Cacofonía melódica

Los colibríes se dirigieron a sus nidos silbando notas bucólicas mientras el sol caía en el horizonte. El cielo cobrizo daba fe de un astro que se hundía en sus miedos. La tristeza invadía cada variación del silencio, cada pausa, cada resurgir en su entonación. Se podía asumir que interpretaban una melodía fúnebre. No era para menos, los piojos y las pulgas se arremolinaban en sus nidos. La larga noche del invierno se avecinaba sometiendo sus pequeños cuerpos a la presión glacial. En contrapartida sus corazones latirían más despacio y requerirían menos energía hasta que el tiempo mejorara y las flores los alimentaran de nuevo. Hasta entonces deberían hacer frente con la valentía de sus plumas. Aquellos cuyo nido era irradiado por el tenue sol precisarían menos incursiones en el frío, pero los que anidaban en lugares oscuros, alejados de la luz y de una vida grácil, se verían en la necesidad de calcular sus breves vuelos para procurarse el néctar de alguna violeta de los alpes día tras día. Sólo los afortunados sobrevivirían el abrazo frío del invierno. Al final serían pocos, pero así había sido y sería siempre. Ningún colibrí renegó nunca de su destino, pues era aquello para lo que habían sido concebidos y no se apartaban ni una pluma de su suerte.
Los cuervos por su parte revoloteaban croando en el aire envueltos en júbilo por la llegada del frío. El aliento aséptico del invierno les despojaba de las garrapatas que tanto los acechaban en cualquier otra temporada y que a veces se amuchaban como diminutos racimos de uvas en medio de sus plumas. Su inteligencia les permitía comprender que era por la gloria de su amo y señor el invierno, que el alimento se les presentaría ante sus garras y se darían el sibilino lujo de elegir, después de meses de disputarse carnes podridas entre muchedumbres. Embriagados por su fortuna y escudados en su plumaje se deshacían en pensar que pertenecían a otra realidad, una donde habitaban un mundo frío en el que podrían ocuparse de las sobras de la vida eternamente. También su inteligencia era suficiente para recordarles que en este mundo, la dicha se les acabaría tan pronto como cambiase el tiempo. Siempre había lugar para el siguiente invierno aunque durase poco. Cosa maldita el cambio de tiempo.
Los gorriones se desesperaban por picotear el suelo dando pequeños saltos por su incapacidad de caminar, buscando cualquier grano o yerba aún fresca que les permitiera engordar más sus carnes antes de adentrarse en la invernal dieta monótona y pajiza que tanta miseria les costaría. Ya estaban habituados a echarse de menos los unos a los otros cuando empezaba el frío y se los devoraban los ácaros. Celebraban entre todos con notas alegres cualquier trozo de esperanza que lograban recuperar de la tierra. Bastaba con que dos de ellos sobrevivieran para que su estirpe siguiera invadiendo el territorio. Disciplinados en su desobediencia, la mayoría contaba con reservas de grasa que habían acumulado desde el final del verano, preparándose para la guerra trascendental, aunque estéril, contra el tiempo. Empeñaban en cada batalla que se presentaba su mejor postura y consideraban deshonesta cualquier preocupación que no fuera digna de su trascendente aspiración. Había que vencer a la muerte, al frío, la soledad y en general la opresión, sin considerar la forma en la que se manifestase. Cualquier otro asunto era un lujo repulsivo que concernía a otro tipo de pluma. Los gorriones se oponían a todo por todo y lo querían todo.
Las palomas juzgaban desde sus nidos a los gorriones y estupidez de sus actos rebeldes. Hasta que una ráfaga de viento álgido las hizo olvidar de ello y les plantó la duda. ¿Cuánto más podrían durar en sus improvisados y precarios hogares?. La respuesta, mediocre, fue inmediata, una a una elevaron su vuelo y arrullando hicieron lo que mejor sabían hacer: buscar héroes bondadosos. Sin considerarlo siquiera se acercaron a la única fuente de calor que podían concebir, la cercanía del fuego humano. Establecieron en su cercanía sus anodinas moradas que no eran otra cosa que puñados de ramitas arrimadas por la displicencia. Cuando estuvieron satisfechas por su trabajo, y esto fue pronto, aguzaron la vista instintivamente para esperar cualquier miga de pan que fuera victima del descuido humano. En la promesa de ser alimentadas y con la presencia del calor se reconfortaron en la comodidad de su astucia.
Mientras las palomas se regocijaban de su autocomplaciente superioridad, la lechuza giró dormida en su nido para darle la espalda al frío. La desaparición del sol en el horizonte envuelto en sus cobrizas llamas era la señal de una nueva jornada. Pero la lechuza se las arreglaba para percibir los últimos rayos de luz, cuestión de dormir un poco más antes de que cayera del todo el sol. No hace falta ser una heroína se repetía para convencerse. Hasta que escuchó un zumbido que la despertó la inquietó. Se incorporó inmediatamente y espantada ululó con la capacidad que sus pulmones le permitían para advertir que no se doblegaría ante lo que fuese que se acercaba. Se asomó con cautela a la abertura de su nido desafiando la muerte y lo que fuese que la trajera ante sí. Pero no vio nada en las inmediaciones del nido. Aguzó la vista aunque el brillo le molestara. Oteó el horizonte y vio a la distancia un enjambre de puntos que se acercaba y crecía. Pronto cubrieron los últimos rayos del sol y con ellos vino la absoluta oscuridad. Había que ponerse en marcha.
Tanya no podía dormir. Agitó los brazos en el aire y no tuvo ningún efecto; los mosquitos ignoraban por completo sus gestos amenazantes. Se incorporó en su cama improvisada con ramas de plátano. Se levantó con sigilo, según su entrenamiento inicuo. Caminó en círculos. Quiso correr pero entendió que estaba rodeada. Infinitamente rodeada. Aplastaba cualquier mosquito que sentía sobre su piel pero sus movimientos no daban abasto. El calor sofocante facilitaba la reproducción de los mosquitos, recordó sus clases de biología en la Universidad de DenenKamp. Odió esa materia y odió más aún, no haber prestado atención a su maestro cuando detalló los mecanismos para impedir que dicha reproducción fuese exitosa. El sudor deslizándose por sus mejillas la regresó a la realidad: no estaba en un laboratorio. Así le interesara lo que su profesor tenía para decir, nada podía hacer envuelta en una cantidad infinita de parásitos. Una vez más se reencontraba con los pensamientos de la otra Tanya, la privilegiada, pensó con pesadez. Se odió a sí misma, por conservar reminiscencias de la persona que un día decidió no ser más. Odió la humedad, el vaho y los sonidos del trópico que hasta hace poco le parecían campanadas de libertad. Odió extrañar la comodidad de su habitación. Se odió un poco más cuando notó que un mosquito succionaba con avidez la sangre de su nuca. Hizo un gesto exagerado y lo mató con tanta bronca que se lastimó la piel. La selva que se la engullía no era nada respecto a los mosquitos que la devoraban y el pasado que la perseguía. Pensaba que nunca podría borrar la marca indeleble de la burguesía por más que se refregara en el lodo tropical.
Cuando empezaba a perder la fe, a cuestionarse el porqué de sus acciones, tuvo una idea que evitó que se desbarrancara emocionalmente. Para ser subversiva hay que ser fuerte y audaz, se repitió mientras buscaba con prisa el atado de cigarrillos que se había negado recibir en principio y que sus compañeros burlonamente le habían introducido en la mochila de campaña. Tengo que dejar morir de una vez por todas a esa niña miedosa para poder ser la mujer que debe cambiar el mundo, sentenció.
Nunca había fumado porque odiaba el olor del tabaco. Le recordaba a su padre que vivió hasta el último de sus cincuenta años con un pequeño motor que le proveía oxígeno porque sus pulmones achicharrados no podían darle aliento. Ignoró a la otra Tanya, que vivía en Holanda con el recuerdo marchito de su padre y le dio una pitada al cigarrillo para encenderlo. Tosió y escupió tanto que se le olvidaron los mosquitos que desaparecieron espantados. Cuando se recuperó sintió como el calor subía por su cuerpo. Pensó que la selva había terminado de masticarla hasta que notó la ausencia de los mosquitos. Se sorprendió con el efecto narcótico del tabaco que la hacía olvidarse de los parásitos. Alumbró con su linterna. Los mosquitos se espantaban por la presencia del cigarrillo. Decidió entonces que, si iba ser una verdadera guerrillera, mataría no sólo con el fusil sino con el tabaco.
La lechuza se desesperó por el zumbido que rebotaba en cada superficie de La Pampa. El ruidoso aleteo de la mancha de mosquitos se hacía más insidioso a medida que estaba más cerca. La lechuza quiso huir pero notó que la mancha la abrazaba flotando en el aire y que para entonces debía medir varios kilómetros. Sin embargo, con la llegada del anochecer el aleteo empezó a silenciarse y a posarse sobre toda la topografía posible. La lechuza se espantó. Tal cantidad de parásitos necesitaban alimentarse y lo harían pronto, un par de horas después del amanecer. El rastro que dejaba la mancha no era otra cosa que muerte y aniquilamiento. Los mosquitos succionaban, a lo largo de su recorrido, la vida de todo ser que tuviera sangre. El descubrimiento la espantó. Si no hacía algo, ella y su estirpe se reducirían pronto a plumas y huesos en descomposición. Tenía unas pocas horas antes del próximo ataque.
Tanya elevó la mirada a lo cerros. Observó con calma como las nubes bajaban por las laderas trayendo consigo el manto fresco de la humedad. Pronto la blancura vaporosa ocupó todo el valle y por un instante recordó la blancura del vestido con el que se había casado. Reconoció en ese recuerdo que buscaba dejar atrás la ingenuidad con la que veía a su otra yo, llena de ilusiones y sueños. Supo también interpretar las señales veladas que anunciaban la fecha de caducidad de su fantasía ahora marchita. Ese día, Juan llegó una hora después de lo acordado a la iglesia. Llegó borracho. Tan pronto como la vio se arrojó sobre sus rodillas en un acto patético que la familia reunida sólo atinó a interpretar como un profundo acto de contrición. Avanzó ante la mirada perpleja de los sofisticados asistente gateando y jadeando hasta incorporarse para decirle de rodillas: ¡Mi vida! Perdóname, por favor, perdoname por hacerte esperar pero no podía no darte este regalo en nuestro día de bodas. ¡Hemos firmado con el gobierno! tras lo cual se puso a llorar y los aplausos de una gran ovación retumbaron en el vacío que ese día apareció en su corazón. Los mosquitos empezaron a zumbar en sus oídos y volvió a la realidad. Al menos le ayudaban a salirse de la cabeza de la otra Tanya. Era hora de encender un cigarrillo.
La lechuza había convencido a la especie en su totalidad; emprenderían el viaje a través de Los Andes. Para ello puso a correr el rumor temprano en la madrugada, para aprovechar el hecho de que los parásitos en general se levantan tarde; y valoran su tiempo de ocio que invierten principalmente en largas siestas después del amanecer. Bastó con alertar a los colibríes para que transmitieran la decisión. Se acercó al nido de la nodriza colibrí y la puso al tanto de la situación. Ella aceptó su potencial muerte en ese instante. La nodriza resignada emprendió el vuelo en la forma de un delicado zumbido agudo. Pronto su gens estaba revoloteando por la extensión de La Pampa húmeda. Millones de colibríes recorrían cada metro cuadrado de la inmensidad mientras repetían para sí en cada aleteo “el movimiento es la clave de la vida; donde hay cambio, hay creación”.
La noche cayó de repente. Tanya se preguntaba cuánto más iba a durar esta asignación. No sabía si aún estaba bajo el riguroso entrenamiento y estaba siendo examinada desde el anonimato que ofrece la selva. Ya se había acostumbrado a tener un cigarrillo colgando en sus labios todo el día y noche que la sostenía como un ancla a la realidad. Se sintió empoderada desde su posición dominante sobre el valle. Se imaginó los soldados que como borregos del capital podrían aparecer escudriñando la zona en búsqueda de valientes guerreros como ella. Los fumigaría sin compasión con su rifle galil calibre 7.76. Mientras fantaseaba con el ruido ensordecedor de las balas zumbantes, se preguntaba por qué no había tenido las agallas para apuntar un arma contra su infiel marido que tantas veces la había arrastrado por el suelo. Escuchó una rama quebrarse detrás suyo seguido de pasos. Presa del pánico se tiró al piso y como pudo recuperó el aliento. Apuntó en la dirección de los ruidos y apagó el cigarrillo para que no la delatara. Avanzaban hacia ella pero no lograba ver una figura humana. Aguzó la vista y vio lo que pensó. Era la espalda descubierta de un soldado que se arrastraba hacia ella. Abrió fuego con tanta bronca y miedo que pronto agotó el cargador. Se apresuró a reemplazarlo por otro, pero mientras lo hacia notó no sólo que el soldado no se movía más sino que chillaba en agonía. Cargó el proveedor, montó un cartucho en la recamara, se incorporó, avanzó apuntando, sólo para descubrir que lo que había matado era un cerdo.
Escena final: Tanya se levanta del lodo del miedo, se limpia y mira al cielo donde ve una bandada de pájaros guiados por una nodriza colibrí. Baja la mirada y se da cuenta que sometidos a su encanto y dureza, los guerrilleros por admiración y los soldados por temor.