camarada caído en desgracia. Se engañó a sí misma con un lamento del deceso pero su atención se centró en la sensualidad con la que el azulejo exponía la pechuga. Una oportunidad así había que aprovecharla. Un manjar a devorar mientras otros cofrades no le echaran de menos. El vuelo de la zorzalina, fue interrumpido en seco cuando presa del horror, vio al azulejo retirarse con cuidado. Un par de hormigas que habían logrado ingresar en sus fosas nasales lo habían despertado de su cómoda siesta. Entonces se hizo tarde, la zorzalina estaba más cerca del suelo que de remontar su vuelo. Aterrizó menos confundida y avergonzada que atónita. El azulejo la miró con sospecha. Disculpá zorzalina, dijo el azulejo con voz trémula, pero, ¿no te vi con intenciones de picotear? La zorzalina erizó sus plumas y se esponjó nerviosa. Por supuesto que sí, dijo desafiante. Venía en tu auxilio, ave malaventurada. No hace falta que me agradezcas, el honor cofrade antecede. Dijo la zorzalina con el pecho inflado tratando de ocultar sus intenciones. El azulejo la miró fijamente. ¿Puede ser que haya visto en tu vuelo cómo me acechabas? ¿Acaso no estuviste atenta mientras bajabas a la presencia de otras aves? ¿Dime, zorzalina, no estabas ya dispuesta a hincarme el pico cuando espantada notaste que aún sigo vivo? La zorzalina estaba estupefacta. Sabía que con la sola sospecha, la confederación encontraría méritos para ejecutarla.
Debía pensar bien lo que iba a decir, cualquier defensa fútil la complicaría más. Mirá zorzalina, dijo el azulejo mientras regurgitaba el grupo de hormigas que se adentraban en sus vías respiratorias, no sabés la suerte con la que te me apareces. Más aún viendo en tus ojos la intención con la que viniste. No te denunciaré por querer aprovecharte de un confederado en apuros. Al contrario, te lo permitiré del todo. La zorzalina se hubiese ruborizado de tener mejillas y verse descubierta en su recién experimentada pulsión. Te voy a hacer un regalo, continuó el azulejo. Verás, yo soy un pájaro grande, y toda mi vida he sufrido con el gusto inexorable por la voluptuosidad de los sentidos. El placer es algo que se me presenta como una melodía efímera. Una vez obtengo algo de placer, me parece que es tan breve, Zorzalina, que en seguida debo procurarme más. Y más. Es esto lo que hace que me encuentre aquí, rodeado de estas hormigas que inyectan en mi piel su bronca y desprecio. No puedo resistirme a un día sin la embriaguez de las picaduras de las hormigas, el néctar del floripondio, las semillas de la enredadera violácea, el jugo de las naranjas maduras, la piel de las ranas, en fin, Zorzalina, tantas formas de placer se han convertido para mí en un único mosaico del martirio. Por eso estoy cansado Zorzalina. Yo sé donde nació esta sed que llevo en mí, pero nunca podré saber dónde terminará y por eso me encuentro aquí. Era mi deseo hasta que te vi, dejarme morir en el placentero adormecimiento que la picadura de esta moteada plaga me supone. Una vez que las hormigas hubiesen terminado de comerse los piojos en mi alas, seguirían irreductiblemente con mi carne. Pero son lerdas y me temo cambiar de parecer cuando estén cerca de acabar con mi vida, si es que llegan hasta tanto.
La Zorzalina prestaba atención a cada palabra del azulejo tratando de tomar una postura que le permitiera defenderse ante un tribunal si el Azulejo desquiciado terminaba por denunciarle. El Azulejo siguió con su voz libidinosa. Así que cuando vi tu sombra merodeando se me ocurrió algo que nos beneficiaría a los dos. Vos podés cumplir tu cometido de comer de mi carne, quiero que me devores y yo por fin podré saber hasta donde me llevaría el vicio de la voluptuosidad. Porque asumo que entiendes Zorzalina, que se sabe dónde empieza un vicio pero no donde termina. Con este acto solemne vos sabrás a qué sabe la carne de un confederado y yo dejaré de llevar esta pesada existencia sobre mí, pero mejor aún, quedaremos unidos en la historia porque sabremos dónde terminó mi vicio y dónde arrancará el tuyo.
La Zorzalina incapaz de contener la pulsión empezó a dirigirle picotazos que el azulejo recibía embriagado de placer y de a poco su risa estrepitosa se fue apagando entre borbotones de sangre hasta que no pudo respirar más y con el último aliento le supo decir, creo que a esto le llaman amar.