Ácrata y Banquero
Ficciones, alegorías y otras incomodidades.
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Soda para torturar


Photo by Samer Khodeir on Unsplash

Soda para torturar

Juan Pedro ignoró en la pantalla de su teléfono un anuncio. Aún estaba dormido y prefirió dejarlo sobre la mesa de luz y seguir durmiendo un poco más. En su sueño él caminaba por la ciudad como un aristócrata respetable y la gente se alegraba de verlo. Entraba a un café de finos modales, se ponía a leer el diario y ordenaba sin preocuparse por el costo de un petit dejeuner que dejaba a un lado con indiferencia mientras se adentraba en temas profundos y relevantes. Cuando quería avanzar sobre la lectura, el canto de una mirla se lo impedía. En su sueño miraba alrededor y entendía que en ese lugar era imposible que se colara un pájaro. Los mozos lo espantarían al instante para que no interrumpiera los asuntos importantes de su exclusiva clientela. Pero el canto de la mirla subió de tono hasta que reconoció las notas del monólogo de Fidelio en la opera orquestada con la música de Beethoven que hacía las veces de alarma en su teléfono y con eso fue consciente de su propio sueño y de que seguía dormido. Saltó de la cama envuelto en pánico al entender que estaba desperdiciando el único recurso que tenía: su tiempo.

Se vistió con prisa, apenas sorbió café frío del día anterior y salió de la casa como alma que lleva el diablo en su bicicleta. Buscó el punto de reunión de los telejornaleros. Estaba lleno de colegas como era habitual, cualquiera que quisiera ganar unos pesos y tenía una bicicleta venía a este punto. Se ubicó en la esquina que acostumbraba y volvió a revisar el teléfono. Entendió que el mensaje que había recibido más temprano era una oferta para un teletrabajos, pero como no respondió, lo perdió. Ahora le tocaba esperar a que le llegara otra oferta que estando en ese lugar iba a tardar. Sabía que el algoritmo tenía como base de selección la geografía y otras cosas más que no lograba entender y que Francisco Javier, su amigo, se esmeraba en explicarle. Mientras miraba al cielo imaginándose qué más podía influir en esa decisión etérea para aumentar sus chances de conseguir teletrabajos, notó que un policía, que se encontraba en la otra esquina, y que hasta entonces había ignorado, posó sus ojos en él y se acercaba con paso resuelto. Juan Pedro no atinó a huir cuando el policía agarró su bicicleta por el manubrio. ¿El civil es consciente de que la actividad que está realizando infringe la ley? Espetó el tombo Riveros con aliento a café fermentado. Estoy buscando trabajo, nada más, balbuceó Juan Pedro nervioso. ¡Se equivoca el civil de nuevo! gritó esta vez el policía. ¡Esto no es trabajo señor! Esto es explotación y bajo las leyes del trabajo, del auténtico, me veo obligado a impedir que sumercé siga siendo víctima del flagelo de la plusvalía! Pero no sólo eso. Dijo el agente Riveros iracundo. ¡Además sufre de desclasamiento!. La gente que caminaba por la acera detuvo el paso atónita. Juan Pedro había tenido suficiente. Con fuerza empujó al policía librándose de su yugo para huir a la velocidad que sus piernas le permitían.


Juan Pedro llegó a la plaza donde estaba Francisco Javier. No era habitual que se encontraran aquí pero la esquina que habituaban seguía caliente. La policía llenaba la calle con tombos a la hora pico, haciendo que ellos y el resto de los telejornaleros se desplazaran a otros sectores rentables. Este es el segundo mejor lugar para captar teletrabajos aseguró Francisco Javier mientras le tiraba miga de pan a las palomas que lo rodeaban. La ubicación no es tan top como la de Lourdes pero igual es buena, insistió Francisco Javier ante la mirada expectante de Juan Pedro. Usted ya sabe eso, o debería, el algoritmo se fija en varios aspectos, la ubicación, qué tan rápido pedalea, qué tan fría entrega la comida...

Si se fija, los edificios que rodean esta plaza están llenos de burócratas. Gente que se gana la plata fácil, todos llegan en autos que pagaron con el esfuerzo que hace el culo sentado horas. Horas mientras toman el café y mastican con toda grandeza las tortas que nosotros les llevamos, comentó Francisco Javier con amargura. Aquí piden algo y casi que lo tienen de inmediato, a sus pies, porque nosotros dejamos el alma en cada pedaleada para que ellos nos corran la cara a la vez que nos pagan, en realidad nos obsequian su solidaridad en forma de planes estatales. En todo caso eso es mejor que la ración que nos asigna el camarada Sergio Tomás. Francisco Javier miró al vacío. Juan Pedro estaba absorto tratando de imaginar formas en las que podía aprovechar el algoritmo a su favor para ganar más teletrabajos, desplazándose menos y así ganar más y mejores propinas. Su mirada se perdía entre las migas que las palomas picoteaban con voracidad, quitándoselas unas a otras a picotazos lo que a veces con frecuencia se reflejaba en patas cercenadas y mutiladas. Hasta que su dispositivo emitió un sonido y la pantalla se alumbró. El algoritmo lo había elegido a él ante la expresión atónita de Francisco Javier. Algo estará haciendo bien sumercé que yo no concluyó.


Juan Pedro caminaba por la plaza central y los mendigos se acercaban a pedirle monedas. Él los miraba con compasión pero no tenía nada en sus bolsillos y los apartaba con amabilidad. Todo su capital estaba invertido en activos financieros y, si bien aquella mañana en particular había logrado unos réditos históricos, como anunciaban en su portada los más importantes diarios, prefería no llevar efectivo porque le parecía sucio, como la ciudad que le había dado todo pero detestaba. Caminó hasta que se topó con una anciana que vendía miga de pan en pequeñas bolsas para alimentar las palomas. El gesto arrugado y marchito de la señora se profundizó. Yo creo que usted ya debería haberse dado cuenta, dijo, con severidad mientras estiraba la mano y le daba un puñado de trocitos de pan duro que Juan Pedro dejó caer confundido ante la mirada amenazante de la señora. Las palomas aletearon frenéticas por la comida pero no picoteaban el pan sobre el pavimento. Juan Pedro pudo identificar una paloma mutilada que caminaba sobre sus muñones. Giraba errante mientras arrullaba con una gravedad que crecía y rebotaba en los edificios de la burocracia, generando una cacofonía que llenó de espanto a Juan Pedro. Desesperado, notó como el sonido mutaba a un chillido agudo que no era otra cosa que Fidelio aullando desde su teléfono, lo apagó de golpe. Otra vez se había quedado dormido. Abrió lo ojos y la realidad no le pareció más agradable pero si más silenciosa de lo habitual. No se escuchaba el gorgoreo de las palomas. El silencio y la duda se interrumpieron bruscamente con la puerta y sus subsecuentes astillas saltando por los aires a la vez que un grupo de uniformados se abría paso a patadas. Traían subfúsiles de asalto. De un calibre muy especial que solo usan las fuerzas armadas. Sus caras estaban cubiertas por visores de plexiglass reforzado. Linternas recorrían el lugar escrutando cada rincón y cada duda. Cada cajón y cada culpa. Cuando lo lograron someter se identificaron como miembros de la unidad de reacción inmediata del grupo especial contra la explotación y un largo etcétera de declinaciones burocráticas. Lo inmovilizaron, lo ataron y lo amordazaron. Asentado el polvo y el despliegue, empezó a sonar Beethoven a la vez que una figura pesada emergía de la nube y se apersonaba de la situación. El mayor Riveros deambuló por la cocina de Juan Pedro y abrió la heladera. Inspeccionó y tomó una bebida. Soda para torturar la sed, rió cínicamente el mayor. La música emergía del bolsillo de su camisa. Eso que escucha es el allegro ma non troppo un poco maestoso. Y a mi me parece que es una gran pieza para este momento. Dijo el mayor después de un largo eructo. Estamos ante la inmaculada presencia del tercer acto de la obra 125 de la sinfonía coral, o como dicen ustedes los del populacho, la novena sinfonía. Escupió con desprecio el mayor mientras bebía otro trago de soda. Allegro ma non troppo quiere decir que es una ocasión alegre pero no tanto, explicó el mayor con la mirada perdida en el vacío que no lograban llenar las notas de la melodía. Pero fíjese usted que además el nombre completo de la obra es Allegro ma non troppo un poco maestoso continuó el mayor absorto en un trance. Es decir que adicionalmente es un poco majestuoso. Como nos pasa ahora, ¿no le parece? Miró a Juan Pedro que temblaba de la bronca e impotencia. Estamos contentos de volvernos a ver, ¿no es así? Pero no tanto porque sumercé parece que no entendió lo que le quise decir la vez pasada. Además vamos a cerciorarnos de que va a recordar nuestra majestuosa presencia. Giró el dial de la rockola de bolsillo que llevaba y adelantando la pieza se detuvo en una entonación que lo llenó de orgullo efervescente. Traidor a la raza del hombre, queda advertido por primera vez espetó con autoridad Riveros. Volvió su maquinal rostro a los gritos enmudecidos de Juan Pedro que empleaba toda la energía que le quedaba en su cuerpo para tratar de liberarse. Era en vano. El mayor lo tomó por el pelo y lo tiró al suelo boca abajo. Apoyó su rodilla entre sus escápulas y tomando su mano derecha en un crujido anti natural con el que Juan Pedro se retorció, sacó una navaja y le cercenó la primera falange del pulgar con un movimiento preciso. Juan Pedro se desmayó.

A las horas el dolor pulsante del dedo lo despertó, estaba cubierto de sangre. Ya se habían ido las fuerzas de la ley. Caía el sol. Seguía angustiado. Algunos vecinos estiraban sus cuellos desde el rellano para otear entre las astillas a las que quedó reducida su puerta. Algo habrá hecho murmuraban. Juan Pedro gritó por ayuda y el rellano se silenció a portazos. No le sorprendió la amabilidad de la nueva sociedad del ideal socialista. Como pudo juntó fuerzas para echarse el cuncho de alcohol que le quedaba en la casa y se terminó de desvanecer.


Los días después de la mutilación fueron crueles. Un halo paranoico enrareció el mundo de Juan Pedro. Además, se endeudó con el regente del edificio para que este interviniera por él ante el ministro de vivienda para que le arreglaran la puerta hecha añicos. El regente tenía fama de ser implacable con el cobro de los intereses semanales. Así que tuvo que empujarse a la calle para empezar a pagar. Lo que menos le interesaba era otro malentendido. Aprendió a montar bici con la suficiente precaución para no lastimarse la herida. Llegó a la esquina y Francisco Javier asomó la cabeza en medio de la muchedumbre de telejornaleros. Se saludaron. ¿Se pilló el upgrade de la app? Juan Pedro negó con la cabeza ante la mirada decepcionada de Francisco Javier. En ese momento su teléfono vibró. Se apresuró a tomarlo y cuando quiso aceptar el anuncio de teletrabajo en la pantalla, el muñón que le quedaba como pulgar no fue suficientemente preciso como para presionar el botón y el anuncio simplemente desapareció. ¡Uy! Algo estaré haciendo bien hoy, dijo Francisco Javier envuelto en júbilo por haber obtenido el teletrabajo. Un escalofrío recorrió la espalda de Juan Pedro. Aturdido, levantó la mirada y notó detrás del brillo azulado de las pantallas, los rostros sombríos de decenas de telejornaleros que como él, carecían de la falange del pulgar necesaria para triunfar en la teleeconomía. Ese día no hizo dinero con qué comer. Así que se vio resignado a ir al comedor popular. Allí al entrar pudo ver a la distancia en medio de un banquete a Riveros. Mientras que él, resguardado en la muchedumbre comía un puré hediondo de maíz condimentado con apio. Volvió a casa con el estomago revuelto y considerando seriamente hacerse burócrata pero la sola idea de codearse con gente de la calaña de Riveros le daba nauseas. Durmió y esa noche no soñó. Al día siguiente se despertó más temprano de lo habitual, comió unas galletas que le había regalado un burócrata al recibir su pedido. Porque no comía hidratos de carbono, llegó a mencionar. Esos hidratos de carbono contuvieron el hambre que lo devoraba desde adentro. Salió en la bici pedaleando con furia hasta la dichosa esquina. Aún no despuntaba el sol así que eran pocos los telejornaleros disponibles. Con su dedo índice logró aceptar un teletrabajo que iluminó su mañana y lo llenó de esperanza. Pedaleó con ímpetu los kilómetros que lo separaban de su destino. Al llegar notó que se trataba de un edificio viejo y destartalado. Le pareció curioso que alguien allí pudiera pagar el lujoso e ilegal teletrabajo del que él sólo recibía una nimia remuneración. Mientras subía por las escaleras escuchó música de Beethoven a la distancia. A medida que se acercaba, notó que provenía del departamento donde debía hacer la entrega. Golpeó y la puerta se abrió inmediatamente a la vez que dos hombres fornidos lo empujaron a su interior con violencia, lo arrojaron al piso y sometieron sin que Juan Pedro atinara a algo más que gemir de dolor. Estaba en la presencia del agente mayor de tareas especiales y contravenciones Riveros que lo miraba con displicencia desde el otro lado del salón. Cerraron la puerta y Riveros se acercó con toda la calma del mundo. ¿Le gusta esta obra de Beethoven? Preguntó Riveros. Se trata de la heroica; es la tercera sinfonía en Mi bemol mayor. Nuestro himno se basa en ella. Es una pieza grandiosa, marcial y revolucionaria. Pero hubo una razón por la cual el camarada no la eligió como nuestro timbre de guerra. Tiene un tono épico, con pasajes abruptos, disonantes y expansivos. Es más una declaración de fuerza que un ejercicio de delicadeza. Se imaginará que no es la delicadeza la que me trae hasta acá, ya se podrá imaginar que no estoy contento con usted. Así que vamos al grano. Deme el paquete a ver qué hay. Ah sí. Una soda agitada por el pedaleo. Nos viene bárbaro, concluyó el agente. Riveros la abrió con cuidado para que el líquido expulsado por la presión cayera sobre Juan Pedro y lo empapara. Cuando la efervescencia había concluido, vertió el contenido restante en un vaso y lo bebió con calma tarareando las notas luctuosas de la melodía a la que a propósito le había subido el volumen. Una vez que hubo terminado, eructó. Ahora sí Juan Pedro, no me puede negar que sigue tomando parte en la ilegalidad socavando la legitimidad de nuestro pluripotencial gobierno. Y que a pesar de la generosidad del mismo, insiste en buscar lo que no se le ha perdido. Por ese motivo en este acto convoco a un juicio exprés en el cual no me voy a molestar en leer sus derechos porque en este punto, no tiene ninguno. Pero pronto se enterará del veredicto. Asintió mirando a uno de sus hombre y este maquinalmente desconectó una licuadora, cortó los cables que ingresaban al motor del aparato y los conectó de nuevo al enchufe de la pared. Acercó el extremo libre a las piernas empapadas que habían desnudado de Juan Pedro y los choques eléctricos lo hicieron retorcerse del dolor. El sodio de la bebida sobre su cuerpo conducía la energía de forma más eficiente y, por lo tanto, dolorosa. Del dolor se le aflojaron los esfinteres. Al notar esto, Riveros estalló de risa. ¡No puede ser! al final es un cagón como todos los demás, gritó Riveros extasiado. El teléfono de Riveros vibró y con un gesto rudo pidió interrumpir la sesión de tortura. Es mi hija, exclamó. Tomó un instante para recuperar la postura y atendió con una sonrisa bondadosa. Hola mi amor. ¿Ya hiciste las tareas? ¡Estoy tan orgulloso de ti! Dale, dame un minuto salgo de la oficina y voy te preparo los ravioles que te gustan y leemos el cuento del patito feo. Colgó. Y continuó la sesión hasta que Juan Pedro se desmayó y lo dejaron allí abandonado.


Juan Pedro se sintió extraño. Miró su cuerpo y notó que tenía plumas y alas y que se apoyaba sobre un cable que pendía entre dos postes. Miró a su alrededor y vio que en ambas direcciones habían cientos de palomas que como él, simplemente veían el tiempo pasar. Podía percibir como la tibieza del cable en sus patas incrementaba de a poco. Observó el cielo infinito y sintió la majestuosidad de poder volar. El sueño del hombre por siempre. Ahora lo podía hacer y con ello le invadía la duda que era imposible de resolver: ¿hacia dónde?¿cuál es el mejor lugar para volar?. Sus patas empezaban a incomodarle y el olor generalizado de carne asada lo asqueó. A la vez que la temperatura en sus patas se hacía insoportable, escuchaba a Fidelio en el fondo que incrementaba su volumen de a poco, reflejando el incremento en la temperatura. Notó que las palomas a su alrededor caían humeantes cada tanto. Cuando se decidió a volar descubrió que sus patas no le respondían, se habían calcinado e inevitablemente siguió el destino de todas las otras palomas que se amontonaban en el suelo. Mientras caía humeando e incapacitado por tener las terminaciones nerviosas chamuscadas, un dolor horrible lo hizo estremecer regresándolo a la realidad. La pesadilla se había materializado en la forma de un calambre en las piernas que le entorpecía llegar hasta su teléfono para apagar la endemoniada alarma. Había sido suficiente. Juan Pedro estaba harto de ir contra el sistema. Nunca logró independizarse de las ayudas estatales y cuando lo intentó, el mismo sistema lo hundió en su podredumbre. Ya que no había podido vencer al sistema, se haría burócrata. El más burócrata de todos. Ya no tenía nada que perder. Aplicó a través de un teleformulario y en seguida lo citaron en las oficinas de admisión de personal. Llegó y lo recibió amablemente una señorita que le hizo las preguntas de rigor aunque eran una formalidad porque el estado sabía cada uno de los detalles de su vida personal. No se quedaba nada fuera de su alcance. Cumplida la diligencia, le dieron un carnet que lo hacía miembro de número del partido y por tanto lo habilitaba para desempeñarse en aquello que consideraran que fuera útil. La señorita de admisiones apretó unas teclas en su ordenador y un ruido de circuitos blip blip indicó la conclusión. El candidato encajaba perfectamente en una posición de proveeduría de insumos biorgánicos respetuosos con la biodiversidad amenazada por la maldad humana y estadística ambiental. Pero antes de asumir su nuevo flamante rol, por el cual le pagarían una pequeña fortuna, debía jurar lealtad al partido. Para ello tenía que dirigirse a la oficina C, al final del pasillo eterno de oficinas burocráticas. Llegó allí y golpeó. Pase, espetó una voz conocida en su interior. Era el agente Riveros y a su lado de encontraba Francisco Javier, su amigo. Ambos se encontraban envueltos en júbilo. Nos costó pero te hicimos bueno, dijo el agente Riveros. Juan Pedro quedó estupefacto. Vamos a brindar con el nuevo miembro del partido, indicó el agente. Siempre es bueno que el partido crezca. Riveros abrió una soda y vertió el contenido en tres copas que tenía sobre la mesa. Sabrá usted que los reglamentos nos impiden consumir algo más fuerte que esto, el alcohol no es otra cosa que un invento burgués para debilitar las clases populares y con ello someterlas. Pero antes, el momento que había estado esperando, sentenció con una enorme sonrisa Riveros. Encendió la radio de su bolsillo y las notas de la quinta sinfonía en Do menor de Beethoven inundaron el modesto despacho. Tome su copa camarada, puesto que ahora lo puedo llamar así, insistió Riveros. Juan Pedro hizo el ademán de tomar la copa pero la torpeza derivada de la ausencia de su falange hizo que se derramara un poco del contenido. ¡Ah! No se preocupe camarada, que aquí pensamos en todo espetó Riveros cuando notó la confusión en el rostro de Juan Pedro. Abrió el cajón y tomó una pequeña prótesis de falange de entre cientas que se arremolinaban allí. Esta le debe quedar bien, sino hay más pequeñas y más grandes. Juan Pedro ajustó las cintas de la prótesis alrededor de lo que le quedaba de dedo y brindó con Riveros que le decía con orgullo. Es el destino el que toca a tus puertas camarada. ¡Salud!