
La pesadez sobre la nuca todos los días en la mañana. El dolor de estomago frente al espejo. El café sin suficiente cafeína. El día que avanza demasiado rápido como para que alcancen las horas. La reunión dónde todo es una mentira. La jefe diciéndome que si necesito algo le deje saber. La demora en darme una respuesta cuando le pido algo. Fernan. Fernan mil veces Fernan. Fernan impaciente con mi torpeza de desentendido. Fernan sulfurándose y yo jugando ajedrez en otra máquina. Fernan con sus infulas de super hombre y yo simulando que le creo sus boberías.
Los días del proyecto se hacen cada vez más cortos. Cada vez duermo menos. Consumo más pastillas. Una para el dolor de cabeza. Otra para estar despierto y productivo. Una tercera para que me cuide el estomago de las dos anteriores. Una tajada de pan quemado porque Maria Victoria está muy dormida para hacerlas bien. Pan quemado con queso azul. Café instantáneo aguado. Noticias en el fondo que insisten que todo está muy bien y todo está muy mal. El sol despuntando con una inocencia que me molesta.
Fuori me habla, siempre me habla para medirme. Es profundamente inseguro y obsesivo. Lo sé y sé que él sabe que lo sé. Por eso me vigila, me indaga. Quiere tenerme cerca porque le doy miedo. Me lo dijo un día después del almuerzo cuando jugábamos ajedrez en las escaleras de la cancha. Me dijo que yo era peligroso porque él no había podido ver el jaque mate cuando ya estaba consumado. Dijo que yo no era lo que parecía. Pero qué iba a saber quién soy o qué parezco. Difícilmente lo respondo para mí como para que él venga a opinar.
Fernan de nuevo preguntando si ya arreglé la función. La maldita función que no sé dónde carajos está y si le pregunto por su ubicación entonces me salta encima diciendo que debería saberlo. Soy como un ciego en la oscuridad que aunque pudiera ver no serviría de nada. No pregunte pero haga. No se mande cagadas. ¿Por qué se manda tantas cagadas!?
La preocupación me abruma. Paso las tardes haciéndole groserías a los niños que pasan en las rutas escolares. Quiero que saboreen un poco la mierda del mundo. Muchos de ellos ya sabrán más que yo a que sabe. Pero no dejo de tenerles fastidio y odio. Ellos se podrán entretener más fácil que yo. Ellos podrán pensar que cuando sean grandes todo ha de cambiar. Yo ya soy grande y me doy cuenta de que nadie sabe qué carajos está haciendo con su vida. Fernan es un hermitaño divorciado que terminó urgando los calzones de su cuñada. La jefe vive bajo un constante estrés que la obliga a coquetear con las anfetaminas en el estacionamiento mientras cree que nadie la ve. Yo la veo. Fuori la ve. Fuori padece de transtorno obsesivo compulsivo, cuando se enoja es tan fuerte que tiene una ligera incontinencia, por eso usa pañales.
Llegó Jim y hay que sonreir. Estamos en modo Jim. Estamos en el modo barrer todo bajo la alfombra. Estamos en el modo lo odiamos pero queremos el pan que nos tira por la cara. Incluso cuando le decimos que no alcanza para todos y se quejan de que somos tantos. Pero no se quejaba cuando nos negaba los preservativos en los bacales que hacía en estas tierras. Ahora tan desentendido. Pero estamos en modo Jim y eso no tengo porque pensarlo y menos yo que cuando se me fija una idea se puede leer entre las cejas. Paula me mira y sabe que estoy pensando en algo. Me pellizca y me dice que piense en mi futuro. Que el presente está hecho una mierda pero el futuro será mejor. Yo no sé qué futuro será ese donde tenga que hacerme cargo de la minusvalía que estoy cultivando en mi espalda hoy. Sobre mi salud mental. Que futuro brillante podré tener refunfuñando por el horrendo pasado. Con un agujero en el estomago y en la cabeza.
Me encorvo y duele la espalda. Es una punzada fuerte, como un dolor ahogado que se deja sentir muy profundo y me recuerda que algo no está bien. Nada está bien.
Llega Ferrando y no puedo mirarlo a los ojos. Me fastidia profundamente. Sus dientes picados por la pasta base de coca me enferma. Él lo sabe y lo dice disimuladamente cuando estamos en modo bar. Rodeado de universitarias recién salidas de clase y de la pubertad que mendigan alcohol, tabaco y testosterona. Ferrando adula los jugadores de fútbol de mi país. Como si me importa un comino el fútbol. Como si eso hiciera que su aliento fuera más digerible.
Llama Vicky. Una pausa horrenda en la mitad del carrusel nefasto que rodea mis días. Me detengo y le digo mentiras que los dos hemos ensayado durante muchos años. Sí, el trabajo bien, si lo de siempre. Comí bien. Era carne procesada con coservantes y estabilizantes, frita y con un aspecto nauseabundo. Nos vemos en casa. Yo también. Bai.
La fecha final del proyecto es mañana. Le digo a la jefe que el proyecto no estará. Ella en medio de su viaje se asombra, lo cual es ridículo porque como iba a pretender que hiciera un puente cuando cada día no llegaba siquiera a poner un par de ladrillos.
Soy un bufón que mantiene el carrusel andando. Sé cuando mover las palancas para que las luces nunca dejen de brillar y la música dulzona como pis se meta en los canales auditivos grasientos y transpirados de chicos que se dejan embelesar con la porquería fácil y rápida que una atracción como esta les puede ofrecer. Y así será por el resto de mi condenada existencia hasta que la podredumbre de este circo inescrupuloso haga que las propias columnas se debiliten ante la nausea de las orgías de Jim y las chicas que lo reciben del call center. Pero esto es así y hay que sonreír. Porque estamos en modo sonreír.