
Colonia aquí, colonia allá.
Es el recordatorio eterno de que nuestras manos están manchadas de sangre. Ahí en cada edificio eregimos balas que todavía perforan la carne en nuestra irrisoria historia oficial.
Claramente no había una intención de traer el conocimiento de la fabricación de armas a esta tierra. No nos enseñarían cómo hacer armas. Entonces, ¿cómo aparecieron en nuestras manos en las vísperas de la independencia?.
Cuando el libertador decidió emancipar esta tierra lo hizo usando armas que eran proveídas por Europa. Las enviaban armerías de Inglaterra y Alemania.
Los ingleses nos proveían de fusiles y armas de mano a través de sus filiales, entre ellas Remington.
Por su parte, los franceses nos daban cañones alemanes contrabandeados, fabricados por la compañía Krupp.
Nuestra patria se fundó al plomo de Remington y Krupp. Cosas importantes pasaron con esas armas. Ganamos muchas batallas y perdimos la guerra. Erradicamos la autoridad española. Y muy astutamente establecimos la nuestra, aliados con nobles naciones imperialistas.
Pasó mucho tiempo. Un día Europa se miró en el espejo y se disparó a sí misma con fusiles Remington y cañones Krupp. Fue la época de la opereta nacional. Estuvo muy herida; personas y empresas quedaron muy mal. Así que se realizó un plan de salvamento, la gente se curó y las empresas también. Algunas se fusionaron, Thyssen AG y Krupp por ejemplo.
La nueva ThyssenKrupp decidió que mataría a la gente de otra manera. La sangre había pasado de moda. Les facilitaría la entrada a los mataderos. Así empezaron a hacer elevadores muy pomposos para que empresas de renombre extranjero pudieran hincharse de la exclusividad.
Pero como todo, se hizo popular. Hasta el punto que los desdichados los compramos para nuestros edificios y están por todas partes. La idea original de acercar al individuo hacia su muerte se expandió con la nueva variación del negocio; incomodarle reiterativamente con sus vecinos sudorosos en viajes de 20 interminables segundos.
No es dificil entender que la muerte es un gran negocio. Pero sí es muy extraña la sensación de que la muerte se condensa en estas cajitas en cuyos espejos nos acomodamos la corbata o como la sangre de tantas personas puso ese nombrecito en nuestros días.