
La creatividad me la enseñó mamá
Mi casa tuvo una época muy colorida; cuando Saza, la calabaza fue parte de nuestra familia.
Todo empezó cuando mis papás recibieron una invitación a pasar el fin de semana en un recién remodelado y lujoso hotel del ejercito. El sitio estaba al norte, y era una antigua casona donde el libertador pasó la noche antes de dirigirse a la gran guerra, y en la actualidad funge como escuela de caballería del quinto regimiento. Tras estudiar con minucia los detalles históricos de la casona, y de realizar las habituales — para lo hijos de militares — prácticas de tiro con diversos calibres, el fin de semana se había ido.
En el camino de regreso vimos cientos y cientos de calabazas apiladas al costado de la ruta.
En un momento a mi hermano se le ocurrió que podíamos llevar una, dado que Halloween se aproximaba furiosamente.
Fue la primera vez que me vi con Saza. No era la más grande ni la más pequeña. Tampoco era perfectamente redonda pero se alejaba mucho de ser cuadrada. Pesaba como un bebé gordo; pero era infinitamente más tranquila y silenciosa. La llevé en mi regazo todo el camino de regreso.
Cuando llegué a casa pensé en labrarle una sonrisa maligna para que encajara con Halloween. Pero me di cuenta que de todas las calabazas que pudimos haber escogido, precisamente esta, se oponía a ser maligna y ser parte de Halloween. No tenía el espíritu de un ser malvado. Así que no la perforé. Sin embargo quise dibujarle una sonrisota pero me detuve en el acto porque no sabía bien si ella quería reírse. A mi parecer que quería seguir siendo ella; tal cual. Con su piel brillante y sus curvas aleatorias. Me parecía terriblemente irrespetuoso ir en contra de su voluntad; más aún cuando la expresaba con la dignidad del silencio.
Mi mamá ubicó a Saza en un lugar preferencial; se convirtió en el centro de mesa del comedor principal. Todas las tardes al llegar del colegio, mi hermano y yo nos sentábamos a almorzar frente a ella. Ella nos miraba con su cara redonda y no hablaba. Pero su superficie y colores siempre nos decían algo; hay que ser niño para entender lo que la imaginación puede crear con esos dos ejes.
Ella nunca estaba dos días del mismo color; los iba madurando. Cuando la conocí dejaba ver en su piel un verde tímido. Pero a medida que compartimos tardes soleadas se fue volviendo un inmaculado naranja cálido. Los invitados ocasionales en mi casa se sorprendían con que tuvieramos una calabaza de centro de mesa aún cuando había pasado Halloween. Las amigas de mamá se ruborizaban cuando yo les dejaba saber que la calabaza tenía nombre y que era una mascota introvertida; pero mamá me respaldaba diciendo que le daba color a la casa.
Hasta que un día le descubrí una mancha. Supe que la cosa no iba bien. Con el paso de los días, la mancha creció y se humedeció. Y pronto empezó a oler mal. Saza había fallecido lentamente tras una agónica lucha contra el tiempo. Murió a la tierna edad de 3 meses. Que en tiempo de calabazas corresponde a 101 años.
Lo importante fue que mamá siempre respaldó mi teoría. Y que Saza se convirtió en el árbol que adorna nuestro jardín.
El vehículo para el amor de mi madre fue una calabaza; pero sembró una semilla que sigue germinando muchos años más tarde. Y que no para de germinar. Me pregunto, ¿cuántas madres dejarán a su hijo tener una calabaza por mascota?