Ácrata y Banquero
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Los Tucanes son tímidos, pero siempre llaman la atención


Photo by Hugo Herrera on Unsplash

Los Tucanes son tímidos, pero siempre llaman la atención

El vuelo de El Tucán impresionó al señor gobernador mientras el brillo de la sonrisa de Don Chepe desbordaba de orgullo. A pesar de ser mediodía, la extensión de sus alas era suficiente para proyectar una sombra que envolvía en un fino manto de oscuridad a los dos comensales. Los ojos del gobernador no podían creer la gracia con la que el ave se deslizaba por el viento. Pero si aguzaba la vista notaba que a pesar de todo, su desplazamiento era triste. Una coreografía de lo restringido. Como si aquella maravillosa ave encerrada en el aviario lujosamente diseñado pensara para si misma; ningún cielo extranjero me protegerá jamás, ningún ala extraña escudará mi rostro, pero aún así me erigiré como testigo de un destino común, superviviente a este tiempo, a este lugar.

Mire esa belleza, señor gobernador espetó Don Chepe obnubilado por el pájaro mientras sus ojos se adaptaban a la intermitencia de los rayos de sol. La luz se filtraba entre la selva ignorante de los pesares que se cuelan entre las plumas. Yo sé que el vuelo de ese animal es limitado, pero dígame si su presencia no llena el cielo— insistió. El gobernador se conmovió con su gracia y no tuvo más remedio que abrazar afectuosamente a Don Chepe, conmovido de ver tanta belleza en un único ser. Tímidamente brindaron juntos con cristalería delicadamente lustrada. Aspiraron cocaína con el tubo formado por un billete de cien dólares las cinco líneas paralelas que Don Chepe peinó con una Amex dorada. Se rieron a carcajadas en el éxtasis radiante del trance. Entre la maleza que simulaba una selva tropical en la cual El Tucán se debería sentir en casa y con media cara anestesiada por los estupefacientes, Don Chepe aplaudió sin gracia. Aparecieron ronroneando prostitutas disfrazadas de leopardo dando oficialmente inicio al bacanal. Una vez satisfechos y exhaustos, salieron del aviario.

Don Chepe que ya no sonreía, pues su sonrisa luminosa se había convertido en una mueca oscura, aplaudió de nuevo y un mayordomo con semblante grave se acercó con un documento y una lapicera sobre una bandeja de oro. Firme, le ordenó Don Chepe. El gobernador volvió de la tierra del placer para cerrar el trato entre sorprendido y resignado. Mientras firmaba el extenso documento, el gobernador quiso reconocer el exquisito gusto que poseía su anfitrión en un intento de recuperar la cercanía de Don Chepe, este lo ignoró embriagado de poder y grandeza.

Apenas atinó a decir, recuerde gobernador que esta reunión nunca ocurrió. Llévese ese lindo recuerdo y nunca más se cruce en mi camino, por el bien de los dos, usted sabe que esto son negocios y nada más. El gobernador lo miró confundido mientras un guardaespaldas se acercaba con un maletín. Lo recibió en sus manos y sus ojos centellearon mientras que el guardaespaldas junto con el mayordomo lo apuraron para que se alejara del patrón en dirección a su auto. Las prostitutas miraron con desprecio desde las sombras del aviario.

En un instante se encontraba conduciendo de regreso a la ciudad y miraba por el retrovisor el palacio faraónico de Don Chepe que sobresalía entre la maraña como una perla que se la traga noche. La adrenalina del subidón narcótico le había hecho olvidar del maletín, lo buscó con la mano y lo abrió para corroborar que el arreglo le había sido favorable. Sus ojos fulguraron al percibir el reflejo de los hermosos billetes de cien dólares ordenados por número de serie que llenaban a rebosar el maletín. Calculó que sería suficiente para huir del país, establecerse con comodidad en una ciudad cerca a la playa e invertir en la bolsa para dejarle de herencia a su hija discapacitada recursos suficientes para no depender de nadie el resto de su vida. El rugido de una moto interrumpió su elucubración. Levantó la mirada por la ventana del pasajero y el resplandor de una lluvia de plomo aterrizó sobre él. El sicario esperó a que el auto se detuviera contra el tronco de un mango con estrépito y se acercó para corroborar que estuviera muerto y recuperar el maletín que goteaba sangre. Eran las ordenes de Don Chepe.


Pasaron los años y la ciudad olvidó a aquel gran gobernador que según las malas lenguas había sucumbido a las mieles de lo prohibido y de ahí su castigo. Nadie se preguntó por qué su auto nunca fue removido y seguía oxidándose frente aquel mango. Se convirtió en un elemento más del paisaje.

Don Chepe progresó a través de la obra pública. Se hizo viral — anunció la periodista — . La gente vitorea cuando el señor baja de la montaña y le hacen calles de honor en las escasas veces que se deja ver, cuando asiste a misa -concluyó la introducción Virginia. ¿Cómo hizo para construir esta impresionante represa en tiempo récord a pesar de la oposición? Cuestionó Virginia señalando el inmenso embalse que se desplegaba ante ellos desde el mirador de la hacienda de Don Chepe. Fue un proceso difícil dijo con sequedad Don Chepe mirando al horizonte con un perfil de estadista. Yo siempre he seguido mi instinto. Dejo que mis pasiones salgan a flor de piel. Continuó a la vez que procuraba seducir a la periodista en televisión nacional. Envuelto en misterio y con una voz sedosa continuó su respuesta. Más allá de todo, y aunque usted no lo crea y me tome por loco, insistió Don Chepe entre risas, yo tengo un Tucán que me guía. Como si fuese un oráculo. Tiene una forma de hablarme que se basa en símbolos. Cuyos consejos, que transmite a través de la mirada, me significa tomar decisiones acertadas. Ese Tucán está resguardado en medio de ese bosque nativo que junto con mis muchachos hemos protegido, donde lo encontramos. Con el pecho henchido de orgullo Don Chepe le explicó a Virginia que disponía de una pequeña milicia que cuidaba esos árboles majestuoso. No mencionó que esos árboles eran cultivos y se traducían en billetes y una barrera infranqueable de sus secretos. No permitía que ni una sola hoja se cayera si no hacía falta. Si usted lo desea — aumentó su apuesta Don Chepe, le puedo presentar al garante de mi éxito — .

¡Fuera del aire! exclamó el camarógrafo.

Quedó como un príncipe Don Chepe, afirmó el camarógrafo mientras revisaba cuadro por cuadro la emisión del prime time. Lo que más me gusta es que quedó un halo de misterio con eso del Tucán, yo no sé si sea cierto, pero si sé que ese tipo de cosas se venden muy bien en la televisión, es como que la superstición se amplía por las ondas. Bueno, yo cumplí con mi trabajo de hoy y estoy muy satisfecho, así que me retiro Don Chepe, señorita Virginia, ¿quiere que la regrese a la ciudad? preguntó el camarógrafo. No, quédese tranquilo, yo me voy a quedar un rato más diagramando el siguiente capítulo con Don Chepe respondió Virginia. Don Chepe sonrió al vacío regocijado en su éxito.

Abandonaron el mirador y se adentraron en la maraña hasta que en el centro de un claro se encontraron frente al aviario. Un palacete delicadamente ensamblado ostentando finos detalles de diamante y oro. Adentro El Tucán los observó altivo. Don Chepe aplaudió para llamar la atención del ave que se mostraba indiferente a la presencia de aquel que se decía su dueño y de esa hermosa mujer cuya belleza competía con sus colores. El novel desinterés del ave tomó por sorpresa a Don Chepe que estaba acostumbrado a la algarabía que desplegaba el ave cuando lo reconocía al cruzar la puerta, Don Chepe se sonrojó. Ese pájaro es más inteligente que muchos de mis peones ahí donde lo ve, dijo Don Chepe tratando de desviar la atención de la preocupación que le generaba la apatía del pájaro.

Para que se haga una idea, es mi oráculo. En este lugar he tomado las mejores decisiones de mi vida, decía ya jadeante Don Chepe que empezaba a tener un ataque de pánico.

Lo que usted está viendo, nunca había pasado, señorita Virginia, nunca me había ignorado. Virginia, por su parte se encontraba absorta ante la presencia inmaculada del ave de misteriosos colores. Algo que nunca había visto. Tanta belleza junta, el derroche de majestuosidad pero por sobre todo, esa mirada sublime.


Virginia lo miró con deseo. Sus ojos perforaron sus carnes hasta llegarle al alma. Su mirada lo desnudaba por completo. No podía mentirle. Ella notaría cualquier tenue vibración en sus nervios. Él se apresuró para besarla y entonces el Tucán defecó sobre Don Chepe. Una mancha blanquecina se escurría desde el centro de su frente y se desbordó por sus labios al tiempo que Virginia sorprendida se alejó de él con una risa de desagrado. Don Chepe, despechado por el rechazo, en lo que entendía como un acto de pasión desaforada, disparó al pájaro a la vez que se limpiaba la caca energúmeno.

La tez de Virginia se llenó de espanto al ver como las entrañas del ave se derramaron sobre el horizonte; se tiñó con barbarie. Don Chepe estaba doblemente alterado. Pronto entendió el error que había cometido. Disparó al origen de su éxito como si se tratase de una paloma y a su vez no podía permitir que alguien desafiara su autoridad. Fue ahí que Virginia descubrió que él era un monstruo.