Ácrata y Banquero
Ficciones, alegorías y otras incomodidades.
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Cosquillas bajo la cama.


Cosquillas bajo la cama

Camila abrió la puerta y notó que el ambiente estaba pesado como los días de tormenta en el pueblo. Sintió la pulsión que le generan los relampagos en la piel, se dejó llevar con incomodidad mientras llamaba a Felipe, que se suponía tenía que estar en casa. Pasó frente al baño que estaba oscuro, siguió por la cocina y descargó las compras en la mesa que habían pintado unos meses atrás. Insistió con su llamada pero no había señales de él. Se dirigió con cautela al estudio, donde estaba todo en orden. En el dormitorio no había nada extraño. Pensó en el baño. El baño oscuro que había ignorado. El baño que no le gustaba. Ese que estaba todo cubierto con un mosaico de porcelana blanca que le traía imágenes de sus días en el centro de rehabilitación o cuando llegó al centro de emergencias por una sobredosis. El que siempre tenía un olor acre que lo caracterizaba, que lo hacía pesado, como si se caminara sobre un pantano y se respirara un vaho incómodo.

Buscó con temor el interruptor sobre la pared. Prefería quedarse por siempre en aquella tarea, nunca encontrarlo para no hacerse cargo de lo que su instinto le gritaba en un trémolo delirante que le invadía el pecho y se distribuía hasta las yemas de los dedos.

Activó el interruptor y el encuentro con sus profundos miedos y pesadillas la golpeó como una avalancha fantasma que la lanzó al suelo sin aliento mientras veía a Felipe cubierto en sangre y con la mirada en otra dimensión, en un espacio más allá de la mortalidad de su ser que estaba desperdigada por toda la bañera. María vomitó mientras se ahogaba en un frenético fluir de sudor y lágrimas. Trató de incorporarse y ante la imposibilidad se arrastró fuera del baño, se apoyó en la pared fría y como pudo, se puso de pie. Se limpió la cara y tomó su telefono, antes de darse cuenta de que estaba cubierta de la sangre de Felipe, toda su ropa, sus manos, su cara.

Llamó a su madre y no contestó, maldijo y salió del departamento tambaleandose y ahogandose en sollozos. En el pasillo se encontró a Cristina. Trató de explicarle que Felipe estaba desangrado en la bañera, que llamara a una ambulancia. Que había que salvarlo, que su mirada estaba perdida. Que lo tenía que salvar…. Fue perdiendo el aliento hasta que se desplomó ante la mirada espantada de Cristina.

Se despertó en la sala de un hospital. Con angustia se incorporó y trató de alcanzar su teléfono que estaba sobre la mesa de luz, ¿qué había pasado con Felipe, lo habrían salvado? La voz de su madre la interrumpió. Nena, no podés olvidar tomarte las pastillas. Pasó la hoja de la revista Cosmopolitan que leía. No sabes la angustia que nos haces pasar. Dijo con parsimonia mientras bajaba la mirada detrás de sus lentes. Tu papá y yo ya no estamos para esto. Antes de que lo intentes. Felipe nunca ha existido y tú te llamas Carla.