Ácrata y Banquero
Ficciones, alegorías y otras incomodidades.
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Joaquín miró el cadáver que yacía en el suelo.


Photo by Qurratul Ayin Sadia on Unsplash





Joaquín miró el cadáver que yacía en el suelo. La hinchazón de las carnes y el olor acre que emanaba daban fé de su avanzado estado de descomposición. La mirada de Joaquín se detenía en cada detalle de lo que hasta hace poco era un vida. Allí yacían las escasas pertenencias del cadete. Incluso tomó con ternura un pisacorbata que él le había regalado en su cumpleaños. Nunca llegó a estrenarlo porque a donde fue, no hacen falta las corbatas. Su reflexión se vio interrumpida por la inesperada presencia de una niña quien se acercó desde el pasillo pasando por el medio de una bandada de palomas que picoteaban el suelo. Ni se molestaron en abrirle paso. Avanzó con la mirada fija y sin pronunciar palabra. Parecía como si se hubiese materializado del aire. Estaba sucia y sin zapatos. Joaquín y Sancho asumieron que también vivía en el conventillo por la naturaleza con la que se movía por el pasillo. Los miró a los ojos y con su índice señaló las habitaciones alrededor. Cuando se cercioró de que Joaquín y Sancho habían recorrido con los ojos cada una de las puertas del lugar, caminó, como si hubiera perdido todo interés en ellos, hasta el otro extremo del pasillo al punto que no la pudieron ver más.

Joaquín comprendió la magnitud de la situación. Si así estaba el cuerpo de este hombre joven, las habitaciones adyacentes estarían pudriéndose con cuerpos de personas como él y con más certeza, de viejos y de niños. 

Sancho, en su oficialidad de ayudante, desde el portal no sabía qué hacer. Estaba absorto. No sabía si gritar y llorar o correr y huir. El miedo lo paralizó y no hizo ni lo uno ni lo otro. Simplemente miró estoico a Joaquín quien creyó reconocer valentía en su rostro. Pero en realidad era cobardía la que lo inmovilizaba. Hay que organizar esta ciudad antes de que nos termine de devorar a todos, dijo resuelto Joaquín.



Joaquín se había aventurado a este lugar tras notar la ausencia de su cadete, quien según le habían informado en el despacho de su alcaldía, se retiró la semana anterior tras haber vomitado una sustancia negra. Después de eso no volvió, le reportaron sus secretarias. Los otros cadetes se rehusaban a dirigirse a su domicilio, a la vez que le confesaron que tanto ellas como el resto del cuerpo administrativo temían haber estado en contacto con Ramón. Por eso nadie se acercó al domicilio que había registrado en su precaria ficha de contratación para saber si precisaba algo. 

¿No ha escuchado los rumores? preguntó la secretaria ¡No son rumores! estalló en llanto una de las auxiliares contables ¡Mi tía falleció ayer!. Joaquín resolvió acercarse a la dirección que suministró el cadete Ramón; mientras que al unísono los burócratas le recomendaron a Joaquín no ir al sur de la ciudad. Se retiró sin mediar palabra. Sancho, que lo seguía como su sombra, dudó si esa decisión lo incluía a él. ¿Que preferiría Joaquín? Que él se quedara manejando la presión en la oficina, antes que la ciudadanía empezara a demandar acciones o, al contrario, que lo acompañara en su periplo en caso que surgiera una emergencia. La mirada de resignación de las secretarias lo hizo comprender que esa decisión estaba tomada. Les devolvió el gesto lamentándose por su incapacidad de decidir y siguió los pasos de Joaquín que ya alcanzaba la calle. 

Finalmente llegaron a los arrabales después de cruzar el puente sobre el Riachuelo. Le pidió al chofer de su carruaje que se devolviera a la civilización. Ellos regresarían caminando. Sancho sintió que le faltaba el aire con la noticia. Agachó la cabeza mientras lo devoraba la duda. ¿Cómo iban a salir enteros de ese lugar tan hostil como para encima querer exponerse a lo largo de los escasos kilómetros que los separaban de la ciudad propiamente dicha?. La falta de expresión en el rostro de Sancho fue interpretado como gallardía por Joaquín, ajeno a la diatriba moral en la que se ahogaba su edecán. El chofer apenas se inmutó con este pedido tan particular. Se despidieron y pronto estuvo Joaquín con los zapatos de cuero lustrados sumergidos en el barro de la pobreza y los de Sancho en la antesala de la paranoia. Avanzaron con lo que Joaquín entendía era determinación y no se dejó intimidar por los vagabundos que adornaban la entrada al barrio. Sancho en su lugar entendía que entraban al infierno y que la masa de personas que se relamían en sus vicios era una representación diáfana de Cerbero y ya pronto se encontrarían con Hades.

 y entre el asco y el miedo de ser otra víctima se cubrió la nariz y boca con un pañuelo perfumado. Le indicó hacer lo mismo a su capataz, Sancho. Quien buscó en sus bolsillos y sólo encontró un pedazo de pan seco y miró con lástima y vergüenza al Alcalde. Este, entre disgustado y piadoso rasgó un pedazo del pañuelo y se lo entregó. Los ojos de Sancho se llenaron de lágrimas y salieron de ese nauseabundo lugar. Afuera, Joaquín miró con nostalgia las fachadas grises de la avenida que se perdía en el infinito le dio la orden a Sancho de idear un plan para trasladar todos los cuerpos fuera de la ciudad. Empezarían con el conventillo que recién habían visitado y seguirían con los circundantes, uno por uno. Él, Joaquín, máxima autoridad de la jurisdicción, haciendo plena facultad de sus poderes como alcalde se encargaría de comprar o expropiar, si hiciese falta, los terrenos suficientes para dotar a la ciudad con un nuevo cementerio. 


Sancho arrancó retazos a las colchas almidonadas que le compró a los mercaderes judíos del abasto y que previamente había hecho perfumar en agua de rosas que le vendieron los turcos. Ambas transferencias lo habían dejado con un sinsabor en el presupuesto. Sentía que había pagado más por menos pero no tenía tiempo de increparlos. Los repartió entre los peones que se maravillaban por el olor que emanaba la tela. Dejen que el olor embote sus narices antes de entrar en cada conventillo. Lo van a necesitar. Porque una vez huelen el olor a muerte es dificil arrancárselo de la piel y sobretodo de las fosas nasales. Quedan advertidos. Les voy a pedir que entren y recorran cada una de las habitaciones, trayendo hasta aquí cada uno de los muertos con los que se crucen. Es para eso que los hemos contratado y si no cumplen mis ordenes no habrá paga y me tendrán que devolver el trozo de tela que les entregué para darselo a alguien que si tenga hambre y esté dispuesto a satisfacerla. ¡Ponganse a trabajar!. Los peones endurecieron la mirada y uno tras otro, dejó que su orgullo fuera el primer bocado para calmar su apetencia. Al principio no sabían como manipular los cuerpos y tenían reservas morales respecto a su labor, pero pronto cayeron en cuenta de que las leyes eran para los vivos y que los muertos no precisaban pertenencias, así que el protocolo que cada uno ideó resultó ser más o menos el mismo. Abrían la puerta con cautela por si había algún convaleciente, perro o gato que los pudiera sobresaltar, luego ubicaban el muerto si es que había y se posaban la mirada en cualquier objeto de valor que pudieran guardar en un bolsillo. Los tesoros iban desde paquetes de cigarrillo rancio hasta relojes de cadena de latón, pasando por monedas y billetes de moneda corriente. Cuando se aseguraban de haber encontrado las pequeñas fortunas que se escondían en la intimidad de los muertos, se acordaban de ellos envolviéndolos en sus propias sábanas o abrigos largos, si es que tenían y los arrastraban por los pasillos hasta las escaleras donde los dejaban deslizar hasta que se amontonaban en el fondo del rellano. Pronto habían construido una pared putrefacta de muertos y para salir de la construcción era preciso escalar y apoyarse en algunos cuerpos que se desacomodaban dando lugar a que se generaran muecas macabras y que los efluvios saltaran por las paredes.