
Los ataúdes pequeños pesan más.
Cuando se funden un espermatozoide y un óvulo empieza una reacción en cadena que dificilmente podrá detenerse. Las dos células mezclan su código genético dando inicio a otro código genético que se parece a los anteriores pero no es ni el del óvulo ni el del espermatozoide; es único. Esta unicidad se podría calcular como 1 sobre 10 elevado a la 2'685,000. Es decir, es más probable no existir que hacerlo. Sin embargo aquí estamos. El hecho es que una vez superada la improbable acción de nacer, millones de células se alinean para que podamos respirar, para que nuestro corazón lata. Para que las lágrimas se derramen por nuestras mejillas y para poder sonreír cuando mamá nos abraza. Estamos hablando de un microuniverso de células independientes que funciona en sincronía para que podamos hacer lo de todos los días. Una célula se negará a vivir su vida si está enferma o si algo la está afectando, como sería un tóxico o un medicamento. Pero no se daría el lujo de haber sido concebida para no realizar la tarea para la que fue creada; incluso si fuera el caso, el cuerpo sabría que se trata de una célula enferma y le ordenaría que falleciera. Desde que el espermatozoide y el óvulo se fusionan, millones de organismos que nos componen están trabajando día y noche para que podamos ser quienes somos. ¿Y si renunciamos a ello?.
Mi primo desapareció una noche muy oscura para mi familia. Yo me desperté temprano en la mañana con la terrible noticia y a las pocas horas cruzaba el país para darle sepultura. En el camino me enteré de que aparentemente había halado del gatillo contra su cabeza. ¡Él apunta un arma contra el centro de control de su cuerpo! Al comando de su existencia y lo ejecuta. Él con él. A los 17 años. 17 años y 11 meses de esfuerzo interminable de sus células para que pudiera recorrer caminos; para que pudiera reír y llorar. Y en un aparente acto de egoísmo contra si mismo, decidió ejecutar a los millones de individuos que hacían parte de él, y de paso un poco a nosotros, a mí. Con lo de egoísta no me refiero a que mi primo hubiera sido malo, en últimas él era el dueño de su existencia. Le pido amablemente al lector que se abstenga de pensar en Dios como dueño de las acciones.
Nadie puede obligar a nadie a vivir… Así que cada quien tiene un derecho adquirido al nacer de decidir como y hasta cuando alimentará al microuniverso que desplaza a voluntad, hasta cuando le dará aire y hasta cuando le dejará que se esfuerce.
Pero todo lo anterior sólo hacía más complicado el asunto que nos reúne en este instante. Una estrella que se niega a brillar en el firmamento, un sol que se rehúsa a iluminar los días, una llama que no quema, agua que no moja, sal que no sala. Sed que no se calma, silencio que no se interrumpe. Dolor que no calla.