Ácrata y Banquero
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Si Vis Pacem Para Bellum


Si Vis Pacem Parabellum

El Centauro de Botticelli

La rutina arranca temprano, al despuntar el alba. El soldado en el puesto de seguridad cabecea de sueño mientras se pregunta cuanto más podría durar la guerra. Anhelaba la paz para recuperar el sueño, o al menos dormir lo suficiente. El canto de un gallo interrumpe su fantasía y se asusta. No sabe si se durmió y pasaron horas o simplemente parpadeó. La sola duda es suficiente. Hace parte de una máquina perfectamente aceitada donde no se toleran engranajes díscolos.

Él sabe que el soldado que termina la guardia nocturna es el encargado a su salida de preparar las botas del General y ubicarlas en el carrito de servicio que lo espera en el vestíbulo del palacio presidencial, donde sin falta, el Coronel Flores y dos Policías Militares en su uniforme de gala recorren los cien metros que los separan de la antecámara del General para hacérselas llegar. Es la última asignación de esa posición, antes de presentarse en las barracas a formar y finalmente, a dormir.

Los párpados se le caen mientras allana con prisa las asperezas que encuentra en el cuero curtido tras años de galopar las inclemencias de la guerra. Espantado ve cómo su reloj marca las seis de la mañana en punto. En segundos llegará el pelotón de relevo. Tiene que estar en posición para que no sospechen nada. Considera que su trabajo es relativamente aceptable dadas las circunstancias y apura el paso sin exagerar para no llamar la atención. Olvida la relevancia de la fecha.

Ingresa al edificio por la puerta de atrás y en el vestíbulo, como no podía ser de otra manera, encuentra al Coronel ensimismado que no nota su presencia acompañado de los policías militares ceremoniales que mantienen una postura pétrea y solemne, ese día más que nunca. El coronel tiene un cigarrillo que se le apagó entre los dedos. Lo acerca maquinalmente a sus labios y da una pitada de aire frío, inerte, absorto en la lectura de uno de los tantos diarios que se apilan en el carrito de servicio junto al desayuno y los cubiertos de plata del General. El soldado golpea los tacones de sus botas a la vez que saluda marcialmente y el Coronel, sorprendido, vuelve en sí con un rostro que se desfigura por la ira.

El Coronel Flores, edecán del general que, hasta entonces estaba plácidamente sentado fumando, se paró de golpe y con un ademán mecánico estrelló con desprecio el cigarrillo contra el diario que leía y lo arrugó en una pelota de papel que guardó en el bolsillo de su chaqueta de gala. Miró al soldado y con una mueca de desprecio lo increpó,¿¡Recluta, qué son estas horas de aparecer!? Sentenció el edecán con una mirada fulminante. Los policías militares sostuvieron la mirada al vacío.

Se acercó y reparó en las botas que el soldado petrificado aún sostenía en sus manos. Tenían pequeñas manchas de barro que el soldado había obviado. El Coronel removió una de ellas y mostrándosela disuelta en su dedo índice le dijo con tono socarrón y sutil, ¿si ve que no es muy difícil? Repentinamente se encolerizó de tal forma que hasta sus orejas se ruborizaron. ¡¿Ahora como hijueputas puede ser que usted, bestia, no sea capaz de hacerlo a pesar de estar tarde?!.

Dicho esto le arrebató las botas y lo empujó, cayendo al piso. Acertando a encorvarse para proteger su cara y costillas mientras el Coronel Flores lo pateaba con todas sus fuerzas mientras le gritaba y repetía una y otra vez, ¡Las botas siempre limpias, pulidas y sin máculas, recluta! ¡Las botas siempre limpias, pulidas y sin máculas! ¡Usted ya debería saber esto! Los policías militares, ahora sí, se pusieron de pie desconcertados pero no se animaron a interceder ya que el Coronel les dejó ver su arma reglamentaria. Mientras que ellos, por ser parte del protocolo apenas contaban con un bastón de madera, más allá de eso, no se atreverían nunca en su vida a desafiar la autoridad de un coronel en general, ni la del edecán del General en particular.

Cuando el coronel se sintió aliviado buscó con prisa su atado de cigarrillos y aún con el trémolo de los músculos contraídos por esfuerzo, encendió uno, le dio una larga bocanada y suspiró. El pelotón de reemplazo, que había roto filas alertado por el escándalo y por la algarabía, entró al vestíbulo con las armas montadas preocupado por alguna maniobra de infiltración subversiva. Las bajaron de nuevo, tranquilizados, cuando vieron al Coronel fumando.

El Coronel recuperó la compostura mientras repasaba con la mirada a los soldados que ahora los rodeaban y ordenó que apuntaran sus armas al soldado desvanecido en el piso. Caminó alrededor del soldado dejándole caer la ceniza de su cigarrillo. Le preguntó con un tono amable ¿Sabe, soldado, cual es la diferencia entre un soldado de caballería y el caballo que monta? ¿Sabe soldado? ¿No? Por supuesto que no, sino no estaría en el piso. Déjeme le enseño, dijo, apagó el cigarrillo contra la frente del soldado y lo cubrió una vez más con una lluvia de patadas y taconazos mientras gritaba con furia: ¡en la mirada inteligente del caballo, soldado! ¡En la maldita mirada inteligente de la bestia! El pelotón se espantó con la mueca desencajada del Coronel que babeaba de la bronca. No se atrevían a desafiar a un Coronel de la patria y mucho menos en un día tan importante. El soldado reavivado por los golpes y apunto de desmayarse de nuevo, se quiso reincorporar para huir pero el pelotón lo detuvo. ¡Guardias, lleven a este inútil al calabozo! Espetó el Coronel mientras aplanaba el bulto que formaba la bola de diario que sobresalía en su chaqueta.

¡¿A usted le parece justo incomodarme así?! Peor aún ¿que esto es aceptable para la dignidad del Comandante? Dijo el coronel antes de escupir al soldado que el pelotón retiraba a arrastras.

El Coronel se alisó el uniforme y se dispuso a limpiar, pulir y brillar las botas como indicaba la etiqueta militar. Se arremangó con cuidado y con un suspiro aceptó su suerte. En unos minutos las botas estaban limpias, brillantes y sin máculas. El Coronel sonrió. Golpeó sus talones, el ruido metálico de las espuelas era la señal para que la policía militar se incorporara y empujara el carrito, iniciando el recorrido hasta la antecámara del General. Como todos los días, sin sobresaltos ni asperezas.

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El General Jorge dio la orden de ingresar. No estaba en el despacho como indicaba el protocolo. El Coronel dudó. ¿Mi General? Preguntó desconcertado. Estoy en la sala del Estado Mayor aclaró el General con firmeza, su voz retumbó en las paredes del lujoso departamento que tenía asignado. El Coronel lo encontró absorto contemplando a Camilla en el Centauro de Boticelli. Puede descansar Coronel, indicó con parsimonia el General. El Coronel bajó la mano de su sien finalizando el saludo que encarnaba con solemnidad ante la presencia de la majestad de un General de La Patria y sobre todo de la máxima autoridad del estado. ¿Había visto usted este cuadro antes? le preguntó inquisitivo. No mi General, dijo guardando las formas a la vez que se adentraba en terreno inhóspito, nunca había entrado en esta sala respondió el Coronel, mi rango… Su rango no se lo permite completó el General. ¿No hay replicas en la Escuela Superior de Guerra? Preguntó alarmado el General. No que yo sepa mi General. No que usted sepa, repitió el General, es una lástima que los oficiales no reflexionen ante Boticelli en ese momento tan importante en sus carreras. Si yo le pregunto ¿qué es lo que está viendo? ¿usted qué responde Coronel? Mi General, yo veo un centauro y una mujer, respondió el Coronel con la exactitud que el oficio castrense demanda. Me alegra que haya visto eso y no a su madre sentada, Coronel, respondió el General socarronamente. ¡Obvio que hay una mujer y un centauro! Eso es lo obvio pero le hablo yo de los detalles. Mire el rostro del centauro. ¿No ve acaso el miedo de él? y la mujer ¿no le parece que es muy valiente para someter a la bestia de esa forma? Un silencio espeso se adueñó de la sala. Mire Coronel, continuó el general abstraído, hay algo que yo aprendí tarde en la carrera y que siento que tengo que transmitírselo a ustedes que algún día seguirán con esta tarea que la patria nos demanda. El Coronel notó que el General tenía aliento a whisky. Lo corroboró ojeando la botella que yacía abierta encima de la mesa. No desvió ni por un instante la mirada fija de los ojos del General. El Centauro y su salvajismo es sometido por la razón y templanza de Camila, quien sin molestarse detiene al centauro. ¿Se puede imaginar lo que representa esa anormalidad, verdad Coronel?. Mi General, el centauro no es otra cosa que lo que entendemos como binomio, esto es cuando el jinete percibe como propias las extremidades del animal y sus sentimientos y percepción se mezclan, dando lugar a una desproporción de pasión bestial y deseo humano. Si me lo permite mi General, diría que es el momento sublime al que aspira cualquier jinete y los oficiales de caballería en particular, mi General, respondió desde las entrañas el Coronel. El General, sorprendido por la solemnidad de la respuesta, le insiste, ¿usted, Coronel, en su corcel en medio de una carga, se detendría porque una doncella se lo pide?No mi General, si mis órdenes son avanzar, avanzo. ¿Y si es su esposa con sus hijos en brazos la que le pide que detenga su columna de tanques, lo hace? Tampoco mi General. ¿Entonces, por qué un centauro podría tener miedo en su rostro? El Coronel no supo qué decir y optó por el silencio. Mire Coronel, pegar tiros lo hace cualquiera. No hace falta ir a la Escuela Militar para eso. En cambio saber cuándo y cómo hay que desenfundar el arma correctamente requiere años de experiencia, por lo menos treinta. Ésa es la razón por la cuál somos los Generales los que decidimos cuándo y cómo abrir fuego.

Pero comprender cuándo un problema no se resuelve por las armas, al contrario, no es algo para lo que estemos entrenados. Se busca erradicar esa idea desde el momento mismo en que un héroe se decide por este oficio. Ahí está Camila como el ideal que hay que cuidar para mantener la paz, Coronel. Si vis pacem parabellum, se aventuró a decir el Coronel. Exacto, el leit motif de nuestras Fuerzas Armadas. Si quieres paz, preparate para la guerra. O como lo entiendo yo, la paz es el periodo en que recargamos nuestras armas, Coronel. Una mujer que no existe, concluyó el General con una sonrisa amarga. Me gustaría seguir charlando de este cuadro pero se hace tarde para la demostración de destreza. Permítame nada más los diarios y las botas, no estoy como para desayunar. Cuando el Coronel las acercó, el General ojeó los diarios traducidos que todos los días hacía importar de las grandes capitales de Europa, ¿algo de relevancia Coronel? preguntó. No mi General, respondió el Coronel. El General notó la presión en la mano del Coronel y con calma escrutó su mirada y el porte del Coronel, mientras se aseguraba que las botas estuvieran pulidas a la perfección y sin manchas. Esto lo obsesionaba. No consideraba digno a un líder que no percatase que su percepción permitiera máculas y ahora dudaba de su edecán. Se calzó y mientras lo hacía casi pierde el equilibrio. El Coronel se acercó para ayudarlo, pero el General lo apartó. En el camino se me pasa, dijo el General, hizo una pausa para eructar, y entonces seré digno de comprender qué pasa en el mundo, sentenció con una mirada que revelaba su desconfianza en el Coronel, y con eso tendré energías para salir a corregirlo, concluyó el General. Pero por ahora lo importante es superar la prueba de destreza para seguir en control del Estado y avanzar hacia el final de la guerra y el sometimiento de la subversión. Salieron con cuidado de la suite presidencial y se trasladaron en la caravana oficial hacia el Regimiento Patricio.

La numerosa caravana presidencial se abrió paso por la avenida que separaba la residencia del General del Regimiento Patricio de Caballería Mecanizada, donde tendría lugar la ceremonia. El país entero estaba atento al desenvolvimiento de los eventos que se transmitían en vivo por televisión. La voz del locutor sólo lograba acentuar el silencio que se había apoderado de la nación y que se colaba hasta el último rincón de cada casa y poro de sus habitantes. Las cámaras transmitieron el ingreso del general a la escuela que se encontraba flanqueada por dos imponentes columnas de tanques EE-9 Cascabel que al pasar el general hicieron fuego de salva treinta y tres veces. La onda expansiva se propagó por el horizonte, se expandió por todo el país y retumbó en las paredes de cada edificio y en el pecho agitado de cada ciudadano. La ceremonia había iniciado.

El general dio un último trago de su licorera y se bajó del auto. Los batallones que formaban con precisión milimétrica lo saludaron gritando ¡Dios y Patria! con las fuerzas que sus pulmones les permitían. El general saludó marcialmente y caminó con cautela por la alfombra roja para no volver a perder el equilibrio, miró con amor a su yegua que lo esperaba al final del recorrido y se aferró a su figura a la distancia. Al llegar se subió en el lomo del animal y dejó caer su peso. El General Jorge palmeó con cariño a su yegua Raffaella para saludarla, la yegua también vestida de gala, estaba ansiosa por la jornada que le esperaba y bufaba. Su aliento se elevaba como una nube de vapor en la sábana helada. Avanzó por la pradera eterna del campo de paradas ante la mirada de un país, y se ubicó en el centro junto al Coronel Clímaco, maestro de ceremonias, con su habitual mirada fría y desconfiada. El General levantó la cara y ubicó del otro lado la gradería donde se encontraba el Estado Mayor de la Fuerzas Armadas. Se llevó la mano derecha a la sien y los batallones que lo rodeaban lo acompañaron, a la vez que los generales del Estado Mayor se pusieron de pie para devolverle el saludo. ¡Mi General Jorge, vid de la ley y de La Patria! exclamó Clímaco con un aplomo que hizo eco en el horizonte nacional amplificado por los parlantes ¡la razón de su presencia ante las fuerzas y la nación que lo reclaman se debe a que como es habitual desde que inició este glorioso proceso de restauración nacional, debe pasar una prueba para así, demostrar que somos los militares los idóneos para tomar las riendas del país hasta que las circunstancias subversivas así lo demanden. Mi General Jorge, vid de la ley y de La Patria ¿se encuentra usted preparado para afrontar los desafíos ecuestres que su Estado Mayor demanda supere en nombre del pueblo que lo representa?! El eco de las palabras del Coronel Clímaco se ahogaron en la densidad del vacío.

¡Coronel Clímaco del arma de caballería, hijo de Dante, Mayor de Caballería y de la Coronel Amparito, jefe de presupuesto del comando del E4, formado en el seno de nuestra institución, es un honor para mí dejarle saber a usted, a mis generales, mis tropas, al país y La Patria que me encuentro preparado para enfrentar las pruebas como he venido haciendo desde que me entregué por completo en cuerpo y alma a este oficio castrense! exhaló el General en grito de guerra a la vez que desenfudaba su sable y elevándolo al aire continuó, ¡Así las cosas le ruego que inicie la prueba Coronel! Exclamó el General Jorge con un tono de voz que hizo sombra a los cañonazos que marcaron su ingreso. Los batallones gritaron ¡Dios y Patria!.


Las reminiscencias de los hechos se adueñaron del General Jorge y éste se paralizó del miedo por lo que debía asumir, Raffaella avanzó en silencio. Con su parsimonia instintiva se ubicó en el punto de partida, identificando los marcadores de la pista. Cada marca en los puntos del recorrido estaba señalado con letras, empezando en la A y terminando con la M. Recordó la secuencia. De A a F al galope, de F a H un salto en puente, H a K azar de agua y finalmente, de K a M, galope para finalizar en un salto con desplazamiento, conocido como offset. Mientras tanto, El General Jorge veía en su mente como había fracasado en proteger a los inocentes. Veía como él se había convertido sin quererlo, en el verdugo de su propio pueblo. Veía el puño cerrado del Coronel Flores apretando la realidad que no se podía contener más. El pánico le comprimió el pecho. Sintió que perdía el equilibrio y se aferró como pudo a la silla, contuvo la postura con una dignidad inusitada.

No quería llevar a cabo la prueba de destreza. Pero a su vez tenía que mantener su lugar y no perder la guerra. Seguir dictando las formas correctas del quehacer militar y social. Incluído el agradable juego político que después de veinte años había logrado dominar, para por fin poder deleitarse con las mieles de la aristocracia. ¿Qué sería su vida sin los salones de baile? ¿Sin las reuniones a tomar café donde sus interlocutores guardaban silencio para escuchar sus profundas reflexiones? ¿a tomar ron y jugar dominó con los señores hacendados como máxima expresión de desenvolvimiento social?. Además, ¿qué sería de esa refinada sociedad sin él?, se preguntaba. ¿ Y La Patria? No podían dejarse de lado el uno al otro. La Patria a la que él le daba forma porque ella ya lo supo formar a él.

Finalmente tomó coraje y se tragó su angustia. La duda se deslizó espesa como saliva ácida que carcome todo a su paso. Él, abanderado de su patria, se resignó y sintió como la frustración recorría su cuerpo como una sutil corriente eléctrica. Realizó la rutina protocolar, contuvo a Raffaella ajustando las riendas, caminó por el lado ancho del rectángulo que formaba el picadero mientras con su mirada aguda repasó cada obstáculo. Los conocía al detalle; sabía la intención detrás de cada cono, serpentina, vara, charco, puente y su altura. Era una pista de destreza y cada movimiento estaba pensado para que representara una habilidad específica del arte ecuestre sino, ¿cómo tomaría decisiones dificiles si no podía demostrar que tenía el pulso adecuado? ¿Cómo esquivaría las balas si no podía seguirle el ritmo a Raffaella?.

Ni el General Jorge, vid de la ley y de La Patria, ni Raffaella habían practicado esa configuración desde la prueba anterior. Él tenía el conocimiento, la técnica y la experiencia. Ella también. Sin embargo en este concurso en particular, le resultaba insoportable realizar su gracia cuando llegaba la hora de afrontar el hecho de sentirse juzgado por una tribuna de jueces que él mismo había formado, con su inclemencia. Ante su presencia se espantaba. Le parecía incluso una afrenta a la dignidad que tenía el honor de encarnar. Además el Coronel le ocultaba algo, y cada vez que lo recordaba, se le comprimía el pecho aún más. Era como si un elefante de duda se empecinara sobre él a punta de incertidumbre y de culpa. El disgusto que esta idea le generó fue tal que se le calentó la cabeza y se nubló. Notó cómo perdía el equilibrio y no podía hacer nada para recuperarlo. Una fiebre lo inundó y lo transportó al campo de batalla enmarañado entre la espesura de la selva y la fricción de la guerra. Sintió que se desdoblaba, alejándose de su cuerpo que reposaba sobre la bestia. Flotaba en el aire como un Jorge que podía mirar al General vid de la ley y de La Patria, pasmado, ansioso y paralizado. Mientras que él en Rafaaella se desplazaba sin fricción por las pruebas, notando como la arena empezaba a oscurecerse y la vegetación inundaba el lugar desprendiéndose del aire y de los obstaculos llenándolo todo. Pronto no estuvo más en el campo de paradas sino en medio de la selva húmeda. No vio más al General, a Raffaella, a Clímaco ni a los miles de soldados que se mantenían en postura marcial ante la dignidad de su presencia. Sólo se vio a sí mismo en su juventud en uno de sus primeros despliegues en zona de combate. Estaba solo. Los pelotones a su cargo se habían esfumado. Entendía que estaba patrullando con una tropa fantasma que lo abandonaba y eso era un problema muy serio.

Escuchó la vibración de un tanque. Se hundió en la espesura de la selva y miró con pánico el cielo moteado que le dibujaban las ramas. Se vio de camuflado y con una pistola. Escuchó el trastabilleo del tanque de nuevo. No entendía porqué nadie le había informado de esa unidad y mucho menos en qué momento entraba en ataque, para disipar cualquier amenaza oculta entre la maraña. Siguió el sonido del motor de la máquina y se acercó. Se trepó a la torreta y con la culata de su pistola golpeó la escotilla. La manija giró y un soldado espantado asomó la cabeza. Mi capitán sin novedad que reportarle. ¡¿Cómo que sin novedad recluta?! ¿Dónde está el resto de la tropa? Mi Capitán, se declararon objetores de conciencia y depusieron las armas. ¡¿Deponer las armas?! ¡¿Pero es que creen que la guerra es cumbiamba?! ¡¿Un baile donde uno simplemente se retira cuando está cansado!? El otrora Capitán Jorge dio un tiro al aire y subido en el tanque ordenó que siguieran el rastro de los soldados rebeldes. ¿Y ustedes por qué no se largaron? Preguntó ácidamente el capitán. Mi Capitán, una cosa es deshacerse de un fusil y otra muy distinta dejar esta bestia en manos de la guerrilla. A nosotros sí nos fusilarían, si nos capturan. ¿Ah es que usted cree que a esos traidores no? El soldado guardó silencio. Pronto llegaron a un camino veredal sobre el que había una casa de barro. El Capitán pudo ver cómo los soldados al huir se habían amotinado allí, cerrando las ventanas. ¡Soldado, dispare al aire con la M60 una ráfaga de 30 tiros, uno para cada guerrillero vestido con las gloriosas prendas de nuestro uniforme! El soldado siguió la orden del capitán pero no hubo reacción. Las ventanas seguían cerradas. Ojalá se rindan mi capitán, dijo el soldado. El Capitán lo miró con desprecio, más les vale que al menos en la muerte sean valientes ya que en vida no fueron capaces. No quiero banderitas blancas, abra fuego con el cañón. La casa quedó inmediatamente reducida a escombros. Avanzaron sobre los terrones esparcidos por el piso buscando las armas de los desertores y desde la escotilla pudieron ver pedazos de cuerpos que no correspondían a soldados en camuflado, sino a niños. Cuando se disipó la nube de polvo vieron que los soldados huían varios cientos de metros más adelante, sin un rasguño. Mi Capitán me parece que eran civiles, dijo el soldado angustiado. ¿Si eran civiles por qué no se rindieron? Eso demuestra que eran guerrilleros altamente disciplinados. El General notó como la reminiscencia se oscurecía y la película que volvía rever se apagaba sobre un telón oscuro. El silencio lo habitó y encontró la paz que tanto anhelaba.

El General por supuesto no lo sabía pero había tenido un accidente cardiovascular y estaba en coma. Habían pasado un par de años y en el interín, y en gran parte derivado de su bochornoso accidente, la junta militar había caído. Un día finalmente abrió los ojos. La enfermera que lo aseaba se asustó y llamó a los guardias de la policía militar que lo acompañaban día y noche para que corroboraran que el General Jorge, vid de la Ley y de La Patria recuperaba de a poco la conciencia. La noticia se esparció como pólvora. El tema ocupó cada espacio de debate y los medios de comunicación no se hicieron esperar. Se agolparon en las puertas del Hospital Militar Central bombardeando de preguntas a cualquier persona que ingresara o saliera de allí. Finalmente un juez permitió que un periodista de cada medio se hiciera presente en la habitación del general para que su testimonio pudiera ser televisado por toda la sociedad , como un acto de contrición para el futuro de la democracia. Los periodistas afortunados llegaron envueltos en la solemnidad que la tarea representaba y se repartieron preguntas para hacerle al General. Empezando por la más obvia. ¿Se arrepiente de todo lo que pasó señor Jorge? El General que apenas había vuelto a hablar unos días atrás con su círculo más cercano de cuidadores y familiares, quedó atónito con la falta de modales en la pregunta. Nadie se había atrevido a explicarle que el mundo como él lo conocía ya no existía y habían optado por seguirle el juego. Querrá decir General Jorge, periodista, respondió con ironía. Y no. No me arrepiento ni me arrepentiré de defender esta Patria en cuerpo y sangre, es más, usted me ha dado la fuerza para volver a la carga. Traíganme mi uniforme y mis botas. Los presentes quedaron perplejos. Otro periodista quebró el silencio viscoso en que se había convertido la realidad del General. ¿Pero usted es consciente que se hizo pública la lista de ejecuciones extrajudiciales que cometieron las fuerzas durante la guerra? Envalentonados, los demás periodistas se abalanzaron con sus microfonos y cámaras ¿Alguien le contó que la comandancia del ejército popular ganó las elecciones y detentan el poder? El General se ruborizó de la ira. ¡Le va a dar otro paro gritó alguien en la muchedumbre, que venga una enfermera! El General se puso de pie. Se arrancó las vías que tenía conectadas en los brazos, con lo que le quedaba de fuerza le arrebató la pistola a uno de los soldados mientras el otro desenfundó para amenzarlo. ¡Mi General, le ruego que devuelva esa arma! Lo que voy a devolver son estos huesos, recluta. Siendo así, me asquea vivir en este mundo, me hubiesen dejado morir. Y se disparó en la sien.